Las apariencias no gobiernan. Se puede ganar una elección con un candidato presidencial disciplinado, pero sin ideas propias, pero no se puede gobernar con una apariencia de conducción.
Una democracia como la chilena está pensada para que se ejerza un mando efectivo desde su cúspide por un Presidente, y en eso no hay reemplazo. Los que promovieron a Kast son técnicos de la conquista del poder, pero no pueden ejercer el mando desde las sombras y sin la capacidad de inspirar a otros.
La ausencia de un liderazgo resolutivo es hoy día una convicción arraigada en muchos. Lo que tenemos es un vacío que se está ensanchando a medida que se hace evidente que no nos dirigimos hacia ninguna parte. Medidas importantes como la reforma constitucional en seguridad no tienen padres reconocidos y nadie parece reclamarla para sí; sin embargo, no pudo surgir sin un apoyo decisivo desde el entorno presidencial.
La falta de liderazgo es también falta de transparencia. Esta fue una muestra de una mentalidad autoritaria tan extrema que hubo que dar marcha atrás. Kast pareció en este proceso más como un espectador que como un director de orquesta.
La responsabilidad por este atentado contra una de las bases de la democracia liberal, el equilibrio de poderes, no fue asumida por nadie, y eso es peor que haberlo intentado. Se votó por un candidato al mando de la nación, pero el poder en parte está en manos de personajes oscuros cómodamente instalados en las sombras. Sabemos que han sido derrotados y también que no están escarmentados.
El problema que hemos tenido en los primeros meses de gobierno ha sido el de la inflexibilidad. Convencidos de que el triunfo presidencial y parlamentario los habilitaba para ejercer el mando en soledad, faltando solo conseguir los pocos votos que faltaban en el Parlamento. Este esquema se agotó junto con la aprobación de la megarreforma, tras lo cual todo se ha vuelto cuesta arriba.
Lo que ha fallado es la gestión. Las prioridades declaradas de gobierno no se han traducido en éxitos resonantes. En seguridad pública, los logros que se exhiben son de continuidad y no son extraordinarios. El empleo ha retrocedido y el crecimiento casi nulo ha ido contracorriente de las expectativas iniciales.
En pocos meses se perdió la mayoría ciudadana y el futuro se ve en marcados tonos grises en todas las encuestas.
Lo que ha fracasado no es solo el medio centenar de autoridades (de ministros a seremis) que han tenido que abandonar su puesto por la incapacidad de ejercer el cargo. Se ha hundido una apuesta por ejercer el mando, sin coalición, con mínima presencia de los partidos en el gobierno y con nombramientos que se justificaban por el solo respaldo presidencial.
Un submarino con ventanas abiertas
Los nominados no tenían experiencia en la administración del Estado, les molesta la política y quisieran dejar de ir al Congreso. Eso les pasa la cuenta, primero a ellos y ahora a quien los nominó, con una notable ineptitud para escoger colaboradores.
Los dogmáticos aplican recetas de las cuales nunca dudan, pero si la realidad no les da la razón, ni siquiera se inmutan. Volver a intentarlo les sale gratis. Esto resulta desolador para todos a quienes les importa nuestra democracia. Los únicos que parecen inmunes a la depresión son los que se guían básicamente por sus ambiciones personales. Pero este tipo de apuestas individuales, sin subordinación a pautas comunes, no solucionan las carencias políticas del sistema.
Los duros no ofrecen soluciones, ni tampoco piden la ayuda de quienes en la misma derecha tienen más experiencia. Si la situación se ventila en público se dan por ofendidos. Les parece preferible guardar y pedir silencio.
Se intenta conservar un secreto que, en realidad, todos conocen. Es como si pensaran que, si no se habla de ello en público, se pudieran impedir los efectos nocivos. Es un tipo de pensamiento mágico que no tiene nada de racional.
En la derecha a todos les molestan los efectos de la falta de resoluciones oportunas, pero actúan tal como si nada se pudiera hacer con la fuente de indecisión, que no es otra que la presidencia y el Presidente. En eso puede que tengan razón. Son los que más saben con quienes tienen que vérselas y nadie está obligado a lo imposible.
El vacío presidencial se llena con experiencia
Los republicanos suelen reconocer que hay falta de coordinación, pero afirman que para enfrentar el problema basta con encontrar una buena relación entre las bancadas oficialistas y, a lo más, quedar contenida al interior del comité político.
En el fondo, se comportan como si lo más importante fuera impedir que el conflicto llegue hasta la oficina presidencial.
El modo cómo proceden deja en claro que están tan conscientes como el resto de que nada se gana con recurrir a Kast porque tampoco él va a resolver ningún asunto a satisfacción de los conflictuados. Es solo que, sin mantener siquiera esta ilusión, es difícil sostener la estantería en pie.
Esta situación es la peor que nos ha tocado vivir, porque no estamos preparados para la inexperiencia de quienes han dedicado muchos años a la actividad política, pero ninguno a la gestión pública. El número de autoridades nombradas que han tenido que abandonar sus puestos por mostrar un comportamiento improcedente es prueba suficiente de ello.
Se puede pensar que esto no es una situación nueva porque algo similar ocurrió con Boric, quien encabezó un gobierno al que habían llegado personas que, en su mayoría, aún no habían completado su formación política. No es así.
La llegada anticipada al poder por parte de una nueva generación hizo que el proceso transcurriera con plena conciencia de todos de lo que estaba pasando. Se partía de la base de que así tenía que ser. Hasta la arrogancia del principiante se absorbía con estoicismo. Pero lo que estamos viviendo no se lo esperaba nadie.
Transcurridos seis meses y medio al mando del país, el gobierno de Kast ha llegado a un punto de inflexión. Su liderazgo principal, el programa, la estrategia asumida, los logros que se esperaban alcanzar, todo en conjunto muestra síntomas de deterioro. El diagnóstico inicial no aplica, la gestión no se muestra capaz de producir un reimpulso y las discrepancias públicas del oficialismo son pan de cada día.
En estas circunstancias lo que viene es un cambio de elenco que reemplace la inexperiencia reprobada por la conducción de los consagrados. Se necesita timón firme y no expertos comunicacionales con mención en teoría de la navegación. Antes de gobernar Chile, la derecha ha de ser capaz de gobernarse ella misma y convocar a acuerdos nacionales. Veamos si encuentra el personal adecuado.