La obstinada arrogancia

Si es que hay un defecto que permea al actual Ejecutivo es el de la obstinada arrogancia. Un aire que circula por buena parte de las reparticiones ministeriales y que termina siendo un viento huracanado en la mayoría de las alocuciones públicas, tanto de ministros como del propio presidente.

No es fácil para muchos -demasiados- de quienes entregaron su voto a esta administración ver cómo se toman decisiones o se hacen anuncios entregando argumentos fofos o acudiendo permanentemente a fórmulas como la de responsabilizar al gobierno anterior o la de la bendita estrechez fiscal. Ahora, que un gobierno se entrampe en un defecto fundante no es novedad. Lo novedoso es la falta de apertura para mitigar dicho problema.

El gobierno del presidente Gabriel Boric pecó desde su origen de una superioridad adolescente de la que incluso algunos ministros hablaban sin pudor. A las pocas horas de asumir se vio cómo ese sentirse en el patio universitario terminó con la segunda autoridad del país huyendo de los disparos desde Temucuicui.

Ese, quizás, fue la mayor mácula del periodo Boric: la ingenua soberbia adolescente que percibe que todo lo puede hacer mejor que como lo hicieron los predecesores.

Pero si hay algo que debe reconocérsele al expresidente frenteamplista es que fue capaz de pedir disculpas y, tras la paliza constitucional, aceptar el hecho de que debía acudir a Socialismo Democrático para apuntalar un proyecto sostenido con alfileres. Así, llegó tempranamente Carolina Tohá a Interior y luego Álvaro Elizalde a la Secretaría General de la Presidencia, es decir, al corazón mismo de La Moneda.

Esto, desde luego, no significó una iluminación epifánica de Boric que evitase periódicas pulsiones de dirigente estudiantil, pero sí al menos fue una señal que, en especial con el tiempo, se transformó en gravitante, al punto que la misma Tohá se proyectó como candidata a suceder al entonces mandatario.

Ahora, en cambio, pasan los meses y no menguan las señales esotéricas -comidas en palacio, contrataciones dudosas, acciones panfletarias, maletines bananeros-, las explicaciones a medias, las disputas interministeriales por la prensa, las renuncias intempestivas o el fuego amigo oficialista. Y no hay señales de golpe de timón.

El relato, si es que alguna vez hubo sólo uno, se desborda, recorta, extiende, ajusta, mientras el guion no se respeta porque, en definitiva, la actual administración no tiene un storyteller único, sino que se multiplican los voceros indiscriminadamente.

El Ejecutivo, con el Presidente José Antonio Kast a la cabeza, padece de una arrogancia política que nace del paternalista "todo va a estar bien", a pesar de ver que la promesa del "estamos trabajando para usted" no muestra evidencia alguna.

Quizás, la cancelación del programa Yo elijo mi PC, que entrega computadores a escolares, es el último ejemplo de esto. Mientras en Hacienda se anuncia sin mucho tino del recorte, Educación sostiene que la evaluación del programa fue lapidaria, pero luego el propio Presidente dice que lo cierto es que la idea es volver a lo básico y evitar, como se hace en países desarrollados, el acceso temprano a las pantallas. Finalmente se argumenta que esto es parte de los efectos de la estrechez fiscal. Cuatro argumentos en pocas horas, sobre uno de los muchos recortes advertidos.

Urge un golpe de timón, un ajuste real al relato, una acción que emule la llegada de Socialismo Democrático al gobierno de Boric. Podrá ser un cambio ministerial profundo, un trancazo de liderazgo presidencial que ponga en línea al equipo, una renovación del segundo piso o el nombramiento de un vocero experimentado... quizás, todas las anteriores. Algo que acabe -o al menos disminuya- con la obstinada arrogancia.