En un contexto de progresivo desarraigo social respecto de los partidos tradicionales y de mínimos históricos de confianza institucional, emergió con fuerza a partir de 2020 un actor que interpela tanto a la teoría como a la práctica de la democracia: el Partido de la Gente (PDG).
Desde una perspectiva estrictamente electoral, su desempeño ha sido significativo. En 2021 se convirtió en la tercera fuerza política del país, con seis escaños en la Cámara de Diputados y el 8,45 % de los votos. En 2025 consolidó su presencia parlamentaria con 14 diputados y 11,8 % de los sufragios, posicionándose como segunda fuerza electoral. Reducir el fenómeno a estos resultados resulta, sin embargo, analíticamente insuficiente. Lo distintivo de esta colectividad no radica únicamente en su éxito electoral -favorecido, entre otros factores, por la concurrencia de elecciones presidenciales y parlamentarias-, sino en la forma organizativa y discursiva que hizo posible dicho desempeño. Se trata de una colectividad sin sedes físicas, estructurada casi íntegramente sobre plataformas digitales, cuyo liderazgo logró articular en 2021 una campaña presidencial sin presencia territorial efectiva en Chile.
El PDG encarna la convergencia de dos fenómenos contemporáneos que suelen examinarse por separado: el ciberpartido y el partido antielitista. Esta fusión dista de ser contingente o meramente instrumental. Constituye el núcleo de su identidad política y permite comprender tanto su rápido ascenso como las tensiones internas que experimentó durante la legislatura que concluye.
En su dimensión de ciberpartido, esta organización no recurre a lo digital como un complemento, sino como infraestructura organizativa central. La militancia adopta un carácter episódico y flexible, mediado por pantallas, mientras la participación se canaliza a través de Facebook, WhatsApp, Zoom y diversas redes sociales. La promesa de democracia interna directa y horizontal se presenta como una alternativa explícita frente a las estructuras jerárquicas y burocráticas del sistema partidista clásico. Estamos, por tanto, ante algo más que un proceso de modernización tecnológica. Se trata de una mutación deliberada en la forma misma de organizar la política.
De manera simultánea, en su condición de partido antielitista, el PDG construye su identidad en oposición a una élite política percibida como ensimismada, distante e ineficaz. Su discurso privilegia la impugnación por sobre la elaboración programática y evita -al menos en el plano retórico- las categorías ideológicas clásicas de izquierda y derecha. En este marco, el voto se transforma menos en adhesión a un proyecto sustantivo que en un gesto de sanción simbólica frente al orden político existente y sus modos habituales de acción pública.
Conviene, no obstante, precisar analíticamente este rasgo. El PDG no puede ser caracterizado como un partido antisistema en sentido estricto. A diferencia de experiencias que cuestionan los fundamentos normativos del orden democrático o del modelo económico vigente, esta fuerza no impugna ni la democracia política ni una economía orientada al mercado. Su crítica se dirige, más bien, al funcionamiento concreto del sistema político, a sus élites y a sus prácticas, antes que a sus principios estructurales. Se trata, por tanto, de un partido antielitista, pero no de una organización orientada a una ruptura con el régimen democrático o con el marco económico dominante.
La evidencia disponible sugiere que el electorado que ha sostenido el crecimiento del partido presenta rasgos relativamente consistentes. Los análisis no son unívocos, aunque tienden a indicar una mayor presencia de votantes jóvenes, con predominio masculino, provenientes de regiones distintas de la Región Metropolitana, con niveles de escolaridad algo inferiores al promedio nacional y sin identificación partidista. A ello se suma una desconfianza marcada hacia los intermediarios políticos tradicionales y los instrumentos clásicos de mediación. Esto permite hablar de un desencanto político asociado a fallas percibidas en el rendimiento democrático. En los sectores juveniles, este malestar adopta con mayor nitidez la forma de un rechazo a la intermediación partidista convencional.
Ambas dimensiones del fenómeno tienden a reforzarse entre sí. La lógica digital, desintermediada, veloz y viral resulta particularmente eficaz para vehicular mensajes de protesta simples y de fácil circulación. A su vez, la narrativa antielitista encuentra en las plataformas digitales un espacio privilegiado de amplificación y resonancia. Esta combinación ha permitido al PDG, en dos elecciones consecutivas, conectar con un electorado mayoritariamente desafecto y crecientemente inmerso en entornos digitales, un terreno en el que los partidos tradicionales han mostrado hasta ahora limitaciones adaptativas persistentes.
Con todo, la misma fórmula que facilitó su irrupción electoral encierra tensiones cuando la organización enfrenta el desafío de la institucionalización. Gobernar, o incluso legislar, exige capacidades que una estructura organizativa líquida difícilmente provee de manera sostenida. Supone equipos técnicos estables, disciplina interna, capacidad de negociación y disposición al compromiso. La militancia efímera, funcional a la movilización, dificulta la consolidación organizativa. El discurso antipolítica colisiona con la necesidad de operar dentro de las reglas de la institucionalidad democrática. A ello se suma la convivencia, no exenta de conflictos, entre la promesa de horizontalidad y la centralidad de liderazgos marcadamente personalistas.
En el caso del PDG, la tensión se expresa con particular claridad en la figura de Franco Parisi. Su liderazgo carismático se construye desde una narrativa de exterioridad respecto del sistema político, enfatizando el emprendimiento, la autosuficiencia y la condición de outsider como atributos virtuosos. Esto último es un patrón que la literatura comparada ha identificado en diversos partidos desafiantes europeos, como Podemos, el Movimiento Cinco Estrellas o En Marche, y que, como advierte Ignazi, tiende a exacerbar las dificultades de institucionalización en el mediano plazo.
La emergencia de esta organización partidaria abre así interrogantes analíticos de mayor alcance. ¿Qué tipo de democracia se configura cuando surgen partidos con baja institucionalización, fundados en la fisura antielitista y existe una alta volatilidad electoral sistémica? ¿Es sostenible un modelo de movilización digital de protesta o se trata de una forma organizativa propensa a ciclos recurrentes de fraccionamiento y crisis? ¿De qué manera pueden procesarse institucionalmente demandas legítimas de descontento cuando se expresan a través de organizaciones diseñadas más para la irrupción vertiginosa que para la consolidación?
Analizar con rigor a este partido desafiante, integrando marcos teóricos que han permanecido separados, supera el ejercicio académico y se vuelve una condición necesaria para comprender las transformaciones profundas de la política contemporánea. Asimismo, permite anticipar las reconfiguraciones que introduce la fisura antielitista en sistemas de partidos atravesados por procesos persistentes de desinstitucionalización.
El PDG muestra que, en las condiciones actuales, la digitalización de la política carece de neutralidad. Puede ampliar la participación y reducir barreras de entrada, pero también intensificar la protesta, la negatividad, la fragmentación, el cortoplacismo y la personalización del poder. La arquitectura organizativa importa tanto como el contenido discursivo, y en la convergencia entre ambas dimensiones se juega una parte decisiva de la dirección que termine tomando el sistema de partidos chileno. La tarea analítica consiste en comprender qué formas de mediación política y qué equilibrios institucionales permiten canalizar el malestar social sin erosionar la vitalidad democrática.
Desde Facebook:
Guía de uso: Este es un espacio de libertad y por ello te pedimos aprovecharlo, para que tu opinión forme parte del debate público que día a día se da en la red. Esperamos que tus comentarios se den en un ánimo de sana convivencia y respeto, y nos reservamos el derecho de eliminar el contenido que consideremos no apropiado