Una lucha histórica

Hace 25 años, el ciudadano Patricio Aylwin Azócar, era electo Presidente de la República. Al momento de ser elegido contaba con una vasta experiencia política que lo había hecho senador reelecto en la actual región del Maule; siete veces Presidente de la Democracia Cristiana y en una ocasión Presidente del Senado. Su llegada a La Moneda se sustentaba en la Concertación de Partidos por la Democracia y en la campaña electoral concurrió además, el respaldo el Partido Comunista.

La extensa biografía que lo distinguía, fue un factor decisivo en su apoyo, al contribuir a derrotar la campaña de atemorizamiento y terror del régimen dictatorial que ya no podía impedir una derrota que lo alejaba del poder, al cual se había aferrado con dientes y muelas a lo largo de más de 17 años, recurriendo a las más crueles y sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos.

Era la hora del restablecimiento de la democracia, luego de una lucha dolorosa, cruenta en diversos periodos por la represión desatada por los organismos encargados del terrorismo de Estado que se aplicaba a las fuerzas de oposición. Años en que la derecha política y económica amarró su propio destino al de la dictadura de Pinochet, empeñándose porfiadamente en impedir la reinstalación del régimen democrático en nuestro país.

El 14 de Diciembre se afirmaba la perspectiva de hacer realidad el término del odio y de la violencia institucionalizada, de vergonzosas y oscuras privatizaciones que trasladaron enormes caudales públicos a manos de codiciosos incondicionales del régimen, era la hora del fin de abusos y prácticas deleznables; se abría una nueva etapa en la historia de Chile.

El pueblo fue capaz de reconquistar la democracia y la libertad que le fueron arrebatadas el 11 de septiembre de 1973. Nadie le regaló nada. Su voluntad y su cultura cultivadas en décadas de convivencia democrática; la tenacidad de sus fuerzas políticas ilegalizadas, pero activas y perseverantes; el aporte moral de las Iglesias, en especial, del cardenal Raúl Silva Henríquez como símbolo de la Iglesia Católica; el movimiento social expresado en las protestas populares lideradas por el Comando Nacional de Trabajadores, y otras acciones de rebeldía desde la Asamblea de la Civilidad por parte de los profesionales y la clase media; todo ello sin desechar nada que se inspiró en el afán libertario de la nación chilena, se hizo presente a la postre el día que Patricio Aylwin alcanzo la presidencia del país.

Ese fue un cambio de época, profundamente refundacional que se inició con el Plebiscito del 5 de octubre de 1988, para abrir el camino desde la dictadura a la democracia, del terrorismo de Estado al respeto institucional de los Derechos Humanos, de los abusos del poder a la paz social, de la persecución a los opositores al debate en el Parlamento, de la apología del mercado a la paulatina recuperación del rol del Estado para asegurar el bien común del país.

Con Patricio Aylwin se formó la Comisión Rettig y se reivindicó, desde la verdad histórica, la memoria de las víctimas, de los detenidos-desaparecidos, de los ejecutados y torturados, de las personas violadas y víctimas de otras formas de violencia sexual. Asimismo, las leyes Cumplido se aprobaron para resolver la libertad de los presos políticos que habían luchado contra la dictadura.

Ahora, veinticinco años después, hay quienes señalan que no se hicieron todas las reformas o transformaciones que debieron hacerse para terminar con la herencia tan brutal y amarga de la dictadura. Es posible, sobretodo en el ámbito de restablecer la primacía de lo público ante lo privado. Es claro que no fue una tarea perfecta; por lo demás no hay obra humana que podría serlo. 

La historia será un juez severo que mostrará debilidades e imperfecciones. Por ello, los criterios para el balance evolucionan de una generación a otra. Pero, tengo la convicción que no hay argumentos sólidos y coherentes para poner en duda lo fundamental.

En la Concertación hubo acuerdo en lo esencial, reinstalar en el país  un régimen democrático; esta voluntad le posibilitó constituirse en una sólida mayoría, que asumió con unidad y responsabilidad la misión de gobernar el país. Pero, era imposible que pudiera hacerse cargo simultáneamente del conjunto de los desafíos generados en el proceso de reimplantación del Estado de Derecho democrático.

Además, los enclaves autoritarios fueron hasta las reformas constitucionales del año 2005, un obstáculo infranqueable en el propósito de lograr que fueran primordiales los intereses mayoritarios de la nación, por sobre la tozuda resistencia de la minoría pinochetista dedicada a asegurar sus convicciones, propósitos y afanes autoritarios.

Sin embargo, seamos claros, aquella confluencia histórica de fuerzas, desde el centro hasta la izquierda, expresada en aquel periodo histórico en la Concertación, logró avanzar en una tarea que muchos veían como imposible; lo que se hizo permitió que en Chile haya democracia. Ni más ni menos.

Ahora para ensanchar y llevar a una nueva etapa este legado el bloque de gobierno, la Nueva Mayoría, tiene la palabra. Ese es el desafío.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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