A las cinco de la tarde lo vimos pasar por el boulevard Saint-Michel. El barrio había dejado de ser el de cualquier viernes parisino. Una multitud contenida ocupaba las veredas y se asomaba hacia la calle: católicos entusiastas, familias, jóvenes, religiosos, turistas y un número difícil de calcular de simples curiosos. Había sacerdotes llegados de distintos lugares, se escuchaba mucho español y era particularmente visible la presencia de latinoamericanos. Fieles y curiosos se alineaban en dos o tres filas tras las vallas de contención; más atrás, dispersos, otros esperaban el paso de la comitiva papal. Mucha gente para alterar la rutina de París, aunque quizá no una multitud extraordinaria para una visita de esta naturaleza en países de mayor fervor católico. Por algunas horas, aquel tramo del Barrio Latino parecía una pequeña representación del catolicismo universal.
La Policía Nacional había copado el distrito. Había cerrado calles, instalado barreras, controles y había agentes por todas partes. El tránsito estaba alterado y desplazarse a pie se había vuelto difícil. La visita de León XIV había colapsado uno de los barrios más transitados de una ciudad acostumbrada a multitudes, manifestaciones, jefes de Estado y grandes acontecimientos.
Después llegó el papa. El paso fue breve, como suelen ser estos momentos. Los teléfonos se levantaron simultáneamente, algunos gritaron, otros aplaudieron, hubo quienes hicieron la señal de la cruz y muchos simplemente intentaron conseguir una fotografía. En unos segundos había pasado.
Una estudiante con la que conversamos mientras esperábamos resumió la escena con una observación bastante más interesante que cualquier estadística: "Muchos están aquí por curiosidad, no necesariamente por fe". Probablemente tenía razón.
Y acaso esa frase explique mejor que muchas encuestas la relación de la Francia contemporánea con el catolicismo. Porque la visita de León XIV a París esta semana tiene algo de paradoja francesa. El jefe de la Iglesia Católica recorre las calles de uno de los países europeos donde la secularización ha avanzado más profundamente, en el corazón de una República que ha convertido la laicidad en uno de los principios más celosamente defendidos de su identidad política. Y, sin embargo, es capaz de paralizar un barrio entero.
Francia ya no cree como antes. Pero sigue sintiendo curiosidad por aquello en lo que ha dejado de creer. Y, sobre todo, no ha dejado de estar moldeada por ello.
Basta entrar en Notre-Dame, contemplar Chartres elevándose sobre la llanura de Beauce o ver aparecer el Mont-Saint-Michel desde su bahía para comprender esa ambigüedad. Esos lugares han pertenecido siempre al cristianismo, pero hace tiempo que lo trascienden. Un ateo puede sentirse conmovido ante Notre-Dame sin experimentar la menor necesidad de Dios. El patrimonio religioso ha sobrevivido, de algún modo, a la religión que lo produjo.
Las cifras confirman esa transformación. Según el INSEE y el INED, el 51% de los franceses metropolitanos de entre 18 y 59 años declara no profesar ninguna religión, mientras sólo 29% se identifica como católico. Y entre estos últimos, apenas 8% frecuenta regularmente un lugar de culto. El catolicismo, durante siglos casi consustancial a la identidad nacional, sigue siendo la primera religión del país, pero es hoy claramente minoritario y, sobre todo, mucho menos practicado.
Las iglesias permanecen; los fieles, muchos menos. Eso no significa que el catolicismo haya desaparecido. En absoluto. En los últimos años, incluso, los bautismos de adultos han experimentado un crecimiento llamativo, particularmente entre los jóvenes. Pero ya no estamos ante la Iglesia dominante de otros tiempos. Es una voz entre muchas dentro de una sociedad pluralista.
Quizá sea esa, precisamente, una de las mayores conquistas de la laicidad francesa. La ley de 1905 no estableció el ateísmo de Estado. Hizo algo bastante más sofisticado: separó las iglesias del Estado y convirtió la libertad de conciencia en el principio central. La libertad de creer implica necesariamente la libertad de no creer. El Estado no combate a Dios. Simplemente ha dejado de hablar en su nombre.
Por eso tampoco existe una contradicción esencial en que el presidente de la República reciba al papa. León XIV es, además, jefe de Estado. Francia puede recibirlo, escucharlo y dialogar con él precisamente porque la República no tiene que inclinarse ante él. Eso no impide que parte de la prensa más crítica haya planteado reparos atendibles sobre los límites de esa relación y el riesgo de que el protocolo, la solemnidad o el trato institucional terminen desdibujando, aunque sea simbólicamente, la estricta separación entre el Estado y las confesiones religiosas.
Esa pareciera ser la frontera en donde recibir no signifique someterse; escuchar no suponga obedecer y respetar una tradición no obligue a devolverle el poder que alguna vez ejerció sobre las conciencias.
