Eterno resplandor de la mente: ¿Dejaríamos de sufrir si pudiéramos borrar al que ya no está?

Nuestra identidad se forma con el amor, la memoria, las alegrías y el dolor. Claro, la vida ofrece algo más. Más aún cuando esa persona que vemos en el recuerdo, aún nos hace doler y su olvido no es posible. Aún olvidando la herida no sana. Podríamos entonces buscar suprimir el recuerdo y sostener emocionalmente esa pérdida.

Pero al borrar el dolor del recuerdo, es posible cuestionar que además perderíamos lo bello del mismo, no eliminamos lo que duele, sino que hacemos desaparecer los momentos alegres que hicieron valioso el tiempo. Amar supone exponerse a una experiencia cuyo desenlace no controlamos. Entonces borrar una parte de la historia, la que genera dolor, es borrar la historia que nos hizo feliz y por ende nuestra identidad presente.

¿Cómo pedirle a una madre que olvide a su hijo desaparecido? ¿Cómo decirle a un esposo que borre a su "iñora", o a un hijo que se desprenda del recuerdo de sus padres? Nadie puede imponer el olvido como condición para continuar.

Sin embargo, cuando la ausencia proviene de la violencia organizada, la memoria adquiere otra dimensión. Junto con el duelo existe una responsabilidad que esclarecer, una verdad que conocer y una justicia que cumplir. La desaparición forzada deja una pregunta abierta que el paso del tiempo, por sí solo, no responde. Comienza así una vorágine casi eterna, de cuestionamientos humanitarios.

Desde ahí quisiera mirar una discusión que vuelve periódicamente a nuestra vida pública: el cumplimiento de las condenas de quienes cometieron crímenes de lesa humanidad, especialmente cuando alcanzan una edad avanzada o padecen enfermedades graves.

Ya lo expresó en mayo de 2024, el entonces secretario general del Partido Socialista(1), a propósito de la idea que las personas presas por causas de DD.HH. cumplieran sus condenas en sus hogares, decantando en la contradicción entre humanistas e inhumanos.

Esta discusión, recientemente ha sido reeditada por las declaraciones de la exministra Tohá, Su propuesta sitúa la decisión en los tribunales y descarta el indulto presidencial. Esa diferencia debe reconocerse para discutir con rigor.

Pero en 2024, la Comisión de Seguridad de la Cámara de Diputados (Boletín 15.701-07) aprobó una norma que permite que reclusos mayores de 75 años y por causas de DD.HH. puedan cumplir sus condenas en casa. Luego en julio del mismo año, la sala rechaza el proyecto.

Ha habido otros intentos por la vía legislativa de abrir la puerta. En el 2010, la Conferencia Episcopal de Chile abre el debate sobre beneficios por razones humanitarias, luego en el 2016 diputados de la actual derecha tradicional. Algo parecido presentó en 2018 el entonces ministro de Justicia, Hernán Larraín (Piñera II). En el 2020 se habló de un indulto conmutativo por pandemia por senadores de Chile Vamos y en el Consejo Constitucional de 2023 se presenta la propuesta relacionada con enfermedades terminales.

Se buscará mostrar humanismo, preocupación por la vida, y a lo menos, por el cuidado de los adultos mayores desvalidos. Pero se borra del análisis el dolor, la ausencia y la responsabilidad. Se borra el arma asesina. Parece que es más fácil invocar la humanidad del victimario y desplazar la humanidad de quienes sufrieron sus actos.
El riesgo aparece cuando la compasión se vuelve selectiva; cuando la edad y la enfermedad ocupan toda la escena y desaparecen de ella las personas asesinadas, torturadas o hechas desaparecer. Cuando se recuerda cuánto ha envejecido el condenado, pero se omiten los años que las familias han vivido buscando a sus seres queridos, poniéndolos en posición de deshumanizados.

Se podrá explicar esto a los familiares de las matanzas en Armenia (1915), se podrá humanizar a los nazis de 1945 aún cuando sus atrocidades todavía no dejan de alarmar. O los casos en Bosnia y Herzegovina (1990) de violaciones, torturas y esclavitud de mujeres y niñas, etc. A este ritmo, seguramente pedirán luego salirse de la Corte Penal Internacional.

Pareciera que vestir de humano al victimario por su edad, el tiempo de condena cumplida, las enfermedades y condiciones de vida, buscaran admitir que es suficiente para olvidar. Transfiriendo a quienes no pueden olvidar, el costo de la vida, del sufrimiento, que el victimario mantiene; mostrándolos como deshumanizados.

Cada cierto tiempo la vida no nos deja de sorprender, vuelven a jugar con el dolor, con la historia; buscando contarla de una nueva forma. Borrar el recuerdo es eliminar identidad presente.

No podemos conservar intacta la alegría de haber amado y borrar solamente el dolor de la ausencia. Aprender a vivir con lo que recordamos también forma parte de aprender a amar. Pero cuando esa ausencia fue impuesta por el terror, recordar es, además, un acto de justicia. La humanidad del condenado no borra la de sus víctimas. Y el paso del tiempo no puede borrar la responsabilidad de quien convirtió una vida en ausencia.

(1) Camilo Escalona (PS) critica aprobación de norma que permite a presos por causas de DD.HH. cumplir condenas en sus casas