Aridez y verdor de la dignidad

Si existe algo que está en disputa a nivel político de modo esencial es la noción de dignidad. Si alguien quiere dar en serio una batalla cultural, ahí hay un tema clave. No se trata solo de cuestionar las opiniones de legisladores como Jaime Bassa, quien insiste en llamar Dignidad a la plaza Baquedano. El nombre asignado a una plaza es apenas un aspecto mínimo de una disputa más profunda: qué implica la dignidad como eje de un orden que consagra la libertad y la igualdad de las personas en una sociedad.

Se quiera o no, la aridez y el verdor en la otrora Plaza Italia, la explanada arrasada durante el estallido y el prado que hoy la cubre, reflejan los conceptos diametralmente opuestos con que unos y otros definen la dignidad. Disputarla de forma conceptual, y por tanto política, es relevante pues implica definir los marcos morales, jurídicos, políticos y económicos que sostienen la libertad, la igualdad, la justicia, el orden y el derecho como bases para respetar la dignidad y el bienestar material de las personas. Y en eso, la izquierda ha caído en una evidente y profunda contradicción.

El discurso de la izquierda que apela a la dignidad mientras justifica la arbitrariedad de las turbas es profundamente incoherente, pues la dignidad no solo apunta a un trato igual, sino a un trato elevado y respetuoso en todo ámbito. No es posible construir aquello donde un grupo, actuando como pandilla, impone su violencia anómica sobre otros. Primero, porque eso atenta contra la autonomía. Es lo que hacía la consigna autoritaria "el que baila pasa": no era una humorada, sino una imposición de la masa sobre los individuos. Está demás decir, supongo, que quienes saqueaban locales, cortaban calles o impedían las clases o la PAES imponían su voluntad a terceros. Segundo, al imponer su arbitrariedad mediante la violencia o la amenaza, esos manifestantes atropellaban cualquier noción de igualdad. Hablar de dignidad en ese contexto es un mal chiste.

La dignidad refiere tanto a la condición que todo ser humano posee como a la capacidad de actuar en base a la razón y no a las bajas pasiones. Eso otorga dignidad al ser humano y lo diferencia de otros seres vivos. Por eso la violencia y la destrucción no pueden ser fundamento de la dignidad humana. De la multitud violenta, amorfa y anómica no surgen la justicia, la libertad ni la democracia; sino que es la masa moldeable sobre la que se alzan los demagogos. Hablar de dignidad mientras se celebra el desorden y la violencia encapuchada es, otra vez, un mal chiste.

La historia moderna muestra que la dignidad humana no se instaura por medio de la violencia. Salvo que alguien crea que algunos son medios para otros fines. Tampoco se establece, hay que decirlo, mediante el decisionismo que se justifica en el rechazo al desorden y termina distorsionando los contrapesos jurídicos y normativos del poder. Ambas vías acaban con personas sometidas, violentadas y humilladas, algo en nada coherente con la dignidad. Por eso es importante no dislocar el mundo normativo impulsando la violencia y el pillaje bajo la excusa de la resistencia o la ira contra el poder, porque lo que termina reforzándose es la arbitrariedad sin contrapesos.

La dignidad no tiene que ver con títulos, apellidos ni cuentas corrientes, sino con cultivar las conductas que la honran: la cortesía, la prudencia y la solidaridad. Eso implica a la vida cotidiana como dejar bajar antes de subir al carro del metro, respetar el semáforo o botar la basura donde corresponde, pero también exige que los liderazgos políticos, empresariales e intelectuales, den el ejemplo. Por eso es errado creer que la batalla cultural consiste en elevar como próceres a bravucones e incontinentes verbales, o en denostar a los adversarios.

La dignidad de la plaza no reside en poder restituir una estatua, sino en poder caminar tranquilamente por ella sin la amenaza de una turba violenta de cobardes encapuchados.