Los que se quedan

El pasado 19 de junio, Youhanna Al-Amin fue asesinado en Kauda, al sur de Sudán. Junto a él murieron otras dos personas. Según fuentes locales, el crimen habría sido una represalia: había denunciado el robo de los medicamentos que guardaba para atender a la población local.

Youhanna era sacerdote católico. Lo que define su historia es su decisión. Cuando la violencia entre grupos armados obligó a evacuar a parte del personal religioso y humanitario de la región, él se quedó. En la parroquia donde trabajó durante más de veinte años lo despidieron con una frase sencilla: fue amigo de los jóvenes y de los niños, y amó su trabajo hasta el final. Su muerte apenas tuvo eco fuera de Sudán. Y eso, por desgracia, no es la excepción, sino la regla.

Desde abril de 2023, ese país del noreste de África sufre una guerra civil entre el ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido, una milicia que antes fue su aliada. Si ya antes del conflicto era una de las naciones más pobres del mundo, hoy vive una de las peores crisis humanitarias del planeta, aunque cueste encontrarla en los titulares. Las cifras duelen: cerca de 19,5 millones de personas, dos de cada cinco sudaneses, enfrentan inseguridad alimentaria aguda. Unos nueve millones han tenido que abandonar sus casas sin salir del país, y más de cuatro millones han cruzado a países vecinos. Naciones Unidas estima que este año más de 825.000 niños menores de cinco años sufrirán desnutrición aguda severa, la forma más letal del hambre.

Este viernes 16 se celebra el Día Mundial de la Alimentación. La fecha nos invita a hablar del hambre, pero también a preguntarnos por quienes la padecen lejos de nuestra mirada. ¿Qué significa esa conmemoración para una madre en Darfur o Kordofán que no sabe si mañana podrá dar de comer a sus hijos?

El olvido tiene explicación. Sudán queda lejos, el conflicto es difícil de entender, no hay un relato sencillo ni imágenes que circulen por nuestras redes. La atención es un recurso escaso, y la repartimos según lo que nos resulta cercano o comprensible. Pero el hambre no espera a que la entendamos.

En Ayuda a la Iglesia que Sufre mantenemos comunicación con quienes siguen allí, aunque hacerlo a veces resulte muy difícil en medio de la violencia y la inseguridad. Ese contacto nos permite conocer de primera mano sus necesidades y buscar formas de acompañar a las comunidades que continúan viviendo en condiciones extremas.

Mientras el mundo deja de mirar, hay quienes permanecen. No pueden detener una guerra ni resolver una crisis de esta magnitud, pero pueden cambiar el destino de miles de personas.

Al otro lado de la frontera, en Malakal, Sudán del Sur, el obispo Stephen Nyodho recibió una llamada en 2023. Miles de personas que huían de Sudán estaban varadas en la orilla del Nilo Blanco, exhaustas y con las manos vacías. No lo pensó dos veces: mandó la embarcación más grande de su diócesis a buscarlas. Trajeron a más de diez mil. Muchas todavía reciben alimento allí.

Monseñor Nyodho conoce de cerca las consecuencias de la guerra: Sudán del Sur también ha vivido años de conflicto. Desde esa experiencia, sostiene que se pueden reconstruir edificios y caminos, pero que, si no se reconstruye la convivencia, la gente volverá a pelear y a destruirlo todo. Por eso, una de sus primeras iniciativas fue abrir una radio.

Médicos, voluntarios, religiosos, trabajadores humanitarios, vecinos que comparten lo poco que tienen: en cada crisis olvidada hay personas que sostienen lo que queda en pie. No pueden resolverlo todo, pero su presencia marca la diferencia entre el abandono y la esperanza.

No se trata de pedir que cada lector cargue con todas las tragedias del mundo. Se trata de algo más modesto y más exigente: no dejar que el silencio sea la única respuesta. Informarse, apoyar a las organizaciones que trabajan en terreno y exigir que la ayuda humanitaria llegue a quienes más la necesitan. Youhanna Al-Amin murió por defender unas cajas de medicamentos que eran para otros. Lo mínimo que podemos hacer es recordar su nombre.