Marca registrada

Hay frases que no se dicen de la boca para afuera, sino con el tonelaje de haber gobernado dos veces. Ese "yo creo que sí" con el que Michelle Bachelet movió el tablero tras su largo retiro fuera de la cancha de la política contingente no es un anuncio oficial ni una estrategia fríamente calculada en los laboratorios de las encuestas; es un pencazo en las estructuras de la política chilena. Un golpe seco que nos recuerda que, en este país de memoria corta y miedos largos, el pasado sigue siendo el único refugio donde la izquierda sabe atrincherarse cuando se le viene la noche.

Deja en evidencia una profunda orfandad ver la velocidad con la que el progresismo corrió a buscar calor a los pies de la exmandataria. Ver a Paulina Vodanovic y a la vieja guardia del Partido Socialista suspirar de alivio, celebrando la disposición de una mujer que ya lo dio todo, es la confesión más amarga de su propia impotencia. Es admitir que, tras años de discursos y banderas alzadas, los partidos miraron para el lado, revisaron sus filas y se encontraron de brazos cruzados, mirando para todas partes, como el meme de John Travolta, en un desierto absoluto.

El bacheletismo logra ordenar la fila por puro instinto de supervivencia ante un miedo físico a la administración de José Antonio Kast. Un espanto concreto que se alimenta del desmantelamiento de conquistas sociales históricas como el fin del programa escolar "Yo elijo mi PC", fundado por la misma Bachelet, el cuestionamiento de la agenda de género y un polémico alineamiento con Trump que, según acusan, pone en riesgo la soberanía nacional. Si la única propuesta para disputar el sentido común es congelar el reloj y recurrir a una figura de hace 10 años, se confirma entonces que se quedaron sin relato, tapando el vacío de ideas con una pura marca registrada.

Un mantra que ya se escucha en la derecha mientras sonríen, jiji, jaja, mirándonos a todos, pobres ingenuos, desde la atalaya de su soberbia. Sin embargo, seamos honestos. Lo de Bachelet no se lee como un gustito personal ni un capricho electoral. Es la respuesta lógica de una figura histórica que observa al país que bajo la conducción actual se encuentra al borde de un abismo institucional. Cuando ella manifiesta en sus entrevistas que le "da terror" el retroceso en los derechos ganados, especialmente los de las mujeres, le está hablando a una realidad latente que Kast intenta normalizar todos los días. Es la estrategia de la erosión por goteo: la que no necesita derogar leyes por la fuerza, sino desmantelar su efectividad mediante el ahogo presupuestario o el cuestionamiento de su legitimidad en el discurso público, instalando la idea de que hay derechos "excesivos" o "gastos" que el Estado ya no se puede permitir. Desde esta perspectiva, resulta brutal la falta de generosidad de un sector conservador que le bloqueó el piso internacional en la ONU por puro cálculo político chico al quitarle el patrocinio de Chile, y que hoy, instalado en La Moneda, se desespera ante su retorno.

Frente a un progresismo que anda a los tirones y una derecha conservadora que se siente dueña de la cancha, Bachelet asoma como una especie de dique de contención real. No es que ella ande buscando pegarse gustitos, es que en su sector sienten que el país la necesita sí o sí. Con ese par de palabras, Michelle Bachelet acaba de inaugurar la carrera presidencial y dejó a todo el mundo calculando de nuevo y claro, esto también tiene el aroma amargo de una pasada de cuenta tras el portazo diplomático que sufrió en Nueva York. La expresidenta vuelve a la cancha local a cobrar la revancha y a recordarles a todos quién manda en su sector.

El impacto en el tablero es inmediato. En Chile Vamos y en las huestes republicanas se encendieron las alarmas en el acto, porque la lectura fría de las encuestas dice que Evelyn Matthei ya no corre sola en la carrera hacia La Moneda. De ahí la reacción virulenta que vimos en el debate público; una reacción tan básica que da vergüenza explicarla. Así son estos muchachos. Cuando el exdiputado Johannes Kaiser pone en duda la idoneidad de la expresidenta argumentando que "está deteriorada", o el diputado Olivares la manda a "cocinar cazuela" a su casa, lo que presenciamos no es un debate político legítimo; es la degradación del lenguaje público y un machismo de matinal que esquiva el fondo de la discusión. Y suma y sigue. El biministro Claudio Alvarado se apura en bajarle el perfil desde el Palacio de Gobierno calificando los dichos como una simple "expresión de deseo", y los diputados de la UDI ya corren desesperados a presentar indicaciones para frenar el uso de sus asignaciones de expresidente. El nerviosismo se huele.

La derecha siempre se ha comportado como si Chile fuera de su exclusiva propiedad. La pregunta del millón es: ¿Le da realmente a la centroizquierda para sostener una campaña de largo aliento detrás de una figura que ya gobernó dos veces con un electorado distinto del de hace 10 años, que hoy está enojado, es pragmático y sumamente volátil? El escenario está abierto y las cartas quedaron sobre la mesa. Gobernar un país es, sobre todo, saber envejecer con él, dejar que las costuras cedan para que quepan los que vienen detrás. El dilema de fondo, el que debiera encogernos el corazón como ciudadanos, es descubrir que este país sigue siendo una casa vieja que, cuando tiembla, solo sabe sostenerse en los hombros cansados de la misma madre. Cuando las instituciones fallan y los partidos políticos renuncian a renovarse, la única salida que les queda es el refugio en el pasado. Y esa, convengamos, nunca ha sido una buena noticia para el futuro, que yo sepa.

Pero esto es Chile y Michelle Bachelet ya dijo "yo creo que sí". ¿Qué nos queda? A mí me queda escribir desde la alegría casi poética que me produce ver a sectores que se jactan de su superioridad y de tener el viento a su favor, temblando ante la sola idea de que una mujer de más de 70 años decida cruzar la calle e ingresar al ring. Y esa no es poca alegría.