Se calcula que hoy en Chile hay cerca de 25 millones de teléfonos celulares. Para una población cercana a los 20 millones de habitantes, descontando a quienes por edad u otros motivos no cuentan con uno, no nos equivocamos al afirmar que en nuestro país hay más celulares que chilenos.
Hace algún tiempo, los planes de telefonía móvil se diferenciaban principalmente por la cantidad de minutos que incluían. Hoy, en cambio, la tendencia parece estar marcada por la cantidad de GB (gigabytes) que ofrecen. Son esos gigas los que permiten interactuar con otros, especialmente a través de WhatsApp, Instagram, Facebook, X, TikTok y un sinnúmero de redes sociales y aplicaciones.
Por otro lado, durante este mes de octubre fue publicada la duodécima edición del Termómetro de la Salud Mental, realizada conjuntamente por la Asociación Chilena de Seguridad y la Universidad Católica. Quisiera detenerme en un dato que parece contradecir lo expuesto anteriormente.
El estudio revela, en una de sus líneas investigativas, que el 21,9% de los encuestados manifiesta altos niveles de soledad. De por sí, ya se trata de una cifra preocupante, considerando que la muestra incluyó a 2.722 personas adultas de zonas urbanas de Chile. Y, por curioso que parezca, son los menores de 40 años quienes se ven más afectados. Sin embargo, más preocupante aún resulta constatar que existe un aumento respecto de la versión del estudio realizada en 2025, cuando 19% de los participantes declaraba experimentar la misma sensación de soledad.
¿Qué sucede entonces? Hoy la tecnología, según muestran los datos, nos permite estar conectados con quien queramos, cuando lo deseemos, sin importar las distancias ni los horarios que nos separan de quienes interactúan con nosotros. Sin embargo, una de cada cinco personas se sigue sintiendo sola.
Al parecer, al ser humano no le basta con estar conectado. No es suficiente. Ese encuentro requiere ciertas condiciones y características que lo hacen único, significativo, vivificante y plenamente humano.
En su primera encíclica, "Magnifica humanitas", publicada en mayo de este año, el papa León XIV señala: "La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad. Invito a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres" (MH 239).
Si sabemos utilizar adecuadamente la tecnología, como, por ejemplo, el teléfono celular, y todas las alternativas que nos ofrece, sin duda contamos con un gran aliado y una herramienta poderosa. Sin embargo, la conexión que nos brinda por sí sola, no basta.
Sí a la conexión digital, pero nunca sin la conexión presencial. La inteligencia artificial nos ofrece cada vez más formas de conexión, optimización y eficiencia para relacionarnos con otros. Sin embargo, el corazón humano sigue clamando, anhelando y necesitando un simple "¿cómo estás?", "¿cómo estuvo tu día?", "¿cómo está tu salud?". Todas son preguntas que un algoritmo incluso podría formular mejor que una persona, pero cuando van acompañadas de un apretón de manos, de una visita o de una mano sobre el hombro, se percibe que la magnífica humanidad de la que formamos parte nunca podrá prescindir de la cercanía corporal ni de la calidez que solo un encuentro presencial es capaz de generar.
Ojalá Chile siga aumentando su conectividad digital, para que muchas personas, especialmente aquellas que viven en las zonas más lejanas y aisladas, puedan conectarse con otros. Pero ojalá también logremos disminuir esos índices de soledad, promoviendo más encuentros cara a cara, porque, al final, ninguna tecnología puede reemplazar por completo la experiencia profundamente humana de estar verdaderamente presentes unos para otros.