Imaginen una ciudad a la que desde hace cuatro meses resulta prácticamente imposible llevar pan con normalidad. No es un asentamiento remoto en medio del desierto. No es una isla después de una catástrofe natural. No es una ciudad aislada por un terremoto.
Es Oleshky, una ciudad ucraniana situada en la margen izquierda del río Dnipró, actualmente bajo ocupación rusa. La última vez que se pudieron llevar alimentos allí con relativa normalidad fue el 26 de mayo de 2026. Durante el verano, sus habitantes sobrevivieron en gran medida gracias a lo que cultivaban en sus propios huertos. Ahora la temporada termina y, con ella, también se agotan las reservas.
Antes de la invasión rusa a gran escala, Oleshky tenía unos 24 mil habitantes. Hoy quedan aproximadamente 2.000, entre ellos cerca de medio centenar de niños. No hay suministro normal de electricidad ni de gas, escasean los medicamentos y existen graves problemas de acceso al agua potable. Las carreteras están minadas y no existe una evacuación organizada y segura.
¿Por qué? Esta es la pregunta clave. Porque lo que ocurre en Oleshky no es una catástrofe natural ni puede reducirse simplemente a las "dificultades logísticas de la guerra".
Ucrania está dispuesta a evacuar a la población. Las organizaciones humanitarias internacionales están dispuestas a ayudar. Pero Rusia no garantiza el acceso humanitario necesario ni crea las condiciones para que los civiles puedan salir de forma segura. El ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Andrii Sybiha, afirmó ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que Rusia hace deliberadamente imposible la vida de los habitantes de Oleshky y, al mismo tiempo, les impide abandonar la ciudad, utilizando a la población civil como escudo humano.
Para los ucranianos, esta historia tiene un terrible paralelo histórico. Ya sabemos lo que ocurre cuando el Kremlin convierte los alimentos en un arma. En 1932-1933, el régimen de Stalin provocó en Ucrania una hambruna artificial: el Holodomor. Se confiscaban los alimentos a los campesinos, se aislaban localidades enteras y se restringía la posibilidad de abandonar los territorios afectados por el hambre. Millones de personas murieron como consecuencia de esa política bárbara y genocida de Moscú.
Han pasado más de 90 años. Han cambiado las banderas, los nombres y los sistemas políticos. Pero hoy volvemos a hablar de una ciudad ucraniana donde la población civil no tiene acceso normal a los alimentos, la ayuda humanitaria no puede llegar libremente y las personas no pueden salir de forma segura.
Por eso el canciller ucraniano estableció este paralelo ante el Consejo de Seguridad de la ONU: "Entonces, el hambre era un arma del Kremlin. Sigue siendo su arma hoy". Esto no significa equiparar mecánicamente dos situaciones históricas diferentes. Pero sí tenemos la obligación de reconocer el método: privar a las personas del acceso a los alimentos, bloquear la ayuda, limitar la posibilidad de escapar y convertir la propia supervivencia física de la población civil en un instrumento de presión.
Para Chile, este paralelo tiene un significado especial. El 21 de diciembre de 2022, la Cámara de Diputadas y Diputados de Chile aprobó la Resolución N° 549, reconociendo el Holodomor en Ucrania como un acto de genocidio y un crimen de lesa humanidad. La resolución recibió 119 votos a favor. El 1 de agosto de 2023, el Senado de Chile también reconoció y condenó el Holodomor de 1932-1933 como un acto de genocidio del pueblo ucraniano. Esto significa que Chile, a nivel de su máximo órgano legislativo, tomó buena nota la lección de la historia ucraniana. Pero el sentido de la memoria histórica no consiste solamente en llamar a un crimen por su nombre décadas después. Su verdadero valor se demuestra cuando somos capaces de reconocer métodos peligrosos mientras los mismos vuelven a ser utilizados.
Y aquí aparece una de las imágenes más surrealistas de la Oleshky de hoy. Como los alimentos no pueden llegar con normalidad por tierra, Ucrania ha comenzado a enviarlos desde el aire. Militares ucranianos, junto con las autoridades de la región de Jersón, han utilizado drones para hacer llegar a los habitantes de la ciudad ocupada alrededor de cuatro toneladas de alimentos, distribuidas en aproximadamente cien puntos diferentes.
Imaginen la escena: Europa, año 2026. Un dron cruza el río Dnipró y la línea del frente para llevar harina, cereales y otros alimentos a personas que permanecen en territorio ocupado. Una tecnología que se ha convertido en uno de los símbolos de la guerra moderna cumple aquí una misión completamente diferente: ayudar a sobrevivir a civiles allí donde la ayuda humanitaria convencional no puede llegar.
Es una muestra extraordinaria de la capacidad de quienes intentan salvar vidas. Pero, al mismo tiempo, refleja una realidad absurda a la que el mundo no puede acostumbrarse: en la Europa del siglo XXI es necesario transportar alimentos a través de una línea de frente mediante drones porque la población civil de una ciudad ocupada está prácticamente aislada del abastecimiento normal.
Entre Santiago y Oleshky hay miles de kilómetros. Pero un niño con hambre sigue siendo un niño con hambre en cualquier continente. Una persona sin medicamentos sigue siendo una persona sin medicamentos en cualquier idioma.
Hace más de 90 años, el mundo no salvó a millones de ucranianos del Holodomor. Hoy nadie puede decir que está ignorante de lo que ocurre en Oleshky. Lo sabemos. Lo vemos.
El Congreso chileno llamó al Holodomor por su nombre: genocidio. Hoy le pedimos a Chile y al mundo entero que recuerde no solo a sus víctimas, sino también cómo fue posible aquel crimen. El hambre fue convertida en un arma. Ucrania advierte al mundo sobre el peligro de que esa arma vuelva a utilizarse. Esta vez, con la presión internacional sobre el estado agresor, creemos que todavía es posible salvar vidas.