Cuando éramos niños y niñas, más de una vez nos preguntaron qué queríamos ser cuando grandes. Imaginamos y soñamos, dentro de nuestras posibilidades, con convertirnos en personas que veíamos en la televisión, en los cuentos, en los diarios, en la música y, hoy, en las redes sociales.
Pero hay una pregunta que aparece mucho menos: ¿Cómo llegaron esas personas hasta ahí? Porque imaginar un futuro es una cosa. Saber qué pasos podemos dar para acercarnos a él es otra.
Durante la adolescencia, esa pregunta comienza a pesar más. Aparecen las notas, el NEM, el ranking, las posibilidades de continuar estudiando, las carreras, las instituciones y decisiones que muchas veces parecen ser definitivas. La Educación Superior puede abrir oportunidades importantes, pero para poder considerarla como una alternativa real primero hay que conocerla, entender cómo funciona y contar con información a tiempo.
Recientemente, un estudio de Edumetrics mostró una cifra que refleja parte de esa presión: 65,6% de los jóvenes encuestados percibió la decisión vocacional como una determinación de alto impacto o incluso "de vida o muerte". Y no es difícil comprender por qué.
Durante años preguntamos a los jóvenes qué quieren hacer con su futuro, pero muchas veces concentramos la conversación sobre cómo construirlo cuando ya están en cuarto medio.
Es por eso que desde hace cinco años, en Fundación Sembrando Un Sueño trabajamos con estudiantes de primero y segundo medio, en contextos de alta vulnerabilidad, precisamente desde esa premisa: entregar información antes de que llegue el momento de decidir. Pero en estos años también hemos aprendido algo que va más allá de la información: que el futuro necesita referentes.
No necesariamente grandes figuras, historias extraordinarias o personas que parezcan haber tenido siempre claro qué querían hacer. Muchas veces un buen referente puede ser simplemente alguien cercano que ya recorrió algunos de los pasos que ellos y ellas recién están comenzando a dar.
Por eso nuestros voluntarios y voluntarias son estudiantes de Educación Superior. Jóvenes que hace pocos años estaban sentados en una sala de clases haciéndose preguntas muy parecidas a las que hoy escuchan de estudiantes de 14, 15 o 16 años.
No llegan para decirles qué tienen que estudiar. Tampoco para prometerles que existe una fórmula correcta para construir el futuro. Les cuentan cómo fue su propio camino. Qué decisiones tuvieron que tomar. Qué cosas no sabían. Qué les habría gustado conocer antes. Cómo llegaron a una universidad, instituto profesional o centro de formación técnica. Y, quizás lo más importante, para demostrar desde la confianza y la empatía que existen distintos caminos posibles.
Ahí radica una parte importante del valor de un referente, que buscamos seguir potenciando a través de nuestra colecta 2026 que inicia el 28 de septiembre: hacer visible una posibilidad que hasta entonces parecía lejana. Un indicio de cuánto valoran este vínculo es que al finalizar nuestros programas de primero y segundo medio, cerca de un 80% de los estudiantes aseguró que quisiera volver a vivir una experiencia similar con un voluntario o voluntaria. Más allá de la cifra, hay algo que se repite en las salas: los jóvenes quieren conversar sobre su futuro con personas capaces de hacerlo cercano y concreto. Sin prejuicios ni estigmas.
Por eso, cuando pensamos en orientación, expectativas y oportunidades para la juventud, no deberíamos preguntarnos únicamente qué información necesitan, sino que también a quiénes tienen cerca para conversar sobre ella.
Para que la pregunta "¿qué quieres ser cuando grande?" no aparezca como un juego durante la infancia y después reviente en la cara al llegar a cuarto medio. Para que pensar en el futuro genere menos angustia y más posibilidades de soñar.