Perder para ganar: la lección de la historia

Extrañeza, molestia, incomodidad y duras críticas son algunas de las reacciones que generó la decisión del Presidente José Antonio Kast de no remover al ministro de Justicia, Fernando Rabat, tras la polémica por la reducción de penas a pederastas.

El hecho derivó en el sacrificio de un fusible: la renuncia del subsecretario Luis Silva, luego de un desafortunado video en redes sociales donde intentó desentenderse de haber firmado las rebajas en su rol de ministro suplente. Sin embargo, la salida de Silva no aplacó a la oposición, que acusó inmediatamente al Ejecutivo de cortar la cuerda por el hilo más delgado.

En el mundo político la pregunta es inevitable: ¿Por qué blindar a un ministro independiente, con quien ni siquiera existía una relación personal previa a diciembre de 2025? Analistas han llegado a especular con motivos de fe o lealtades personales para justificar el costo de esta defensa.

Sin embargo, la decisión resulta estratégicamente fallida. Al blindar al ministro -incluso por encima del malestar de sus propios partidos oficialistas-, Kast trasladó el foco del incendio desde el ministerio directamente a su propio escritorio en La Moneda, quedando expuesto a cada nuevo antecedente que surja. De paso, quemó un capital político que su sector esperaba ver desplegado en batallas de fondo, como la discusión sobre indultos a exuniformados.

La historia reciente enseña que la remoción de piezas clave es un mecanismo indispensable de autoconservación republicana. Lo entendió Sebastián Piñera en el momento más álgido de la pandemia al aceptar la salida de Jaime Mañalich, y debió aplicarlo Gabriel Boric con la renuncia de Marcela Ríos tras la crisis de los indultos. En ambos casos, retirar a una figura fuertemente cuestionada no fue visto como una claudicación, sino como el paso necesario para descomprimir la presión, dar vuelta la página y recuperar el control del gobierno.

Aceptar el sacrificio de un colaborador no es signo de debilidad, sino de pragmatismo. Permite alejar el peligro del despacho presidencial, renovar rostros y proyectar la imagen de un mandatario con la firmeza suficiente para no dejarse arrastrar por los errores de su equipo. Tras dos semanas en las que el gobierno ha sido incapaz de tomar las riendas de la agenda pública, la insistencia en sostener lo insostenible solo profundiza la parálisis. A veces, en política, saber perder un peón a tiempo es la única manera real de ganar.