En "Caluga o menta", Gonzalo Justiniano retrató un país en que, para demasiados jóvenes, las alternativas parecían estrechas, casi una elección sin futuro. No se trata de equiparar la Región de Valparaíso de hoy con la periferia santiaguina que la película mostró al inicio de la transición democrática. Sería una comparación fácil e injusta. Pero la obra conserva una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando una economía genera actividad y riqueza, pero no logra ampliar de manera suficiente las opciones reales de quienes viven en sus territorios?
Valparaíso enfrenta hoy esa paradoja. La región creció 2,98% en 2025, por sobre el 2,41% nacional. Las exportaciones regionales aumentaron 9% entre enero y mayo de 2026. San Antonio superó los 2 millones de TEU movilizados en 2025 y el puerto de Valparaíso elevó en 21,3% la transferencia de contenedores. Son cifras que describen una región activa, conectada al comercio exterior y con activos estratégicos indiscutibles.
Pero el contrapunto es difícil de ignorar. La desocupación regional llegó a 10,4%, por encima del 9,4% nacional. La fuerza de trabajo aumentó 3,6% en 12 meses, mientras el empleo creció solo 1,4%. Es decir, más personas salen a buscar oportunidades de las que la economía regional es capaz de incorporar. En la provincia de Marga Marga, la desocupación alcanza 12%; entre las mujeres llega a 11,4%, y persiste una brecha de participación laboral de 17,2 puntos porcentuales respecto de los hombres.
La frase de "Caluga o menta" adquiere entonces una dimensión económica incómoda: "Ahora se acuerdan de los locos, ahora que nos volvimos locos". La política económica suele llegar tarde. Celebra las exportaciones cuando la riqueza ya se concentró; anuncia reactivación cuando los hogares ya acumularon deudas; y se preocupa por el empleo cuando demasiadas personas han comenzado a perder la expectativa de encontrar una oportunidad. El problema no es solo cuánto crece una región, sino quién participa de ese crecimiento, en qué territorios se distribuye y qué horizontes de vida es capaz de abrir.
En Valparaíso, la contradicción está a la vista. Cobre y hierro representaron 72,9% de las exportaciones regionales en mayo de 2026. Sin embargo, la minería representa apenas 0,34% de las empresas y 0,64% del empleo formal regional. La región puede mejorar sus cifras externas sin que aquello modifique sustantivamente el mercado laboral. Algo parecido ocurre con los puertos, San Antonio y Valparaíso movilizaron en conjunto cerca de 3 millones de TEU durante 2025, pero una mayor transferencia de carga no se convierte automáticamente en más empleo local, proveedores regionales, movilidad urbana ni recursos para las ciudades que absorben sus impactos.
Esa es la diferencia entre movimiento y desarrollo. Las mercancías pueden circular a gran velocidad, los contenedores pueden llenar los terminales; las cifras de exportación pueden crecer. Pero si la riqueza no se transforma en empleo formal, formación, infraestructura, innovación y oportunidades para los hogares, la región sigue funcionando como plataforma de tránsito más que como espacio de desarrollo.
El problema viene de antes. Entre 2014 y 2025, Valparaíso creció en promedio 1,33% anual, por debajo del 2,02% nacional. Su participación en el PIB regionalizado descendió de 8,95% en 2013 a 8,08% en 2025. Aunque el resultado de 2025 fue mejor que el del país, no alcanza para revertir una década de rezago relativo.
No es razonable esperar que este problema se resuelva solo. La inversión privada responde a expectativas de venta, rentabilidad y condiciones de financiamiento, no tiene por qué dirigirse espontáneamente a los territorios con mayor desempleo o menor conectividad. Cuando la demanda es débil, la incertidumbre alta y el tejido productivo está compuesto mayoritariamente por micro y pequeñas empresas que representan el 74,1% de las unidades regionales, esperar un "derrame" automático equivale a aceptar que la postergación continúe.
La inversión pública cumple, entonces, un rol que no es subsidiario. Puede activar empleo e ingresos en el presente, pero también reducir costos, acortar distancias y crear capacidades para que la inversión privada posterior tenga mejores condiciones. No se trata de elegir entre Estado o mercado. Se trata de entender que una economía regional requiere coordinación, horizonte y una apuesta explícita por sus capacidades.
El plan de inversiones propuesto para Valparaíso incluye recuperación de inversión en salud, educación y gobierno regional; el tren Santiago-Valparaíso; el teleférico entre Placilla y Valparaíso; un electroterminal en San Antonio; y un royalty portuario. En conjunto, se estima una movilización cercana a $220 mil millones anuales y 7.532 empleos directos e indirectos anuales durante las fases de ejecución. Es importante no exagerar, no son necesariamente empleos permanentes ni equivalen automáticamente a igual número de personas saliendo del desempleo. Pero revelan la escala que puede tener una política de inversión orientada simultáneamente a demanda, conectividad y desarrollo territorial.
El royalty portuario merece una discusión especial. No se trata de castigar una actividad estratégica para Chile ni de encarecer sin razón la logística nacional. Se trata de reconocer que las ciudades portuarias sostienen costos específicos: congestión, presión sobre infraestructura, impactos ambientales, uso intensivo del borde costero y tensiones urbanas. Una tasa de US$1 por tonelada transferida podría generar cerca de $32.572 millones anuales en la Región de Valparaíso. El desafío es que esos recursos no se diluyan, sino que financien conectividad, recuperación urbana, capacitación, electromovilidad, infraestructura productiva y proveedores locales.
Valparaíso no necesita elegir entre caluga o menta, entre mirar pasar la riqueza o resignarse a la precariedad. Necesita ampliar las opciones reales de sus habitantes, empleo formal, movilidad, formación, acceso a servicios, pymes con mayor escala y ciudades portuarias que participen de los beneficios de la actividad que hacen posible.
El desarrollo no se mide solo por las toneladas embarcadas, los contenedores transferidos o el crecimiento de un año. Se mide, sobre todo, por las oportunidades que quedan en el territorio.