Rabin, 31 años después: el precio de la paz y la fortaleza de la democracia

Este 4 de noviembre se cumplen 31 años del asesinato del entonces primer ministro de Israel, Yitzhak Rabin, quien cayó herido de muerte en 1995 en una plaza de Tel Aviv, minutos después de cantar por la paz ante decenas de miles de personas. Lo mató un extremista judío que creyó que una bala podía detener una decisión política.

Rabin no llegó a la paz por ingenuidad. Fue soldado durante décadas, jefe del Estado Mayor y ministro de Defensa, y conocía mejor que nadie el costo de la guerra. Precisamente por eso entendió que la seguridad de Israel exigía, además de fuerza, valentía política. Firmó los Acuerdos de Oslo y el tratado de paz con Jordania, y recibió el Premio Nobel de la Paz. Pagó con su vida por no apartarse de ese camino.

Su legado es una lección de liderazgo: hay momentos en que gobernar significa asumir riesgos, enfrentar a la propia opinión pública y tomar decisiones difíciles. Rabin las tomó.

Lamentablemente, del otro lado no hubo un liderazgo comparable. Israel ofreció propuestas concretas para el establecimiento de un Estado palestino, en Camp David en 2000 y nuevamente en 2008, entre varias iniciativas. La dirigencia palestina no aceptó ninguna ni presentó una contrapropuesta que permitiera cerrar el conflicto. La paz exige decisiones dolorosas de ambas partes, y hasta hoy solo una de ellas ha estado dispuesta a tomarlas.

Y en este punto resulta imprescindible un paréntesis: La altura moral y estratégica de Rabin, que el liderazgo palestino no supo emular, sí ha contado con contrapartes a la altura en el liderazgo egipcio, jordano, emiratí, bareiní y marroquí, que se ha traducido en sucesivos acuerdos de paz y de normalización de relaciones.

Volviendo a Rabin, también hay un legado institucional. El asesinato de un primer ministro pudo haber quebrado a la sociedad israelí, pero no fue así. Israel investigó, juzgó y condenó al asesino con todo el peso de la ley, y las instituciones siguieron funcionando. Las elecciones se celebraron, el poder cambió de manos por la vía democrática y el debate público, a veces áspero, nunca dejó de ser libre.

Una democracia se mide por su capacidad de resistir la violencia política sin renunciar a sus principios, y en ese sentido Israel superó esa prueba.

Honrar a Rabin significa rechazar la violencia como instrumento político, defender la convivencia entre quienes piensan distinto y mantener abierta la puerta a una paz basada en la seguridad y el reconocimiento mutuo. Esa puerta sigue abierta, pero falta que, del otro lado, alguien se atreva a cruzarla.