La IA y el fantasma de Platón

Cada vez que aparece una tecnología que transforma nuestra forma de pensar, surge una crítica más o menos predecible, «que estaríamos perdiendo algo esencial». Cuando surgió la imprenta se temió que la memoria colectiva se atrofiara; cuando el procesador de texto reemplazó la escritura a mano, pedagogos advirtieron sobre el deterioro del pensamiento, incluso basados en evidencia empírica que justificaba sus argumentos. Hoy, con la inteligencia artificial, escuchamos una versión actualizada del mismo razonamiento: que delegaríamos nuestra capacidad de razonar en una máquina y eso terminará por vaciarnos intelectualmente. Es decir, que la IA nos conduciría a una especie de distopía de la mediocridad.

Sin embargo, cabe matizar estas críticas. Es cierto que el fenómeno cambia a un ritmo acelerado, lo que vuelve precipitado cualquier juicio definitivo. No obstante, el problema de fondo es otro, pues tal como suele formularse, la crítica podría derivar en una discusión superficial. En mi caso me remitiré exclusivamente a lo que observo en la Universidad.

Para entender por qué, vale la pena remitirse a los diálogos de Platón. En el Fedro, Sócrates narra el mito de Theuth y Thamus para mostrar sus críticas al avance de la escritura -crítica que, por cierto, hoy nos parecería anacrónica-. El dios inventor (Theuth) presenta la escritura como un remedio para la memoria, como si fuese un magnífico descubrimiento. El rey le responde que está equivocado, que los hombres dejarán de recordar al tener un soporte externo donde depositar el saber. Parecerán sabios sin serlo y tendrán la apariencia del conocimiento sin la sustancia que solo se cultiva mediante la palabra. "No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado", señala Thamus, "sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría...".

Este tipo de críticas a la IA se parecen en su trasfondo. Se teme que los estudiantes deleguen en la máquina el acto de escribir, de articular ideas, de esforzarse cognitivamente. Y que ese proceso, al externalizarse, termine por perderse. Hay evidencia empírica reciente que confirma esta preocupación. Algunos estudios como el de MIT Media Lab o el de Gerlich sobre delegación cognitiva, muestran correlaciones entre el uso de IA generativa con una menor actividad neuronal y una disminución del pensamiento crítico. Pero este patrón suele acompañarse de un diagnóstico incompleto, porque aún si aceptamos dicho argumento en sus propios términos, se ignora, quizás, lo más interesante del diálogo referido.

Para Sócrates, el problema con la escritura no era solo que atrofiara la memoria, sino algo más radical: que destruía la dimensión dialógica por la cual se produce el conocimiento. A su juicio, un texto no puede responder preguntas, no puede incomodarse, no puede refutarse ni rectificarse. Así, la esencia del saber no reside en ningún soporte externo, ya que se produciría en el intercambio vivo entre interlocutores que piensan y discuten juntos, quienes se exponen al error y logran construir una mejor comprensión en el roce de las ideas.

Desde esta exigencia, avances como Word nunca fueron dialógicos. Tampoco Google. La IA, en cambio, sí podría llegar a serlo. No me refiero con esto a que la IA piense en lugar del estudiante, sino a algo diferente. La posibilidad de ser un interlocutor disponible, capaz de sostener una discusión sobre ideas abstractas, de ofrecer perspectivas que no estaban en el punto de partida, de obligar a quien escribe a precisar, a defender y a reformular.

Eso, por cierto, no reemplaza la interacción del proceso educativo tradicional entre el alumno y el docente. Quien dirige una clase deberá velar hoy más que nunca por no interrumpir ese proceso verbal de enseñanza, pero sí creo que podría ampliarlo.

Ahora cabe precisar la diferencia entre delegar y conversar con la IA, pues no es algo evidente y conviene ilustrarlo.

Analicemos el siguiente caso. Un estudiante que le pide a Claude o Chat GPT que le escriba un ensayo sobre la justicia en Aristóteles y entrega el resultado así sin más, lo que ha hecho es externalizar el proceso completo. Ahí la crítica es legítima. No hubo esfuerzo cognitivo ni aprendizaje. Los estudios comúnmente citados que buscan medir delegaciones cognitivas están analizando esencialmente esto. Empero, ese mismo estudiante podría usar la IA de otra forma. Podría escribir un primer borrador propio, someterlo a la IA y pedirle que identifique ciertas debilidades argumentativas. La IA podría responder, por ejemplo, que la distinción entre justicia individual y justicia política no está suficientemente desarrollada. El estudiante se ve entonces obligado a volver al texto, a repensar, a precisar. Puede discrepar de la objeción y argumentar por qué. Puede descubrir que efectivamente había un vacío. En cualquier caso, está pensando y más de lo que habría pensado solo frente a una página en blanco. El docente también puede participar perfectamente de este proceso con su juicio y fomentar la discusión. De hecho, sería deseable que lo haga.

Cualquiera podría verificar lo señalado hoy al emplear los nuevos modelos de IA generativa. Es más, el propio estudio del MIT encontró que cuando los participantes escribían primero por su cuenta y luego utilizaban la herramienta, su actividad cerebral aumentaba significativamente. Y esto es lo que distingue radicalmente estas tecnologías de todas las anteriores con las que se les suele comparar. El GPS sustituye la navegación y uno deja de pensar en la ruta. El procesador de texto sustituye la caligrafía. El teléfono es todavía más problemático porque te presenta incansables distracciones. Pero una IA conversacional, si es bien utilizada, no sustituye el pensamiento. No tiene por qué darle al estudiante de antemano la respuesta.

Quienes proponen simplemente restringir o prohibir el acceso a estas herramientas, como si solo debiera reducirse a una enciclopedia interactiva -algo que por lo demás en un lapso breve de años será imposible de materializar- repiten, quizás en desconocimiento, el gesto de Thamus. Ven el riesgo de la externalización sin advertir que, por primera vez, un soporte externo podría al menos aproximarse a lo que Platón exigía. Un interlocutor que responde, que objeta, que obliga a pensar de nuevo. Lo hace de forma imperfecta, desde luego. La IA puede ser complaciente, contradecirse o simular profundidad donde no la hay. Pero incluso con esas limitaciones, está más cerca del diálogo que cualquier tecnología anterior. El verdadero desafío pedagógico no será proteger al estudiante de la máquina, sino enseñarle a discutir con ella, incluso cuando todavía no lo hace de la mejor manera posible.

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