Cuando el cerro se viene abajo: recortar ciencia y naturaleza es desproteger a Chile

Coescrita con Claudia Cerda Jiménez, ingeniera forestal y doctora en Ciencias Agrarias

En diciembre de 2025, un incendio forestal consumió cerca de mil hectáreas de bosque esclerófilo en San Carlos de Apoquindo, en la precordillera de Santiago. Un mes después, el 31 de enero, una tormenta de verano descargó 17 milímetros de lluvia en una hora, una intensidad que no se había registrado en al menos una década. El agua cayó sobre cerros recién quemados y bajó por las quebradas cargada de barro y sedimentos hasta la Rotonda Atenas. El 8 de octubre recién pasado ocurrió el mismo fenómeno, con mayor intensidad. El 13 de octubre volvimos a experimentar intensas lluvias y granizo en Santiago, con severas consecuencias para la infraestructura y las personas. No ha sido mala suerte. Ha sido la suma de factores que la ciencia conoce bien y que, paradójicamente, el proyecto de ley de Presupuestos 2027 del Gobierno se dispone a desfinanciar.

Las quebradas de la precordillera son, por naturaleza, sistemas que transportan sedimento: ante lluvias intensas tienden a producir remociones en masa. El aluvión de la Quebrada de Macul en 1993, con 26 personas fallecidas, nos lo recuerda. Pero ese ciclo natural hoy está amplificado por dos fuerzas.

La primera es el cambio climático. Los estudios muestran que la isoterma cero, es decir la altura sobre la cual la precipitación cae como nieve, subió en Chile central unos 122 metros en invierno y 200 metros en verano entre 1975 y 2001. Cuando una tormenta llega con la isoterma alta, llueve donde antes nevaba, el agua se suma al derretimiento de la nieve acumulada y las quebradas reciben en pocas horas el agua que antes quedaba almacenada como nieve hasta la primavera. Estas tormentas cálidas han producido algunos de los aluviones e inundaciones más destructivos de la zona central y las proyecciones indican que, en un escenario de altas emisiones de carbono, incluso lluvias moderadas podrían generar caudales peligrosos. Los desprendimientos que vivimos el 8 de octubre que afectaron a San Carlos de Apoquindo son una consecuencia de aquello.

La segunda fuerza es el fuego. Durante la megasequía 2010-2020, con hipersequía el 2019, el número, la superficie quemada y la duración de los grandes incendios en Chile centro-sur aumentaron significativamente, incluyendo grandes incendios en pleno invierno y las proyecciones climáticas para la región anticipan más incendios y más área afectada. Un cerro quemado pierde la vegetación que intercepta la lluvia, frena la escorrentía y sostiene el suelo. Los estudios sobre flujos de sedimentos posteriores a incendios muestran que estos eventos son más probables en la primera temporada de lluvias tras el fuego. La propia querella presentada por el propietario del predio de San Carlos advirtió que la pérdida de árboles dejaba a los vecinos expuestos a aluviones.

Incendios más frecuentes, lluvias cálidas y fuera de temporada, y laderas sin vegetación: esa es la combinación que estamos viendo cada vez más seguido. El proyecto de ley de Presupuestos 2027, hoy en discusión en el Congreso, recorta precisamente las herramientas para enfrentar esta combinación.

En Medio Ambiente, el programa de Adaptación y Mitigación para el Cambio Climático baja 19,3%, y dentro de él la línea que financia el cumplimiento de nuestra Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC) cae 59,1%. En Ciencia, el presupuesto del ministerio cae 6,4% respecto de la base comparable de 2026, unos $37.578 millones menos. El Fondo de Equipamiento Científico y Tecnológico (Fondequip) se reduce 78,7% al suspenderse sus convocatorias para 2027, y bajan también las becas de postgrado nacionales y en el extranjero. Todo esto en un país que invierte apenas 0,41% de su PIB en investigación y desarrollo, frente a un promedio OCDE cercano al 2,7%.

Podría pensarse que la respuesta a un aluvión es solo ingeniería: piscinas decantadoras, barreras flexibles en las quebradas. Naturalmente esto es necesario, y el Ministerio de Obras Públicas invertirá $754 millones en cinco barreras para San Carlos de Apoquindo. Pero cada una de esas obras descansa en conocimiento previo: dónde se activan las quebradas, con qué umbral de lluvia, cuánto tarda en recuperarse un cerro quemado, cómo responde la población a una alerta. Ese conocimiento lo producen científicos con estudios en glaciología, hidrología, ecología de bosques, geografía y ciencias sociales que trabajan con equipos, estudiantes y proyectos financiados por el Estado.

De hecho, en 2021, un estudio de la Universidad de Chile, del que una de nosotras es coautora, analizó los servicios ecosistémicos del piedemonte andino de Santiago. El estudio mostró que las quebradas son los lugares más valiosos del piedemonte para la recreación, el paisaje y el vínculo de los santiaguinos con la naturaleza, y recordó que esos beneficios descansan sobre los servicios ecosistémicos de regulación que esas mismas quebradas prestan: control de crecidas, prevención de remociones en masa, control de la erosión y de desastres. Investigaciones previas en quebradas como la de Ramón ya habían documentado cómo el piedemonte ayuda a prevenir desastres en los barrios que colindan con él. Mantener las quebradas con su vegetación no es un lujo paisajístico; es infraestructura de protección.

Prevenir es mucho más barato que reconstruir, pero requiere una visión al menos de mediano plazo, visión que parece que ha dejado de existir. En Estados Unidos, un análisis de 23 años de subvenciones federales de mitigación concluyó que cada dólar invertido ahorró en promedio seis en daños futuros, con una relación aún mayor para las inundaciones de ríos.

Existe una relación clarísima entre la mantención del capital natural y la mitigación de los efectos del cambio climático. Bosques, humedales y suelos sanos capturan carbono, evitando más calentamiento, y amortiguan los eventos extremos. A escala global, conservar, restaurar y manejar mejor bosques, humedales y pastizales, podrían aportar 37% de la mitigación de CO₂ necesaria al 2030 para mantener el calentamiento bajo 2°C; además de regular crecidas y proveer resiliencia a los cambios rápidos del clima. Su valor como protección también se puede medir en dinero: durante el huracán Sandy, los humedales costeros del noreste de Estados Unidos evitaron más de 625 millones de dólares en daños por inundación. El bosque esclerófilo de nuestra precordillera hace, a su escala, el mismo trabajo: retener suelo, infiltrar agua y frenar la escorrentía.

Cuando recortamos simultáneamente los programas de medio ambiente y el presupuesto de la ciencia no estamos ahorrando, estamos desprotegiendo las dos capitales más importantes de Chile: su capital natural y su capital humano. El primero es nuestra primera línea de defensa frente a incendios, aluviones y sequías; el segundo es el que nos permite entender, anticipar y gestionar esos riesgos. Ambos tardan décadas en construirse y muy poco en perderse. El Congreso todavía tiene la oportunidad de corregir este proyecto. Los cerros de San Carlos de Apoquindo ya nos mostraron lo que cuesta no hacerlo.