Cuaresma, vulnerabilidad y sociedad

Con el Miércoles de Ceniza se ha dado inicio en el mundo católico al tiempo de cuaresma, cuarenta días en que somos invitados a reflexionar sobre nuestras debilidades y limitaciones. Una de las fórmulas que se utiliza al imponer la ceniza es "recuerda que eres polvo y al polvo volverás", expresión que es mi preferida por su radicalidad. No se anda con rodeos. Nos confronta sin adornos, más bien nos abofetea, con nuestra vulnerabilidad radical. Al recibir la ceniza estamos reconociendo nuestras limitaciones y esto, precisamente, es lo que se llama humildad. El Diccionario de la lengua española (DLE) la define como "virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento". Cuánto cambiaría en nuestras vidas, en nuestras relaciones sociales, tanto en el ámbito religioso como civil, si reconociésemos nuestras limitaciones y actuásemos en consecuencia.

Para quienes somos creyentes, esta actitud nos lleva a reconocernos necesitados de salvación y, por tanto, a acoger la salvación que se nos regala en los acontecimientos centrales de nuestra fe y que celebramos cada año en el Triduo Pascual con la pasión, muerte y resurrección de Jesús. En su sufrimiento y muerte, el Hijo de Dios humanado (o encarnado) asume nuestras limitaciones para liberarnos de ellas por medio de su resurrección. Esta es nuestra esperanza cierta, vida resucitada que podemos experimentar desde ya en la medida en que nos lleva a establecer relaciones de justicia y solidaridad en especial con los más vulnerables.

Es lo que el recordado Papa Francisco llamó "el magisterio de la fragilidad que, si fuera escuchado, haría nuestras sociedades más humanas y fraternas, induciendo a cada uno de nosotros a comprender que la felicidad es un pan que no se come a solas. ¡Cuánto nos ayudaría la conciencia de necesitarnos los unos a los otros para tener relaciones menos hostiles con quienes están a nuestro lado! Y la constatación de que tampoco los pueblos se salvan solos, ¡cuánto nos impulsaría a buscar soluciones para los conflictos insensatos que estamos viviendo!". Si hay algo que compartimos todos los seres humanos, es precisamente esto: nuestra común fragilidad; la que se hace presente con fuerza en acontecimientos catastróficos como terremotos, maremotos, epidemias, etc., lo malo es que rápidamente se nos olvida. Como se ve es algo que no es patrimonio exclusivo de los creyentes, sino que pertenece a la esencia del ser humano. Si partimos de este rasgo común, habría por lo menos dos consecuencias prácticas: 1) darnos cuenta que nos necesitamos recíprocamente; y 2) tener una mirada compasiva hacia los otros, porque también padecen sus propias limitaciones. Se restablecería así la natural dimensión comunitaria del ser humano en feliz desmedro del nocivo individualismo.

Para terminar, quisiera relevar dos aspectos del mensaje del Papa León XIV para este tiempo de cuaresma, aspectos que, si bien están dirigidos a los católicos, son válidos y aplicables para cualquier persona y sociedad.

León XIV llama a la escucha de la Palabra de ese Dios que ha visto la opresión de su pueblo. Hemos de escuchar, como Dios lo ha hecho, "hasta reconocer que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia". Es tarea de todos, y en especial nuestra. Tirón de orejas para los que equivocadamente creen, tanto fuera como dentro de la Iglesia, que ésta ha de quedarse arrinconada en la sacristía y que con la práctica de ciertos ritos es suficiente. Tal postura es una deformación llamada ritualismo, contra el que protestaron con fuerza varios profetas del Antiguo Testamento.

También llama al ayuno tradicional, pero también a uno muy especial: "abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz". Y lo dejo hasta aquí para que ustedes saquen sus conclusiones, porque cualquier comentario mío sobra, sólo enlodaría la claridad y profundidad de su mensaje.

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