En las últimas semanas, Loreto Cox, cientista política y académica de la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica, y Francisco Sólanich, profesor universitario, abrieron una conversación relevante sobre qué ocurre con los aprendizajes de niños durante las largas vacaciones verano y cómo este período puede generar brechas y vacíos de cuidado con efectos desiguales según el contexto social de cada familia.
La evidencia sobre la pérdida de aprendizajes en vacaciones es mixta, pero existe consenso en que los recesos prolongados tienden a profundizar desigualdades. La investigación internacional ha documentado el fenómeno del summer learning loss, con retrocesos particularmente visibles en lectura y matemáticas. Estudios recientes en Estados Unidos estiman que esta pérdida puede equivaler a lo aprendido en cerca de dos meses de clases.
Un reciente artículo publicado en El Mercurio sumó más antecedentes. Países como Inglaterra o Alemania distribuyen sus períodos de descanso en pausas más breves a lo largo del año, mientras que en Suiza o Corea del Sur las vacaciones de verano son considerablemente más cortas. En Chile, en cambio, el receso se concentra en cerca de tres meses, lo que amplifica el impacto de las desigualdades de origen. A ello se suma una alta carga horaria anual con resultados educativos que siguen bajo el promedio de la OCDE, lo que refuerza la idea de que la estructura del calendario, por sí sola, no explica los aprendizajes. Factores como la calidad pedagógica, el acompañamiento familiar y las oportunidades de aprendizaje fuera de la sala de clases resultan determinantes.
Más allá de la magnitud exacta, lo relevante es que las condiciones en que se vive este período marcan diferencias. El acceso a libros, actividades culturales, acompañamiento adulto y espacios de cuidado incide directamente en la mantención de hábitos de aprendizaje.
Desde la política pública aún existe información limitada sobre lo que ocurre con los aprendizajes durante las vacaciones en Chile. Herramientas diagnósticas aplicadas al inicio del año escolar permiten identificar rezagos, pero el desafío está en cómo abordar este período de manera preventiva. La evidencia comparada sugiere que ofrecer oportunidades de aprendizaje de calidad durante estos meses puede contribuir a amortiguar la pérdida de aprendizajes, especialmente en los primeros años de escolaridad.
En ese marco, experiencias locales entregan respuestas concretas. Programas de reforzamiento y cuidado como Leer es Poderoso, impulsado por Fundación Familias Primero en alianza con privados o municipios, han logrado sostener el vínculo con la lectura durante el receso en contextos de mayor vulnerabilidad. En su séptima versión, Leer es Poderoso, gracias a que sumó adultos mayores en 5 de las 35 comunas en que se implementó, llegó a cerca de 2.500 niños.
Evaluaciones han mostrado avances en fluidez, dominio y goce lector en quienes participan de estas iniciativas. Junto al componente educativo, estos programas cumplen una función social de cuidado en un período en que muchas familias no cuentan con redes de apoyo.
Mirar las vacaciones como un momento sensible desde el punto de vista de la equidad implica avanzar hacia políticas que integren programas focalizados, medibles y articulados con el sistema educativo.
El desafío de fondo está en asegurar financiamiento estable, continuidad en el tiempo y capacidad de escalar estas experiencias, de modo que no dependan únicamente de esfuerzos locales o aportes privados.
La forma en que se organiza este tramo del año incide en las brechas que se arrastran durante el resto del calendario escolar, y ahí existe un espacio concreto para intervenir con evidencia, diseño de política pública y voluntad de implementación.
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