Cuando la enfermedad no se va

En salud solemos hablar de resultados. Días de hospitalización, exámenes, cirugías, coberturas, sobrevida. Todo eso importa. Pero hay algo que cuesta mucho más poner sobre la mesa: ¿qué pasa con la salud mental de las familias cuando la enfermedad no se va, cuando no es un episodio puntual, sino una presencia que se instala?

Cuando un miembro de la familia enfrenta una condición de salud compleja, la enfermedad no se queda en el hospital. Se viene a la casa. Se mete en los horarios, en el sueño, en el trabajo, en las relaciones. Aun así, el sistema funciona como si todo terminara con el alta médica o con la receta en la mano.

Se espera que las familias se adapten. Que aprendan rápido, que entiendan, que decidan, que sigan adelante. Que no se quiebren. Que funcionen. Y, en general, lo hacen. Pero el costo emocional de ese esfuerzo no siempre se aborda o no siempre es a tiempo.

Lo que casi nunca se pregunta es cómo están. Cómo duermen. Qué sienten. Cuánto miedo cargan. Cuánto cansancio suman. La salud mental suele quedar fuera del diseño del sistema, como si fuera un tema secundario, algo deseable pero no esencial. Algo a lo que se recurre cuando ya no se puede más. No como parte del tratamiento, sino como un parche que llega tarde.

Ese vacío no es neutro. El desgaste, mientras tanto, se acumula. La ansiedad se cronifica. Los problemas para dormir se vuelven cotidianos. Aparece el miedo. También la soledad, incluso cuando se está acompañado.

Nada de esto es solo emocional. El bienestar emocional influye en cómo se enfrentan los tratamientos, en la toma de decisiones y en la forma de habitar la vida cuando la enfermedad no tiene plazos.

Hoy, cuando existe apoyo en salud mental, suele llegar tarde y lo cierto es que la resiliencia no reemplaza la terapia. Se ha normalizado vivir al límite, como si fuera parte inevitable del camino. Pero no debería serlo.

Si realmente queremos un sistema de salud centrado en las personas, tenemos que mirar más allá de lo evidente. Hablar de esto no es desconocer los esfuerzos que existen ni buscar responsables. Es reconocer que la enfermedad no solo afecta cuerpos; también afecta la manera en que las personas viven, sienten y se relacionan. Y que eso importa.

Mirar la salud mental de frente no es pedir algo extraordinario. Es, simplemente, una forma más honesta y humana de entender la salud.

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