Y ese último punto resulta especialmente relevante para una Iglesia francesa cuya crisis no se explica únicamente por el descenso de los creyentes. Las revelaciones sobre los abusos sexuales cometidos durante décadas por miembros del clero y sobre los mecanismos institucionales que permitieron ocultarlos dañaron gravemente su autoridad moral. La Comisión Independiente sobre los Abusos Sexuales en esta iglesia estimó en unos 216.000 los menores que fueron víctimas de sacerdotes o religiosos en Francia entre 1950 y 2020.
Es difícil hablar de conciencia, dignidad o protección de los más vulnerables sin que esa historia reaparezca como una sombra. Y es en este contexto donde uno de los asuntos que León XIV ha colocado en el centro de su pontificado adquiere especial interés: la inteligencia artificial.
Hay algo valioso en su aproximación. En lugar de insistir únicamente en la imagen algo cinematográfica de máquinas que terminan rebelándose contra sus creadores, el papa sitúa el problema donde probablemente corresponde.
El peligro fundamental no está necesariamente en la máquina. Está en quien la controla. La pregunta relevante no es sólo hasta dónde llegará la inteligencia artificial, sino quién decidirá hacia dónde debe ir.
¿Quién posee los datos? ¿Quién diseña los algoritmos? ¿Quién establece los criterios mediante los cuales una persona puede ser contratada, vigilada, evaluada, seleccionada, excluida o considerada merecedora de un crédito? ¿Qué intereses existen detrás de la supuesta neutralidad de una decisión automatizada?
En eso la reflexión papal acierta aunque no sea del todo novedosa. Nos hemos acostumbrado a hablar de la tecnología como si fuese una fuerza independiente de quienes la crean. Pero un algoritmo no tiene ambición política ni cuenta bancaria. No posee acciones, no dirige empresas ni pretende conquistar mercados.
Quienes lo construyen, financian y utilizan, sí. El peligro quizá no sea que las máquinas terminen convirtiéndose en seres humanos. Es que algunos seres humanos lleguen a ser inmensamente más poderosos gracias a ellas.
Cuando León XIV pide que la inteligencia artificial permanezca al servicio de la persona y advierte sobre el riesgo de que sea utilizada para imponer silenciosamente los intereses o valores de quienes la controlan, su argumento trasciende ampliamente el catolicismo.
Pero aparece entonces una ironía histórica imposible de soslayar. Porque pocas instituciones occidentales conocen tan bien como la Iglesia Católica el poder que significa controlar las conciencias. Durante siglos ésta determinó buena parte de aquello que podía enseñarse, leerse, pensarse o condenarse. Estableció fronteras entre la ortodoxia y el error, reguló la sexualidad, definió el pecado, controló instituciones educativas, prohibió libros y reivindicó una autoridad particular para determinar qué comportamientos eran moralmente aceptables.
Sería simplista, por supuesto, identificar aquella Iglesia con la actual. El catolicismo contemporáneo no es la Inquisición ni el Index librorum prohibitorum. Las instituciones cambian y las sociedades también. Pero justamente porque cambian deberían ser capaces de mirar su pasado sin demasiada indulgencia.
Por eso la advertencia de León XIV sobre la inteligencia artificial merece ser llevada un poco más lejos. Es perfectamente razonable preguntarse qué intereses económicos o ideológicos pueden esconderse detrás de un algoritmo presentado como neutral. Pero sería igualmente razonable recordar que la voluntad de orientar las conciencias no nació en Silicon Valley.
Cuando el papa advierte sobre la posibilidad de que unos pocos actores tecnológicos lleguen a determinar qué consideramos verdadero, aceptable o moral, está describiendo un peligro real. Pero describe también, probablemente sin proponérselo, una forma de poder que su propia institución ejerció durante siglos.
La contradicción no invalida su argumento. Puede, incluso, darle mayor profundidad: una iglesia capaz de mirar críticamente su propia historia estaría particularmente bien situada para advertir que ningún poder -económico, político, religioso o tecnológico- debería disponer sin contrapesos de la capacidad de modelar las conciencias.
Quizá por eso París sea un escenario tan apropiado. Esta tarde, en el boulevard Saint-Michel, algunos rezaban, otros aplaudían y muchos sólo levantaban sus teléfonos para inmortalizar el paso del papa casi como si fuera el de una estrella del rock. Había creyentes fervorosos y curiosos como aquella estudiante nos había advertido. El Papa atravesaba el corazón de una República laica que no necesita negar su herencia católica para afirmar su independencia frente a ella.
Esa vieja lección francesa adquiere una inesperada actualidad ante la inteligencia artificial. Si el problema, como advierte León XIV, no es sólo la tecnología sino el propósito y el poder de quienes la controlan, la pregunta no es nueva. Francia lleva más de un siglo ensayando una respuesta: se puede escuchar una voz sin entregarle la conciencia.
A las cinco de la tarde, mientras el papa pasaba entre la multitud del boulevard Saint-Michel, esa idea parecía resumir mejor que ninguna otra la paradoja de su visita.