Cada fin de año, miles de familias llenan los auditorios para celebrar una titulación. Detrás de cada nombre que se anuncia hay años de esfuerzo: jornadas de trabajo compatibilizadas con clases, créditos, fines de semana dedicados al estudio y sacrificios compartidos. Hay aplausos, fotografías y una emoción genuina. Pero también hay una pregunta que pocas veces se formula en voz alta: ¿Y ahora qué?
El último informe Education at a Glance de la OCDE trae una buena noticia que merece ser reconocida. En acceso a la educación superior, Chile ya se compara favorablemente con los países desarrollados. Al año siguiente de egresar de cuarto medio, el 45% de los estudiantes chilenos está cursando una carrera de nivel licenciatura o equivalente, 10 puntos más que el promedio de la organización. El avance ha sido especialmente significativo entre las mujeres: en una década, la proporción de chilenas de 25 a 34 años con educación superior pasó del 31% al 48%. Es un logro construido por las familias, las instituciones y el Estado.
Un logro que, conviene decirlo, no ha sido barato. Chile es el país de la OCDE que destina la mayor proporción de su gasto público a educación superior: 4,8%, casi el doble del promedio. Buena parte de ese esfuerzo se canaliza a través de la gratuidad y del Crédito con Aval del Estado, dos instrumentos de alto y creciente costo fiscal. Un esfuerzo de esa magnitud obliga a preguntarse no solo cuántos entran, sino qué obtienen el país y los propios estudiantes cuando salen.
Porque los promedios pueden ocultar tanto como revelan. Y detrás de este éxito aparecen dos brechas que debieran preocuparnos.
La primera está fuera de la educación superior. En Chile trabaja el 86% de los adultos con estudios superiores, prácticamente la misma proporción que en la OCDE. La diferencia aparece entre quienes solo completaron la enseñanza media: aquí trabaja el 72%, frente al 78% en los países de la organización. La brecha también se refleja en los ingresos. Un titulado chileno gana, en promedio, 2,06 veces lo que percibe quien solo terminó la enseñanza media, frente a 1,54 veces en la OCDE. Es la segunda mayor diferencia entre los países miembros.
En Chile, tener un título ofrece una protección laboral comparable a la de otros países avanzados. Lo que resulta mucho más costoso es no tenerlo. Una realidad especialmente preocupante cuando uno de cada cinco jóvenes de entre 18 y 24 años no estudia ni trabaja. En la OCDE, es uno de cada siete.
La segunda brecha está dentro del propio sistema de educación superior. Durante la última década, los países de la OCDE mejoraron la empleabilidad de sus jóvenes titulados. Chile avanzó en la dirección contraria. Entre los 25 y 34 años, el desempleo de quienes tienen educación superior bajó del 7% al 5% en el promedio de la organización. En Chile subió del 7% al 8%.
Hay algo más profundo en juego: una paradoja de la abundancia. En 2010, uno de cada cinco integrantes de la fuerza laboral tenía educación superior completa; hoy son más de cuatro de cada 10. El título sigue siendo la puerta de entrada al empleo de calidad, pero ya no basta para cruzarla.
La contradicción es que este deterioro convive con empresas que no encuentran las competencias que necesitan. Según el estudio Escasez de Talento 2026 de ManpowerGroup, seis de cada 10 empleadores en Chile reportan dificultades para cubrir sus vacantes. En tecnología, la proporción alcanza el 83%. Mientras miles de titulados buscan oportunidades, las empresas declaran que no encuentran los perfiles adecuados. El problema, por tanto, no se explica únicamente por la falta de empleos. También revela un desajuste entre las competencias que formamos y las que demanda el mundo productivo.
Con un gasto público de esa magnitud, la pregunta ya no es solo cuánto invertimos, sino si esa inversión está alineada con las necesidades de desarrollo del país. Y si la evaluamos por lo que produce, y no solo por cuántos estudiantes alcanza.
Si el título por sí solo ya no distingue, la diferencia estará en la pertinencia de lo que se aprende y en la capacidad de seguir aprendiendo. En un mercado laboral que cambia aceleradamente, un título ya no puede entenderse como el punto final de la formación, sino como una etapa dentro de una trayectoria de aprendizaje permanente.
Alcanzar niveles de acceso comparables con los de la OCDE fue uno de los grandes logros educativos de Chile. La tarea de esta generación es más exigente: transformar ese acceso en empleo y desarrollo profesional.
Durante décadas nos preguntamos cuántos jóvenes lograban ingresar a la educación superior. Hoy debemos hacernos una pregunta distinta: ¿Qué ocurre con ellos cuando salen? Esa es la respuesta que les debemos a las familias que cada diciembre vuelven a llenar los auditorios.