La risa incómoda del progreso

La broma cayó como caen ciertas verdades cuando se disfrazan de chiste: liviana, casi simpática, y por lo mismo más peligrosa. En medio de una reunión técnica, y mientras revisábamos las especificaciones de un proyecto de AI, alguien dijo -medio en broma, medio en serio- que estábamos construyendo la tecnología que nos dejaría sin trabajo. El silencio que siguió fue mínimo, menos de un segundo, pero fue lo suficientemente largo para enfriar el entusiasmo, luego del cual el jefe de proyecto respondió sin sonrisa: "Lo sé, pero si no lo hacemos nosotros, lo hará la competencia". Nadie discutió. Nadie se indignó. Seguimos avanzando por las diapositivas como quien sigue caminando porque el pasillo no ofrece puertas.

Hay tecnologías que nacen con una sombra pegada a la espalda. No porque sean "malas" per se (después de todo, son solo herramientas) sino porque exigen, desde el primer día, hacerse cargo de una pregunta que nadie quiere formular en voz alta: ¿Qué pasa si esto funciona demasiado bien? La energía atómica inauguró esa clase de incomodidad a plena luz, con Hiroshima y Nagasaki como un fogonazo fundacional: desde entonces, cada potencia importante quiso su propio arsenal, y lo quiso rápido, y lo quiso antes que el otro, y lo quiso aunque -en los laboratorios, en los comités, en los pasillos de la burocracia- todos supieran, con una claridad casi obscena, que cada bomba nueva no solo aumentaba el poder disuasivo, sino también la probabilidad estadística, humana y torpe, de que alguna vez alguien la usara. Y que, si se cruzaba ese umbral en serio, el tablero completo podía desaparecer, con fichas y jugadores incluidos.

Quizás por eso Truman tomó una decisión que, vista desde el manual, suena contraintuitiva: el arma más "técnica" de la historia quedaba bajo control presidencial. Porque claro, la oportunidad y forma de uso de una herramienta suele pertenecer a su estamento técnico, y en este caso, lo normal habría sido entregarla al ámbito militar, como quien entrega un bisturí al cirujano o un timón al capitán. Pero el arma atómica era un objeto raro: su efecto no terminaba en el campo de batalla, ni siquiera en la victoria o la derrota; se metía en la política, en la geografía, en la biología, en la continuidad de la especie, como si el artefacto viniera con derecho propio a sentarse en la mesa de decisiones y exigir silla en la cabecera. Se sacó del dominio de los expertos y se subió, deliberadamente, al máximo poder político: se entrega la llave, no al técnico, sino al soberano.

El resto de los países que entraron al club nuclear entendió la lógica (o al menos la imitó) y, en paralelo, empujó regulación y tratados para evitar la proliferación. Por supuesto que hay búsqueda de hegemonía en todo eso, y cálculo, y la intención bastante terrenal de que el vecino adversario no adquiera las mismas capacidades; pero también hay una capa menos cínica (o más pragmática, según el humor del día): complicar el desarrollo reduce el riesgo de que la tecnología se filtre hacia actores no estatales. Se busca, explícitamente, que el responsable final sea un Estado; no porque los Estados sean ángeles, sino porque al menos tienen rostro, bandera, cadena de mando, permisología y, en teoría, algo que perder.

Con el tiempo, esa misma fuerza se domesticó para usos pacíficos: medicina, energía, materiales, investigación. Y ahí el control ya no fue necesariamente estatal; la empresa privada empujó avances enormes, porque la lógica del mercado es muy buena para convertir potencia en producto, curiosidad en industria, y laboratorio en rutina.

Lo curioso es que con la inteligencia artificial estamos viviendo el espejo invertido. Su potencial transformador, para bien y para mal, se parece demasiado al de la energía atómica como para ignorar la analogía, pero su nacimiento, desarrollo y control siguieron la ruta contraria: aquí la mano inicial no fue la del Estado que administra la llave, sino la de empresas compitiendo por llegar antes, capturar mercado, escalar rápido, integrar mejor, vender más.

Y la carrera, esta vez, no se cuenta en años sino en semanas: cada avance trae brindis y temores; cada mejora abre oportunidades y, al mismo tiempo, ensancha la grieta de consecuencias que nadie alcanzó a medir.

Desde un punto de vista de políticas públicas, la melodía es parecida. Los países buscan incentivar y destrabar el desarrollo por parte de la empresa privada porque cualquier intento serio de regulación se percibe, quizás con razón, como una desventaja frente a otras naciones. Y la autorregulación, con toda su retórica elegante, ha sido más bien una pausa teatral: mientras se firman compromisos, el talento y el capital siguen fluyendo, y la capacidad de "ponerle cerco" a esta tecnología se vuelve, a esta altura, una fantasía administrativa. A diferencia del átomo, en donde la regulación, control, costo y logística forzaron cuellos de botella, en la inteligencia artificial el control y el uso están regidos por leyes de mercado: velocidad, escala, competencia, y esa ética de carrera donde el único pecado real es quedarse atrás.

En los años '80, Carl Sagan y otros científicos empujaron la idea del "invierno nuclear": no como una profecía melodramática, sino como el esfuerzo de mirar más allá del fogonazo inmediato y calcular los efectos sistémicos de lo impensable. Pienso en eso cada vez que alguien dice "disrupción" con entusiasmo de feria, como si el mundo fuera una aplicación que se reinicia sin consecuencias. Y me pregunto cuánto demorará, si es que ocurre, el equivalente intelectual de ese gesto: una comunidad científica dispuesta a levantar la voz no para frenar la curiosidad, sino para obligarnos a mirar la sombra completa, con el mismo rigor con que celebramos la luz. Porque, en esta carrera, el chiste dura un segundo; la respuesta seria, en cambio, se queda zumbando mucho después de que se apagan las pantallas.

Desde Facebook:

Guía de uso: Este es un espacio de libertad y por ello te pedimos aprovecharlo, para que tu opinión forme parte del debate público que día a día se da en la red. Esperamos que tus comentarios se den en un ánimo de sana convivencia y respeto, y nos reservamos el derecho de eliminar el contenido que consideremos no apropiado