Política de nicho

Cada octubre se vuelve a discutir qué significó el 18-O. Si fue rebelión, estallido, revuelta, crisis institucional o explosión de malestares acumulados. Una pregunta más incómoda es qué aprendimos políticamente de aquello. Una de las lecciones posteriores parece evidente: una sociedad puede compartir profundamente un malestar sin compartir necesariamente una misma interpretación de sus causas, y mucho menos una misma solución.

Hubo una mayoría que quería cambios. Eso quedó tempranamente demostrado en el plebiscito de entrada de 2020. Pero de ahí no se seguía que existiera una mayoría que compartiera una única interpretación sobre cuáles debían ser esos cambios, su profundidad, su lenguaje o la institucionalidad que debía contenerlos

El progresismo dice haber comprendido esa dificultad. Se habla nuevamente de mayorías, de recuperar representación social, de interpretar mejor los cambios ocurridos en Chile. Pero muchas veces, en vez de ampliar el campo al que se habla, se termina hablando cada vez mejor a públicos cada vez más cercanos. A eso podemos llamarlo una política de nicho.

En el mercado, un nicho puede ser una excelente estrategia. Una empresa no necesita venderle a todo el mundo: puede identificar un grupo preciso de consumidores, conocer sus gustos y producir exactamente aquello que esperan. También puede funcionar para un artista. Un músico, un escritor o un comediante no necesitan convertirse en fenómeno masivo. Puede conservar una obra, una identidad, prestigio e incluso una larga trayectoria gracias a un público pequeño, pero extraordinariamente fiel.

Para ellos, encontrar un nicho puede ser una forma de sobrevivencia y de permanencia. Pero para una política progresista que declara que las grandes transformaciones requieren grandes mayorías, el problema es completamente distinto.

Uno de los errores del ciclo abierto en octubre fue precisamente confundir la enorme fuerza de determinados malestares con la existencia de una mayoría política ya constituida. El progresismo puede diagnosticar correctamente la fragmentación de la sociedad, pero responder a ella fragmentando también su política. Identificando causas, identidades y públicos específicos, y hablando cada vez mejor con cada uno de ellos, pero cada vez menos con una sociedad común.

Algo básico pero difícil de aceptar es que interpretar no es proyectar sobre la sociedad nuestras propias convicciones. La sociedad chilena era -y sigue siendo- bastante más ambivalente.

Una persona puede querer mayor protección social y valorar al mismo tiempo su autonomía. Puede criticar la desigualdad y sentirse orgullosa de aquello que consiguió mediante su esfuerzo. Puede querer cambios importantes y temer perder lo que ya alcanzó. Exigir derechos y, simultáneamente, seguridad y orden.

Una política de nicho tiene dificultades para convivir con esas contradicciones porque está acostumbrada a públicos más homogéneos. Una política de mayoría, en cambio, debe trabajar precisamente con ellas. Esto no significa preguntarle simplemente a la mayoría qué piensa y repetirlo. Eso sería convertir la política en una encuesta. Aunque para algunos parece ser la solución. Los nichos toleran mal la ambivalencia; las mayorías están hechas de ella.

Detrás de la política de nicho suele sobrevivir un viejo imaginario: creer que una minoría comprende antes que los demás y que basta mantener la posición correcta hasta que las mayorías lleguen a ella. Pero el nicho ni siquiera es propiamente una vanguardia. La vanguardia aspiraba, al menos, a universalizar una experiencia y convertirla en fuerza política. El nicho puede hacer lo contrario: proteger su particularidad y convertir la distancia respecto de la mayoría en prueba de radicalidad. La irrelevancia puede entonces adquirir incluso cierta dignidad moral. Pero una fuerza transformadora no existe para tener razón ante sí misma, sino para transformar la sociedad.

La izquierda conoció históricamente esa tarea de construcción de mayorías: en el Frente Popular, en la Unidad Popular -también con sus límites y aprendizajes sobre la dificultad de sostener una mayoría transformadora- y, más tarde, en la lucha por el No y la recuperación democrática. En todos esos momentos, la mayoría no estaba dada: hubo que construirla. Sus grandes momentos estuvo en la capacidad de relacionar demandas parciales con ideas generales de justicia, igualdad, libertad y bienestar.

Las transformaciones rara vez se producen porque todos adhieran ideológicamente. Se producen cuando una determinada interpretación de la sociedad se vuelve suficientemente amplia como para organizar el sentido común. Un nicho puede, incluso, garantizar vigencia. Una política de mayorías permite disputar el rumbo de una sociedad.