¿Cuántos Rojas Vade hay en esa turba?

La acción de las turbas violentas no fue un accidente del estallido social, sino una de sus expresiones más reveladora. Negarlo sería faltar a la verdad. Pero, ¿qué hay detrás de eso? Eric Hoffer decía en 1951 que los movimientos de masas atraen a quienes desean liberarse de sí mismos. La acción de la turba, esconderse entre la muchedumbre, otorga a personalidades frustradas una oportunidad de renacer en el seno del colectivo. Así, el sujeto frustrado consigo mismo encuentra un propósito exógeno que le otorga sentido a su vida. Hoffer advertía que el sujeto apto para el movimiento de masas puede pasar de una causa a otra sin problemas porque es esencialmente un fanático. Este diagnóstico vale para movimientos de todo signo.

Hoffer decía, además, que las causas del descontento generalmente no tienen un origen en un sufrimiento real sino en expectativas y frustraciones de todo tipo. Por tanto, en los movimientos de masas se puede encontrar a inadaptados y excluidos, pero también a sujetos narcisos, ambiciosos y aburridos de sí mismos. Para el caso de Chile, nadie ilustra mejor esto que Rodrigo Rojas Vade. Su figura delgada y calva, con catéteres colgando, se volvió un ícono en el estallido, que encarnaba el abuso. Eso le bastó para renacer como un héroe en el seno de la masa.

Pero el cáncer era inventado. Rojas Vade no padecía la injusticia que denunciaba; la necesitaba para su propio narcicismo. Le servía para liberarse del peso de su propia existencia y la responsabilidad individual que aquello exige, como decía Hoffer. Esa condición de víctima, que era una mentira, lo llevó a la Convención Constitucional. Llegamos a tenerlo como uno de los vicepresidentes de la instancia.

Lo planteado por Eric Hoffer hace 75 años se puede relacionar con otro concepto: la hipocondría moral. Según Natalia Carrillo y Pau Luque, ésta consiste en preocuparse más de la propia pureza moral que de alguna injusticia. Dicha inquietud no es altruista, sino que profundamente egoísta. Lo que le preocupa al hipocondríaco moral no es la guerra, ni la pobreza, ni la injusticia, ni el medioambiente, ni otras personas, sino que ser visto como causante o cómplice de aquello. Algunos, como se ve a veces en redes sociales, llegan al nivel de sentirse culpables por existir.

La hipocondría moral tiene una doble cara. Para limpiar su pecado existencial, el hipocondríaco asume que tiene deberes y capacidades superiores para confrontar la injusticia. Es decir, se ve a sí mismo como un superhéroe o un santo que puede poner fin a un mal radical. Si llevamos más lejos la tesis, bajo esa autopercepción convertirse en un inquisidor implacable solo requiere de un empujón. Y eso es lo que sucede cuando la turba presume que puede hacer justicia mediante la violencia anómica, ya sea contra cosas o contra personas. De la misma lógica surge el afán de censurar o cancelar en las universidades y señalamiento en las redes sociales. Cualquiera sea el caso, se recurre a una emotividad barata para justificar sus acciones o azuzar el descontento colectivo.

Podríamos decir que en las turbas violentas hay sujetos que quieren escapar de sí mismos y a la vez están obsesionados consigo mismos. No es algo contradictorio aunque lo parezca pues son expresiones de un narcicismo moral. Lo increíble es que en Chile, estuvimos a punto de elevar a sujetos de tal perfil como los refundadores de la República.

El psiquiatra polaco Andrzej Łobaczewski, quien se opuso al nazismo y al comunismo, trató de comprender los mecanismos psicológicos que sostenían a los regímenes totalitarios. En una discutida obra, pero sugerente, "La Ponerología política", concluyó que las sociedades pueden entrar en fases de histeria marcadas por tres rasgos que debilitan la capacidad de juicio crítico. El primero es el egotismo que lleva a sobrevalorar la propia visión de sí mismo y del mundo. El segundo, una visión hedonista de la felicidad que vuelve intolerable toda verdad incómoda y lleva a ver todo como sufrimiento u ofensa. El tercero, el culto al poder, acompañado de arbitrariedad ética y la mentira, que termina propiciando la violencia. En ese clima prosperan criterios "morales" inventados a conveniencia y sesgos o prejuicios de todo tipo.

Para Łobaczewski esa fase de histeria es terreno fértil para lo que denominó como "fascinadores": personalidades patológicas con rasgos a veces mesiánicos que abrazan una ideología o creencia compensatoria que atrae a una minoría susceptible que se asume como "mayoría moral". Bajo esos parámetros la capacidad de crítica se pierde y esos individuos ascienden hasta controlar los espacios y grupos. Es decir, se pueden incluso hacer del poder tal como ocurrió en los sistemas totalitarios fascistas y comunistas.

En Chile esa creencia compensatoria se intentó enmarcar bajo la consigna del "Chile despertó" y la retórica de la dignidad. La autoproclamada Lista del Pueblo fue esa minoría que se adjudicó representar a la mayoría moral del país. Y claro, tal como decía Łobaczewski, cualquiera que cuestionara el estallido, sus formas y vindicaciones, incluso las violentas, era acusado de estar alienado o de estar contra la dignidad. En Chile se llegó al absurdo de ver a las barras bravas como un nuevo ejemplo de ciudadanía activa.

Cuando en este proceso los peores se ponen a la cabeza, sobreviene lo que Łobaczewski llamaba "patocracia" donde una minoría patológica gobierna e impone sus dinámicas anómalas a una sociedad de personas normales. Como un mitómano que inventa un cáncer o un atentado contra su persona. Por eso es bueno recordar que Chile tuvo su fase de histeria a fines de 2019 que llevó a varios personajes a la posibilidad de escribir la carta fundamental en la Convención Constitucional. Por suerte la sociedad chilena evitó esa deriva y no elevó a padres fundadores de la Patria a Rojas Vade, la tía Pikachu y el Dino azulado.

Lo paradójico es que este tipo de sujetos se creen los rebeldes por excelencia. En realidad son la manifestación de una forma falsa de rebeldía, marcada por la desmesura, puesto que presumen o pretenden poseer una virtud pura que no tiene límites. Eso explica su afán destructivo y anómico. Como advertía Albert Camus, aquel que presume poseer una virtud absoluta termina justificando el crimen.

La rebeldía auténtica, contrario a lo que algunos pontifican irresponsablemente entre los estudiantes secundarios, asume límites. El primero es la conciencia de las propias limitaciones. Por eso decir que la moderación es tibieza o una renuncia a soñar es un sinsentido. Por eso, llamar rebeldía a saltar el torniquete es una estupidez que luego lleva a que un adolescente crea que es más rebelde rociar con parafina a una profesora.

Hay una pregunta que, a siete años del estallido todavía no se hace y muchos evitan a propósito de Rojas Vady otros personajes: ¿Cuántos buscaban en medio de la turba simplemente satisfacer su propio narcicismo? ¿Cuántos están buscando lo mismo ahora tratando de remover las cenizas del estallido como Jaime Bassa?