Elecciones en EE.UU. y la política del poder: el retorno de la hegemonía

La segunda presidencia de Donald Trump no representa únicamente un cambio de orientación política en Estados Unidos. Expresa una transformación más profunda de su manera de ejercer el poder y relacionarse con el mundo: el desplazamiento de la cooperación multilateral hacia una política exterior crecientemente transaccional, nacionalista y basada en la presión económica, diplomática y militar.

El presidente Trump ha instalado una concepción de las relaciones internacionales en la que los intereses de Washington tienden a imponerse sobre los consensos, las instituciones y las reglas que históricamente contribuyeron a configurar el orden internacional de posguerra. La paradoja es evidente: Estados Unidos reclama liderazgo global, pero sus propias actuaciones tensionan los principios de soberanía, autodeterminación y respeto al derecho internacional.

En Medio Oriente, esta contradicción adquiere particular gravedad. Gaza continúa enfrentando un genocidio y una devastadora crisis humanitaria, mientras el plan impulsado por Trump no ha conseguido materializar una paz sostenible. La confrontación militar con Irán, por su parte, demuestra los riesgos de una política que combina coerción militar, amenazas estratégicas y negociaciones bajo presión. La estabilidad regional sigue subordinada a decisiones de enorme alcance, cuyos costos trascienden las fronteras de los países involucrados.

En América Latina, el retorno de una visión de la región como espacio de influencia privilegiada de Washington plantea interrogantes sobre la autonomía estratégica de sus Estados. Las presiones comerciales, las exigencias migratorias y la utilización de instrumentos económicos como herramientas de negociación reeditan una relación históricamente asimétrica. En un escenario de competencia con China y otras potencias, América Latina corre el riesgo de ser considerada nuevamente un territorio de disputa geopolítica antes que una comunidad de naciones soberanas.

Las elecciones legislativas estadounidenses de este 3 de noviembre de 2026 representan, en este contexto, una prueba institucional relevante. No se trata solamente de determinar quién controlará el Congreso, sino de examinar los límites democráticos del poder presidencial y la capacidad de las instituciones para ejercer contrapesos efectivos.

La cuestión de fondo es mucho más profunda: ¿Puede Estados Unidos seguir presentándose como garante del orden internacional mientras privilegia una concepción de su propia excepcionalidad frente a las reglas que exige respetar a los demás?

El mundo no necesita una hegemonía que confunda liderazgo con imposición, ni una política internacional en la que la fuerza sustituya al derecho Internacional. Necesita instituciones, cooperación y un multilateralismo efectivo, en el que la soberanía de los pueblos no dependa de su importancia estratégica o de su capacidad para resistir las presiones de las grandes potencias.