Derecho al silencio

Antiguamente (hace 50 años atrás) se definía como ruido cualquier sonido desagradable al oído armónico y/o musical. Hoy en día esta acepción ha cambiado, pues se mantiene lo desagradable, mas no necesariamente el sonido molesto es inarmónico o carece de carácter musical.

Si usted está conversando y se le instala un fulano a tocar la mejor partitura de Bach e interrumpe su conversación, entonces esta música dejó de serlo y se transformó en un ruido molesto, pues lo saca de su atención primera.

Ahora, si usted está en una carrera de motos y una moto revienta, seguramente el sonido provocado le será al menos acorde con la situación, entonces no es “ruido”, pues seguramente no lo saca de la atención circunstancial.

Traigo a colación estos ejemplos porque me llama la atención desde hace mucho tiempo, que en restaurantes, bares, supermercados, espacios abiertos (como las playas, los lagos), etc. se nos obliga a escuchar algo.

En un espacio como un bar, o un pub, seguramente esto es parte del paisaje, pero en una playa, en un supermercado, en un mall, esto es totalmente invasivo y la mentada música ambiental se transforma en ruido molesto.

Estamos obligados a soportar el gusto de quien pone la música en los lugares públicos, pero si el gusto fuera el nuestro, seguramente será del desagrado de otros.

O sea, en cualquier caso, la música es molesta, o sea deja de ser música y se transforma en ruido.

No sé de estudios al respecto, pero seguramente si alguien se preocupara de la salud mental en los ambientes públicos, este tema estaría presente, pues, al igual que el humo del cigarrillo, que ya fue eliminado de los espacios públicos, la música escuchada en los mismos espacios afecta a quienes no la quieren escuchar.Ya sea porque no les gusta o simplemente porque interrumpe su cotidiano vivir.

Y seguramente contribuye al estrés de la vida actual, pues es información que nos ingresa a la mente lo queramos o no, y nos evade de lo que realmente estamos pensando. O sea, somos oyentes pasivos del gusto musical de alguien. Somos esclavos de quienes en aras a “mejorar el ambiente” nos proponen audiciones que no necesariamente son de nuestro gusto.

Ya en el transporte público se lee que se podrá escuchar la radio siempre y cuando ningún pasajero se oponga. Pero, hay quienes ponen sus audífonos a tal nivel de decibeles que es imposible no escuchar. Sabrán aquellos que además de molestar, están destruyendo su sistema auditivo?

Tanto el ministerio de Salud (quien debiera proponer mecanismos de información acerca del uso de audífonos), como el ministerio de Educación (que debiera proponer acciones para el respeto hacia los demás) deben tomar cartas en el asunto.

Además, el Ministerio del Sentido Común, debiera asegurar a toda la población la posibilidad de circular por las calles, centros comerciales, supermercados, sin que se le obligue a escuchar ruidos molestos (música que no es del agrado del 100% de la población), villancicos en navidad, cuecas en septiembre, y otros estilos estacionales, ya sean clásicos, populares o de otros géneros y tendencias.

Invito a los legisladores a proclamar entonces el “Derecho al Silencio”, pues, estar obligado a escuchar música del gusto del otro en espacios públicos, es dañino para el ánimo, la concentración y la tranquilidad y por lo mismo para la salud tanto mental como física de la población que pasivamente no se entera del daño que los ruidos molestos le provocan.

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Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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