Para mi primer año de universidad, cursando Pedagogía en Historia en la Universidad de Santiago en un ahora "lejano" 2014, por motivos económicos no pude contar con un computador portátil. No alcancé a ser beneficiario del programa "Yo elijo mi PC". Rendí mi primer año acompañado de una tablet -muy económica- que fungía de lector de PDF, libreta de notas y que me mantenía conectado con mis compañeros. Pasaba largas horas en la biblioteca de mi universidad en los meses que la plata no alcanzaba para pagar el servicio de internet. Recuerdo con orgullo que, en un sacrificio enorme, mis padres pagaron un plan de datos de internet para mi teléfono para poder conectarme desde mi casa.
Ahí entendí que, si bien antes se empleaban fotocopias, cuadernos y la biblioteca para estudiar, el acompañamiento de la tecnología en los procesos de aprendizaje permitía acelerar, corregir y robustecer aquello que se buscaba aprender. Corría con desventaja ante aquellos compañeros que podían realizar estas actividades desde sus casas con todas las comodidades que eso puede traer aparejado. No es necesario contar con un computador, pero abre una brecha extremadamente grande entre quienes lo tienen y los que no. Y ahí es donde radica el problema.
Ciertamente el anuncio del término del programa "Yo elijo mi PC" del presupuesto de la cartera de Educación ha suscitado una crítica transversal. Desde personeros de oposición a oficialistas, pasando incluso por una arqueología tuitera reflotando publicaciones de febrero de 2021, cuando el entonces "ciudadano Kast" argüía sobre el valor e importancia de la entrega de computadores con acceso a internet a "cada niño que estudia en la educación pública en Chile", pues "invertir en conexión y tecnología para educar y formar es fundamental. Nos permitirá reducir las brechas y avanzar aceleradamente en el aprendizaje y capacidades del Siglo XXI", argumentaba en el post.
El contexto social sin dudas ha cambiado: entre 2020-2022 entendíamos las enormes brechas en conectividad digital debido a los primeros momentos de la pandemia de Covid-19. Los estudiantes de zonas rurales, alejadas y zonas vulnerables fueron afectados directamente por la falta de maquinarias, conexión, antenas y alfabetización digital. Algo que desde el centro de las urbes se daba por sentado -en mi hogar hay computador, internet y un espacio donde puedo tomar mis clases-. No era una realidad compartida.
Con los saltos tecnológicos, los dispositivos electrónicos como tablets o teléfonos celulares con conexión a internet se han masificado, la enfermedad de Covid-19 aceleró sin duda esa necesidad, y aquí la conversación se vuelve brumosa. Al mismo tiempo que la ministra de Ciencia y Tecnología nos habla de startups e inteligencia artificial, desde Educación se recorta la herramienta. Esto es inentendible.
La igualdad de oportunidades requiere de subsidiariedad, y este programa representa ese espíritu cabalmente. Un apoyo a través de una herramienta que permite un acercamiento -muchas veces el primero- al mundo digital donde los desafíos de hoy y mañana se están gestando y resolviendo. Dicho de otro modo, los recortes que deben hacerse no pueden seguir en dirección de eliminar aquellas políticas públicas que emparejan la cancha, por mucho que las mediciones no puedan reflejar el impacto real que estas tienen.