La edición 2026 de "Cartografía Social de Chile" propone una invitación desafiante: reconstruir el vínculo y la convivencia. En un país donde la desconfianza parece haberse instalado en tantos espacios de la vida cotidiana, esa tarea no solo interpela a la política o a las instituciones. También interpela a la escuela. Porque a convivir también se aprende.
Hay una profesora que cuenta que, apenas entra a la sala, les "saca una foto" a sus estudiantes. No con una cámara. Con la mirada. En segundos sabe quién llegó triste, quién viene enojado, quién está dispuesto a aprender y quién simplemente está intentando sobrevivir al día. Ese gesto dice mucho más sobre la educación que cientos de páginas de teoría.
En Chile solemos discutir la educación desde los resultados, los puntajes o la disciplina. Mucho menos desde los vínculos. Sin embargo, quienes trabajamos con jóvenes que alguna vez abandonaron la escuela aprendemos una lección distinta: antes de enseñar matemáticas, lenguaje o historia, hay que reconstruir la confianza.
Los adolescentes que llegan a una escuela de reingreso no cargan solamente un desfase académico. Muchos arrastran experiencias de fracaso, exclusión o indiferencia. Han aprendido, demasiadas veces, que la escuela no era un lugar para ellos. Por eso volver no depende únicamente de abrir una matrícula. Depende de encontrarse con un adulto capaz de escuchar sin juzgar, de poner límites sin humillar y de creer en ellos incluso cuando ellos mismos han dejado de hacerlo.
Lo más esperanzador de esta experiencia es que esa relación transforma a ambas partes. Los educadores aprenden que enseñar exige paciencia, empatía y la humildad de reconocer las propias emociones. Los estudiantes descubren que un profesor puede convertirse en una persona de confianza; alguien a quien acudir cuando la vida se desordena, no solo cuando una materia se vuelve difícil.
En tiempos en que la violencia escolar, la desconfianza y el malestar ocupan los titulares, vale la pena preguntarnos si estamos buscando las respuestas en el lugar correcto. Ninguna política educativa será suficiente si olvida que el aprendizaje ocurre entre personas. Y que el vínculo no es un premio para después de enseñar: es la condición para que la enseñanza exista.
Quizás por eso el llamado de "Cartografía Social de Chile 2026" resulta tan oportuno. Reconstruir el vínculo y la convivencia no es únicamente un desafío para la sociedad; también es la tarea cotidiana de miles de profesores que, con una conversación, una escucha atenta o una mirada capaz de reconocer al otro, vuelven a abrir la puerta de la escuela para quienes alguna vez sintieron que ese lugar no les pertenecía.
Porque cuando un estudiante siente que importa, cambia su relación con la escuela. Y cuando cambia esa relación, también cambia la posibilidad de imaginar un futuro distinto. La reconstrucción del vínculo social empieza, muchas veces, en un aula donde alguien decide mirar antes de enseñar.
Alberto Hurtado fue abogado de formación, pero maestro por vocación. Le apasionaba la enseñanza y era un adelantado en materia pedagógica. Promovió un aprendizaje activo y personalizado, integrando lo intelectual con lo socioafectivo y lo espiritual, inspirando a los jóvenes con ideales de servicio, dignidad y justicia.
Este 18 de agosto en que conmemoramos su muerte en 1952, y nombramos Día de la Solidaridad la fecha, convoco a todos los profesores a, antes de enseñar, mirar a los niños, niñas y jóvenes que educan, en especial a los más vulnerables. A mirarlos y descubrir en ellos sus talentos, sus fracturas, sus necesidades. A solidarizar con ellos como personas y enriquecer la convivencia y la humanidad en las escuelas, tal como proponemos en el libro "Cartografía Social de Chile", donde nos centramos en la necesidad de reconstruir el vínculo y la convivencia.