El presupuesto que necesita la educación

Cada año, cuando se presenta el presupuesto de educación, volvemos a la misma pregunta: ¿Cuánto aumentó? Es comprensible. Los recursos importan. Sin financiamiento las escuelas tienen dificultades para funcionar, pueden hacer falta docentes para enseñar y es desafiante implementar las políticas públicas. Pero esa pregunta, por sí sola, dice bastante poco sobre la capacidad que tendrá nuestro sistema educativo para enfrentar sus tensiones estructurales.

La pregunta que debiéramos hacernos este año es otra: ¿En qué estamos invirtiendo para que la educación pueda mejorar?

La propuesta de Presupuesto 2027 contempla un crecimiento nominal de 4% para educación, equivalente a 1% real. Por eso, no parece correcto reducir la discusión a la idea de un "recorte". Hay aumentos importantes: las subvenciones crecen 6,3%, los recursos asociados al traspaso a los Servicios Locales de Educación Pública aumentan 29,6% y el gasto real en educación parvularia crece 4,1%.

Son decisiones relevantes y, en varios casos, necesarias. Pero un presupuesto no se evalúa solamente por cuánto aumenta. También importa qué capacidades fortalece y cuáles deja más débiles.

Y aquí aparece una señal que debiéramos discutir con mayor atención. Mientras aumentan recursos en algunas áreas, disminuyen aquellos destinados al apoyo técnico-pedagógico, la evaluación, la infraestructura en educación parvularia y los aportes a universidades estatales.

Puede parecer una discusión técnica. No lo es. Cuando una escuela enfrenta problemas de aprendizaje, asistencia o convivencia, no basta con decirle que debe mejorar. Necesita saber dónde están sus dificultades, contar con evidencia, recibir acompañamiento y tener equipos capaces de tomar decisiones y sostenerlas en el tiempo.

En otras palabras, necesita capacidades para mejorar. Y esas capacidades no aparecen espontáneamente. Aquí el liderazgo educativo adquiere una importancia que muchas veces queda fuera de la discusión presupuestaria. Un director no mejora una escuela solo porque tenga más recursos. Un sostenedor no transforma un territorio simplemente porque tenga una nueva estructura administrativa. Un docente tampoco puede resolver por sí solo problemas que requieren coordinación de toda una comunidad.

La mejora educativa ocurre cuando existen personas y equipos capaces de construir un propósito común, movilizar a otros, leer evidencia, coordinar esfuerzos y sostener cambios.

Por eso, invertir en liderazgo educativo no es financiar algo accesorio al sistema. Es fortalecer una de las condiciones que permiten que los recursos se conviertan en mejores prácticas y mejores oportunidades para los estudiantes.

Esto es especialmente importante en el proceso de implementación de los Servicios Locales de Educación Pública. El aumento presupuestario asociado a ellos es significativo, pero una nueva estructura institucional no garantiza por sí misma mejores resultados.

El desafío es mayor porque los problemas que enfrenta hoy la educación chilena tampoco son simples. Tenemos dificultades de aprendizaje, inasistencia, problemas de convivencia y profundas desigualdades entre estudiantes y establecimientos.

Ninguno de estos problemas se resuelve con una sola política ni con una sola partida presupuestaria. Se requiere algo menos visible, pero fundamental: un sistema que sea capaz de aprender de lo que hace.

Por eso preocupa también la eliminación del programa "Yo Elijo mi PC". No porque todo programa deba mantenerse indefinidamente, sino porque su eliminación, sin un reemplazo explícito, deja abierta una pregunta legítima: ¿Cómo seguiremos enfrentando las brechas de acceso digital que todavía existen entre estudiantes de distintos niveles socioeconómicos?

Las políticas públicas deben poder cambiar. Pero para decidir qué funciona, qué debe modificarse y qué debe reemplazarse necesitamos evaluación, evidencia y capacidad institucional.

De lo contrario, podemos terminar haciendo algo paradójico: aumentar los recursos destinados a la educación sin aumentar en la misma proporción la capacidad del sistema para utilizarlos bien y mejorar.

Esta debería ser una preocupación central del debate presupuestario. Porque el presupuesto no es solamente una planilla de ingresos y gastos. También expresa una idea sobre cómo creemos que funciona la educación y qué condiciones consideramos necesarias para transformarla.

Chile necesita financiar sus escuelas, jardines infantiles, docentes y estudiantes. Pero también necesita invertir en quienes deben hacer posible la mejora: en liderazgo, acompañamiento, evaluación, colaboración y generación de capacidades.

La discusión, entonces, no debiera terminar cuando sepamos cuánto crece el presupuesto. Debería comenzar ahí. La pregunta de fondo es qué capacidades estamos construyendo hoy para que nuestras escuelas puedan ofrecer mejores oportunidades mañana.