La inteligencia artificial forma parte, desde hace ya buen tiempo, del ámbito de la medicina. El uso de sistemas conversacionales crece aceleradamente y comienza a influir, cada vez con mayor fuerza, tanto en las decisiones y comportamiento de las personas como en el ejercicio médico. El estudio World Internet Project Chile de la UC, publicado en junio, señala que cerca de un tercio de la población usa IA para temas de salud y bienestar, y ocho de cada 10 personas recurren a buscadores para resolver dudas sobre enfermedades, tratamientos y prevención. Así, la incorporación de la IA avanza más rápido que nuestra capacidad para evaluarla, regularla e integrarla de manera segura al ejercicio profesional y a la experiencia de los pacientes.
Al mismo tiempo, su aplicación abre posibilidades importantes y obliga a revisar aspectos centrales de la práctica médica, como definir qué tareas pueden apoyarse en tecnología y cuáles requieren necesariamente del juicio profesional, qué evidencia respalda su uso y quién responde cuando interviene en una decisión clínica.
El envejecimiento de la población, la creciente carga de enfermedades crónicas, las listas de espera y la presión asistencial conviven con recursos humanos y financieros limitados. Necesitamos aumentar la capacidad de respuesta del sistema y la inteligencia artificial puede ayudarnos en eso: ordenar información, facilitar el acceso al conocimiento y reducir tareas repetitivas o administrativas, lo que nos permitiría recuperar tiempo clínico para examinar, conversar, explicar y tomar decisiones junto a los pacientes.
Pero estas oportunidades conviven con riesgos que deben abordarse con seriedad. Trabajamos con información sensible y con herramientas que pueden equivocarse, reproducir sesgos o generar resultados cuyo proceso no siempre comprendemos. Un tercio de los pacientes ya llega a la consulta con información -y a veces con decisiones- tomadas de un sistema sin juicio clínico y que, se ha visto, comete errores. Persisten preguntas sobre privacidad, validación clínica, seguridad y responsabilidad médico-legal, que requieren respuestas desde la regulación y estándares claros sobre las condiciones de uso. El desarrollo tecnológico seguirá avanzando y la comunidad médica debe participar en su orientación, procurando que responda a necesidades sanitarias reales y no solo a las posibilidades que ofrece la tecnología.
Debemos asegurar también condiciones básicas para el funcionamiento de nuestro sistema de salud. Se requieren datos confiables y sistemas capaces de compartirlos, pero seguimos conviviendo con brechas digitales, procesos en papel, registros duplicados y plataformas que no se comunican entre sí. La conectividad, la digitalización efectiva, la interoperabilidad y una adecuada gobernanza de los datos inciden directamente en la continuidad, oportunidad y seguridad de la atención.
Estas preocupaciones estuvieron en el origen del Congreso Medicina del Futuro-Presente, que organizamos este año desde el Colegio Médico de Santiago para discutir cómo estas herramientas pueden contribuir a resolver problemas de nuestro sistema sanitario. De ese trabajo surgió la Declaración de SantIAgo 2026, que establece como principio central que la inteligencia artificial debe fortalecer, nunca reemplazar, el juicio clínico.
La medicina, como probablemente todos los ámbitos de nuestra vida, está cambiando con la inteligencia artificial. Algunas tareas dejarán de realizarse como las hacemos hoy y otras podrán resolverse de manera más eficiente. Bien utilizada, puede ayudarnos a procesar información, reducir burocracia y apoyar decisiones clínicas; mientras aseguramos que la responsabilidad de interpretar esa información a la luz de la historia concreta de una persona, ponderar sus circunstancias y hacerse cargo de la decisión siga estando en manos de los profesionales de la salud.
En un entorno cada vez más tecnificado, el juicio clínico, la responsabilidad profesional y la relación con los pacientes adquieren todavía mayor relevancia. Sobre esa base debemos avanzar, aprovechando las capacidades de la inteligencia artificial sin renunciar a aquello que constituye el fundamento del ejercicio médico.