Como se sabe, el próximo 5 de octubre vamos a celebrar en Chile (eso espero) el triunfo del NO. Ese mismo día se va a conmemorar en la República Checa el aniversario número 90 del nacimiento del expresidente Václav Havel (quien fuera el último mandatario de Checoslovaquia y el primero de la República Checa).
Hay líderes que dejan una huella imborrable, y es el caso de Havel. Dramaturgo, disidente y gobernante. Fue uno de esos personajes excepcionales que demostraron que la política puede estar sostenida por convicciones morales sin caer en el moralismo, y que es posible ejercer el poder sin dejarse poseer por él.
Havel conoció la persecución, la censura y la cárcel bajo el régimen comunista checoslovaco. Sin embargo, nunca respondió al autoritarismo con sus mismas armas. Su resistencia fue pacífica y su principal instrumento fue la palabra. Frente a un sistema fundado en el miedo y la simulación, propuso algo aparentemente sencillo, pero profundamente revolucionario: "Vivir en la verdad".
Para Havel, los regímenes opresivos no se sostienen solamente por la fuerza de quienes gobiernan, sino también por la resignación de quienes aceptan sus mentiras, repiten sus consignas y actúan como si creyeran en ellas. El poder de los sin poder comienza, entonces, cuando una persona decide dejar de fingir. Puede parecer un gesto menor, pero allí nace la libertad: en la conciencia individual que se niega a participar de la falsedad (recomiendo leer un ensayo suyo, titulado "El poder de los sin poder", publicado en 1978, donde analiza cómo la vida en la verdad puede derivar en un sistema totalitario).
Una de sus mayores virtudes fue el coraje moral, no el coraje estridente que busca reconocimiento, sino aquel que permite conservar la dignidad cuando hacerlo tiene costos. Havel comprendió que la responsabilidad personal no puede delegarse enteramente en los partidos, las instituciones o las circunstancias. Cada ciudadano responde por la verdad que defiende, por los silencios que guarda y por las injusticias frente a las cuales decide mirar hacia otro lado.
Tuve el privilegio de conocerlo en Praga (en 2003), en un seminario organizado por People in Need (donde se fundó el Comité Internacional para la Democracia en Cuba), al que asistí junto al expresidente Patricio Aylwin (ambos se conocían; de hecho ambos asumieron como jefes de gobierno en 1990) y los exdiputados Gutenberg Martínez y Exequiel Silva. Me impresionó su sencillez, profundidad y la ausencia de toda grandilocuencia. En él no había distancia entre las ideas que defendía y la manera en que se relacionaba con los demás. Su autoridad no provenía de la solemnidad del cargo, sino de la consecuencia de su vida.
Este líder moral destacó por su humildad ante el poder. Al llegar a la presidencia después de la Revolución de Terciopelo, no se consideró dueño de la democracia ni intérprete exclusivo de la voluntad popular. Sabía que la política necesita instituciones sólidas, pero también ciudadanos activos, una sociedad civil vigorosa y gobernantes conscientes de sus límites. La democracia, para él, no era únicamente un procedimiento electoral, sino una cultura basada en el respeto, la responsabilidad y el diálogo.
Sus ideas conservan plena vigencia. Vivimos tiempos marcados por la polarización, la desinformación y la tentación de reducir al adversario a una caricatura. Con demasiada frecuencia, la verdad se subordina a la conveniencia y la política se convierte en una competencia por imponer relatos, antes que en un esfuerzo por comprender la realidad y servir al bien común. En ese ambiente, la moderación es confundida con debilidad y el diálogo con renuncia.
Havel nos recuerda que la democracia comienza cuando rechazamos la mentira, incluso si favorece a nuestro sector; cuando reconocemos la dignidad de quien piensa distinto; cuando las autoridades asumen sus errores; y cuando los ciudadanos comprenden que sus deberes son inseparables de sus derechos. Havel nos recuerda que no hay dictaduras buenas; y que todas ellas, sean de derecha o de izquierda, grandes o chicas, deben ser condenadas siempre y en todo lugar.
A 90 años de su nacimiento, su vida constituye una advertencia y una esperanza. Las sociedades libres no se sostienen solamente mediante leyes y constituciones. Necesitan personas dispuestas a defender la verdad, ejercer responsablemente su libertad y no ceder ante el miedo ni el odio. Ese es el legado de Václav Havel. Y también una tarea urgente para nuestro tiempo.