La vigilancia de la fauna silvestre no es un tema exclusivamente ambiental; es la primera señal de alerta para proteger nuestro sistema sanitario y productivo. Chile ya ha vivido este guión dos veces.
En 2022, el virus de la influenza aviar de alta patogenicidad (H5N1) ingresó al país a través de aves silvestres migratorias, saltó a criaderos familiares y alcanzó a planteles comerciales, significando cerca de 1,5 millones de aves muertas o sacrificadas. Fue un brote de alcance nacional que tuvo impacto con la suspensión de nuestras exportaciones y se cerraron 78 mercados internacionales que tardaron meses en reabrirse. En marzo de este año, el patrón se repitió, aunque con un impacto mucho más acotado gracias a nuestra rápida respuesta y a los acuerdos de zonificación vigentes.
Sin embargo, que esto ocurra dos veces en tres años no es un accidente; es un patrón. Y todo brote comienza exactamente en el mismo lugar: en una bandada que no pudimos mirar a tiempo.
Dejando atrás una distinción artificial
Históricamente, hemos tratado la protección de la fauna silvestre y la sanidad agropecuaria como dos mundos separados: uno enfocado en la conservación y el otro en la producción. Hoy, organismos internacionales como la Organización Mundial de Sanidad Animal y la FAO nos exigen cambiar esa mirada. Las aves acuáticas migratorias son el reservorio natural de este virus, por lo que monitorearlas no es una simple cortesía hacia el mundo ecológico, sino inteligencia sanitaria de primera línea.
Debemos adoptar el enfoque de "Una sola salud" (One Health), entendiendo que la salud animal, la humana y la ambiental son partes del mismo engranaje. Si el virus entra por la naturaleza y golpea nuestra producción, nuestra capacidad de anticiparnos debe cubrir ambas áreas, no podemos esperar a que llegue al sistema productivo para reaccionar.
La alianza con Audubon: inteligencia basada en datos
Aquí es donde cobra sentido mirar los modelos internacionales que ya funcionan. El reciente convenio marco firmado entre el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) y Audubon representa un punto de inflexión. Audubon no es un socio ambiental genérico; junto a la Universidad de Cornell son los creadores de eBird, una inmensa plataforma de ciencia ciudadana y análisis de datos que hoy alimenta directamente los sistemas de vigilancia sanitaria del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
Esta tecnología permite cruzar variables para identificar en qué zonas específicas la abundancia de ciertas especies eleva el riesgo de un brote en planteles avícolas. En lugar de vigilar a ciegas todo el territorio, podemos concentrar nuestros esfuerzos donde el riesgo es real. Chile no necesita simplemente otro estudio de biodiversidad general; necesita mapas de riesgo predictivos, construidos con el movimiento en tiempo real de las aves que comparten nuestro territorio con la producción.
El acuerdo, firmado el 30 de septiembre, establece un horizonte de cinco años para monitorear el desplazamiento de estas aves, intercambiar información científica sobre sus rutas y fortalecer nuestras capacidades técnicas conjuntas. Todo esto, bajo un estricto resguardo institucional que protege la soberanía de nuestra información sanitaria.
El verdadero valor de la prevención
La batalla de la sanidad agropecuaria no se gana en el momento del contagio, sino en la capacidad de anticiparlo. Un sistema reactivo asume costos enormes: aves sacrificadas, mercados cerrados y un duro golpe a la confianza internacional. La prevención no es un concepto abstracto; es una decisión concreta sobre qué datos recolectamos, cómo los analizamos y con cuánta anticipación logramos ver la amenaza.
Cada ruta migratoria que logramos mapear es tiempo valioso que le restamos al virus antes de que se convierta en un problema productivo. La próxima vez que una bandada cruce nuestras costas, la pregunta no debe ser si trae el virus, sino si hemos construido sistemas de vigilancia que permitan anticiparse a su llegada y tomar decisiones antes de que el riesgo impacte a la producción y a los mercados.