A 27 años de la partida de Manuel Bustos Huerta, conmemorar la figura del histórico dirigente textil y primer presidente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), refundada en 1988, nos obliga a ir más allá de la nostalgia gremial o una conmemoración al final de una marcha o jornada de reflexión. Independiente de los honores que merezca este referente político y social, en el Chile actual, caracterizado por profundas transformaciones laborales y un evidente desgaste de las representaciones colectivas, el análisis de su itinerario político es una urgencia de primer orden para ajustar el timón del diálogo gremial.
En los momentos más complejos del régimen militar y sus postrimerías se dio un fenómeno paradójico en el que convivió un sentido profundo de solidaridad orgánica y proyección colectiva. A pesar de las marcadas discrepancias ideológicas y dogmáticas que separaban a la Democracia Cristiana, el Partido Radical, el Partido Socialista, el Partido Comunista y diversos frentes de izquierda, en el seno del movimiento sindical se consolidó una unidad conceptual superior. El objetivo no era la ganancia pequeña de una facción, sino recuperar la democracia para edificar una sociedad con justicia social, inclusión y derechos laborales efectivos.
En ese tejido social atomizado, incluso con la sombra de la muerte y la persecución aun rondando, Bustos emergió como el gran articulador de la transición sindical. Viniendo del sector textil y moldeado por una profunda fe cristiana ligada a la Vicaría de la Pastoral Obrera, aportó masividad, protección y un criterio de pacificación sin claudicar en las demandas de fondo. Tuvo la visión y la entereza de convocar a todas las corrientes en un frente común, asumiendo costos personales que incluyeron la prisión, la persecución y la relegación.
Incluso fue cuestionado y agredido por sectores radicalizados que lo acusaban de "entreguista" por considerar la negociación como herramienta táctica en tiempos donde la asimetría de esa conversación era desoladora. Pese a las críticas, su labor logró unir a referentes de distinta matriz política -como Rodolfo Seguel, Jorge Millán, Arturo Martínez y referentes socialistas y comunistas- para refundar la CUT en 1988 y situar al movimiento obrero como un protagonista insustituible del retorno a la institucionalidad.
Sin formación universitaria, Bustos demostró que la legitimidad sindical se edifica con coraje, honestidad y capacidad de convocatoria. Más tarde, como diputado, consolidó esta visión pragmática al impulsar la ley que lleva su nombre, exigiendo el pago de cotizaciones previsionales adeudadas antes de hacer efectivo un despido. Un avance concreto contra la histórica evasión empresarial que lo situó junto a gigantes de la historia obrera chilena como Clotario Blest, Luis Emilio Recabarren y Tucapel Jiménez.
Hoy, la distancia del movimiento sindical con ese legado resulta preocupante en cuanto a la erosión provocada por la atomización, el egoísmo y el personalismo de la representación laboral. La figuración individual en tribunas mediáticas, la palestra digital de las redes sociales y la cooptación del poder como un atributo ha desplazado la construcción del proyecto colectivo en tiempos que la falta de unión de las bases y gremios resulta funcional a un gobierno precarizador y dogmático. Nos enfrentamos a una dirigencia fragmentada donde abunda la rigidez ideológica y la opacidad de posiciones para lograr acuerdos en beneficio del conjunto.
Si bien se han conseguido victorias sectoriales en materia de la negociación pública, la falta de articulación general y la subordinación del interés gremial a agendas partidistas coyunturales han terminado por debilitar la capacidad de negociación del mundo del trabajo en general reduciendo el músculo de la representatividad y el poder de incidencia en las transformaciones mayores que el país requiere.
Pasar de la retórica a la acción práctica nos exige recordar y replicar la visión del trabajo señero de Manuel Bustos. Su trayectoria basada en la unidad, la diversidad y la búsqueda de cambios permanentes en el corazón del modelo neoliberal sólo puede conseguirse ampliando el diálogo más allá de los convencidos y saliendo de las trincheras partidistas. Sumando a las mayorías transversales capaces de integrar distintas voces y a quienes no cuentan con banderas. Bustos demostró que el movimiento político-sindical siempre da mejores frutos a largo plazo cuando se sostiene en la coherencia, el coraje y la articulación unitaria. En momentos de desafección y fragmentación social, recuperar esa vocación de síntesis es el mayor acto de justicia y memoria que podemos rendir a su figura.