Geocentrismo político, cuando un nombramiento vale más que un programa

Desde que se anunció el posible y posterior nombramiento de Ximena Lincolao como ministra de Ciencia, parte de la prensa ha intentado instalar su perfil como un "titán de la tecnología", presentándola como un fichaje técnico-estratégico del gobierno de Kast. No entraré en el debate sobre su perfil, más aún cuando el desempeño de una cartera depende tanto del equipo, pero principalmente de las políticas que busca desarrollar un programa de gobierno y un presidente comprometido. En el gobierno de Boric, quien presentó un programa científico potente, las únicas políticas desarrolladas que respondieron a dicho programa fueron impulsadas por la subsecretaria Gainza.

Desafortunadamente, la sucesión de ministros y subsecretarios dejó claro que no existe una receta simple, ya que tanto el ministro científico, las ministras tecnócratas y el último ministro de perfil político-administrativo quedaron al debe en la gestión e implementación del programa. Sin embargo, algo de avances se lograron implementar, considerando un programa que buscaba generar cambios de paradigma.

Si bien las personas son importantes, esto no sustituye el diseño y los mecanismos de implementación de políticas de gobierno. Equipar un nombre, o una ascendencia, con una estrategia sólida en ciencia, es un error más que conceptual, y como se dice coloquialmente, es poner la carreta antes que los bueyes. Un gobierno que enfrenta la ciencia sin un programa, no puede resolver las dudas de la comunidad científica por la sola presencia de una figura, es como tratar de generar la explicación de un fenómeno natural en base a creencias, lo cual es absurdo, independiente de la mucha fe que se profese.

La historia de la ciencia ofrece analogías útiles, como lo fue la historia de cómo la Tierra paso a ser el centro del universo con la teoría del geocentrismo, hasta entender que somos un planeta más que órbita alrededor de nuestra estrella madre, el sol. El geocentrismo que do-minó durante más de mil años como teoría dominante fue propuesto por Aristóteles, en un tiempo que los recursos científicos eran limitados y refinado posteriormente por Ptolomeo, quien otorgo las matemáticas para poder describir esta teoría(1). Pese a que en los siglos posteriores el desarrollo de la tecnología ya ponía en duda el modelo, fue adoptado por la iglesia abrahámica cristiana, ya que coincidía con la interpretación bíblica del universo y la posición del ser creador, por lo cual por muchos siglos fue considerado incuestionable. Pese a esto, el desarrollo de la astronomía permitió determinar que nuevas observaciones no calzaban con este modelo, por lo cual se incorporaban ajustes complejos para salvar la teoría, evitando cuestionar sus fundamentos(1). Este fenómeno forzaba la interpretación de los datos dentro de un marco dogmático, generando explicaciones cada vez más complejas e insostenibles.

Por suerte, Copérnico propuso un modelo que simplificaba el sistema, planteando que la Tierra y los planetas giraban alrededor del Sol, lo que ciertamente no fue fácil de imponer por sobre la teoría dominante y costo la muerte y persecución de muchos hombres de ciencia(2). El geocentrismo tiene una versión moderna que se comienza a desarrollar en el siglo XIX(3)(4) y en conjunto con el terraplanismo que a costa de lo que se puede creer es una idea distorsionada que surge en el siglo XVIII(5), muestran cómo los marcos conceptuales pueden distorsionar la interpretación de los hechos. Ambos no se deben a falta de capacidades, sino a un exceso de justificación para alinear la realidad con creencias preexistentes o posverdad. De manera similar ocurre cuando se intenta presentar a ministros como soluciones independientes de una política claramente definida. La lección es clara: cuando el marco conceptual está mal planteado, ninguna corrección cosmética lo salva.

Lamentablemente, esta tendencia parece reflejar una práctica política más amplia del actual gobierno, donde algunos nombramientos funcionan más como señales comunicacionales, más que como parte de un diseño institucional coherente. Más aún, varios de estos nombramientos han sido cuestionados por vínculos con casos de ética y legalidad dudosa, colusión económica o violaciones de derechos humanos(6)(7), o incluso un camaleonismo político excesivo, reflejando a todo su ancho la frase de Groucho Marx: "Damas y caballeros, estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros"(8).

¿Cómo esperar que un nombre pueda cambiar o encabezar una política, cuando, por ejemplo, la ministra del Ministerio de la Mujer y Equidad de Género profesa el dogma de "la defensa de nuestros valores y principios cristianos", lo que choca con la obligación de garantizar derechos y diversidad desde el Estado? Ese es justamente el punto de fondo: no es posible gobernar con símbolos; se gobierna con modelos correctos.

(1) Heliocentrismo: Cómo la Tierra perdió su lugar en el centro del universo
(2) Nicolás Copérnico y la revolución del cosmos
(3) El geocentrismo en el siglo XXI
(4) El auge del movimiento de la teoría geocéntrica moderna
(5) Terraplanismo en la Edad Media
(6) Caso Judith Marín: No es por su doctrina religiosa, es por su postura contra derechos de las mujeres
(7) El presidente electo eligió mal
(8) Las 75 frases más geniales de Groucho Marx

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