Seis mil sillas vacías: el talento que Chile debe formar

Coescrita con Luz María García Contreras, gerenta general de la Asociación Chilena de Empresas de Tecnologías de Información (ACTI)

Cada año, alrededor de 6.000 puestos de trabajo en tecnologías de la información quedan vacantes en Chile. La cifra, estimada por el Servicio Nacional de Capacitación y Empleo (Sence), y repetida desde hace años por gremios, empresas y universidades, se ha vuelto tan familiar que corre el riesgo de dejar de incomodarnos. Detrás de ese número hay proyectos que no se ejecutan, empresas que contratan fuera del país, regiones que no logran retener a sus jóvenes y una economía que habla de transformación digital sin contar con las personas que deben llevarla a cabo.

Hoy estamos ante un desajuste estructural entre los profesionales que el país necesita y lo que su sistema formativo es capaz de generar. Mientras tanto, estudios recientes estiman que una adopción amplia de inteligencia artificial podría aportar a la economía chilena un valor equivalente a entre el 11% y el 20% del PIB. Ese potencial se materializa con ingenieros, técnicos, analistas e investigadores que entienden las herramientas, las adaptan a problemas locales y las hacen funcionar en condiciones reales.

El déficit no se resuelve formando más desarrolladores. Los necesitamos, sin duda, pero las tecnologías emergentes exigen perfiles híbridos. Un sistema de inteligencia artificial aplicado a la minería, a la salud o a la agricultura requiere a alguien que domine los modelos, pero que también comprenda el proceso productivo, la calidad de los datos y las consecuencias éticas de automatizar decisiones. La robótica industrial demanda integración de mecánica, electrónica, control y software. El análisis de datos, que hoy atraviesa desde la banca hasta la salud pública, requiere estadística sólida y pensamiento crítico, no solo manejo de plataformas.

Lo mismo ocurre en los ámbitos donde Chile tiene ventajas comparativas evidentes. La transición energética, con el desarrollo de la energía solar y eólica, requiere ingenieros capaces de diseñar redes inteligentes, gestionar la intermitencia y modelar sistemas complejos. La electromovilidad, en la que Santiago ha sido referente regional en transporte público, necesita técnicos para mantener flotas, especialistas en baterías y planificadores de infraestructura de carga. La manufactura avanzada, abre oportunidades para agregar valor a nuestros recursos en lugar de exportarlos en bruto. Y la economía digital depende de la ciberseguridad, infraestructura en la nube y gestión de datos que hoy escasean.

Existe una brecha entre las competencias con que egresan los profesionales y aquellas que requieren hoy las organizaciones. Inteligencia artificial, datos, ciberseguridad, nube y automatización están transformando los perfiles laborales a una velocidad que los sistemas de formación no siempre alcanzan a seguir. Por eso, la relación entre empresas e instituciones formativas debe ser mucho más estrecha. La industria puede aportar identificando las competencias que se requieren, participando en el diseño de programas, ofreciendo experiencias prácticas y generando mecanismos de certificación que permitan reconocer aprendizajes y habilidades más allá del título tradicional.

Necesitamos construir trayectorias formativas articuladas, en las que una persona pueda transitar entre la educación media técnico-profesional, los centros de formación técnica, los institutos profesionales y las universidades, acumulando aprendizajes y competencias a lo largo de su vida. En un mercado laboral donde las tecnologías cambian rápidamente, la posibilidad de actualizar y certificar competencias será tan importante como la formación inicial.

Las universidades y las empresas tenemos una gran oportunidad y los planes de estudio de ingeniería se están adaptando rápidamente a esta realidad. Se requiere una base común fuerte en matemáticas, programación y ciencia de datos para todas las especialidades de ingeniería, como lenguaje transversal desde los primeros años. Segundo, se requiere una formación basada en retos reales, desarrollados junto a empresas y servicios públicos de modo que el estudiante aprenda a integrar disciplinas antes de egresar. Tercero, rutas flexibles: menciones, diplomados y certificaciones que permitan a un ingeniero ya titulado especializarse sin tener que empezar de cero. La educación a lo largo de la vida se está transformando en parte central de la misión universitaria.

Además, es fundamental formar talento en regiones. La presencia de universidades regionales fortalecidas y vinculadas a sus propios ecosistemas productivos es una condición para que la transición energética y la economía digital beneficien al país completo. A ello se suma la baja participación femenina en carreras de ingeniería y tecnología. Ningún país puede cerrar una brecha de talento prescindiendo de la mitad de su población. Las políticas de acceso, los programas de mentoría y la visibilidad de referentes femeninos en ciencia y tecnología son claves.

Para avanzar se requiere coordinación y colaboración sostenida entre Estado, industria e instituciones de educación superior. Las 6.000 sillas vacías de cada año son una señal de que Chile necesita conectar mejor formación, talento y desarrollo productivo. El desafío requiere capacidad de anticipar las competencias que el país necesitará y generar oportunidades para que ese talento pueda desarrollarse en todas las regiones.

Desde la academia y la industria tenemos una responsabilidad compartida: contribuir a que las personas puedan construir trayectorias formativas pertinentes, flexibles y conectadas con las oportunidades que abre la transformación tecnológica. Porque formar el talento que Chile necesita es preparar al país para las tecnologías y empleos que todavía están por venir.