Cuando la justicia se extingue

Presenciamos tiempos en que hemos concebido la política sin justicia. La tendencia "ordenadora" de hoy es un hit electoral a nivel internacional, lo que por cierto ha dado paso al ejercicio del poder por medio de la fuerza sin restricciones normativas y por cierto sin consideraciones de carácter moral. Este concepto ha sido casi proscrito entre las dialécticas de progresismo y la reacción neoconservadora.

Las manifestaciones de la extinción de la concepción de justicia se expresan por medio de la rabia mayoritaria de los individuos y colectivos que apelan a la violencia para responder frente a lo consideran son las causas de sus amenazas. El ego; la falta de oración con sentido verdadero o encarnado en el prójimo; la arrogancia que proviene desde la ignorancia se confabula para que la justicia sea percibida como un accesorio prescindible o manipulable a los intereses "pragmáticos" que pretenden defender nuestros intereses.

En el transcurso del siglo XXI pareciéramos haber descubierto que santo Tomás se había equivocado en sus planteamientos. En efecto, los Tomistas y personalistas en general, quienes han sugerido que el orden solo tendrá sentido y sostén cuando sea justo, serían una expresión del "buenismo" a ojos de los neoconservadores o un letargo al avance de la autonomía subjetiva de la conciencia en la interpretación progresista.

En política vemos a diario como pseudodemocracias representan esta nueva fuerza ordenadora, que en materia migratoria separa a los hijos de sus padres, reivindican el supremacismo racial, se auto arrogan el derecho hacer la guerra de manera, dan soporte o estrechan lazos con quienes han cometido genocidio, incumplen los acuerdos (tratados) de manera discrecional en todos los ámbitos de las relaciones entre las naciones, establecen políticas de inteligencia y/o espionaje por medio de agresiones sexuales sistemáticas a infantes como arma de chantaje frente a los tomadores de decisiones de escala mundial, supeditan sin preámbulos las soberanías de los Estados más débiles, desconocen la evidencia científica y manipulan las creencias. Reinstauran la Guerra Santa.

No obstante, lo más revelador de estos tiempos no son las acciones de las pseudodemocracias que pretenden dominar el mundo y que actúan al margen de los principios, sino que constatar que los países en vías de desarrollo, potencias intermedias o regionales, van adhiriendo a la nueva gobernanza que prescinde de la justicia como un ideal de legitimidad. Se resignan a vivir en un mundo sin respeto a la ley y advierten que desde la perspectiva realista debemos asumir que no vale la pena la justicia.

En consecuencia, desde Occidente no podemos argumentar ser continuadores del legado de la tradición greco - latina y cristiana. Esta nunca pretendió una alianza geopolítica restringida a los intereses materiales o ideológicos (menos supremacistas), sino que, entre luces y sombras, con mayor o menor sincronía con el Creador, buscaron el camino de la justicia a la cual hoy renunciamos. En tal sentido, cuando muchos líderes se autoproclaman como cristianos, ¿debiéramos entender que los cristianos de hoy no son como los de antaño?

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