Uno de los fenómenos más interesantes y estudiados en la comunicación política actual es la mediatización. Es decir, la adopción de prácticas y estilos propios de los medios masivos por parte de otras esferas de la sociedad, normalmente buscando que los mismos medios den mayor y mejor cobertura a sus actividades.
No es un fenómeno nuevo. Desde la irrupción de la radio, la clase política comenzó a modificar sus discursos. Pero fue el desarrollo de la televisión lo que cambió todo: la imagen desplazó al argumento, o incluso se convirtió en él.
En los años '90, el periodista y ensayista francés Régis Debray publicó un libro llamado "El Estado seductor", donde planteó su tesis de la "videosfera": debido al auge del audiovisual, el poder político ya no estaría en las ideas, sino en la imagen, sobre todo la televisiva. En tal escenario, una tarea fundamental para el ejercicio exitoso del poder es el control de la imagen propia, así una valoración de la inmediatez como atributo clave de los medios electrónicos. O sea, hay que verse bien, y en el momento preciso.
Mucho de eso hemos visto en la puesta en escena del Presidente Kast, tras asumir. Principalmente en el evento nocturno en La Moneda. O al menos eso intentaron hacer: mientras el público esperaba ansioso afuera del palacio, cada cierto tiempo veíamos secuencias de Kast entregando instrucciones a sus ministros, y ellos se mostraban sumisos y obedientes.
Un espectáculo. Una performance. Muy de "videosfera". Pero algo falló: Kast.
Una de las claves del "Estado seductor" que describe Debray es el carisma del líder. Da lo mismo si es joven o viejo, neófito o experto. Sin carisma no hay imagen seductora. Pero, tal como algunos ya han advertido, el Presidente Kast no es carismático.
Incluso en esta puesta en escena, que fue ideada para él, se le veía incómodo. Esas sonrisas agotadas, tras tantas horas de ceremonial y protocolo. Esas breves pero significativas miradas de reojo a la cámara, como verificando que estaba allí, para luego recordar la instrucción que seguramente le dieron ("Presidente, no mire a la cámara").
Pero además sus mensajes a los ministros eran insulsos y repetitivos, pues estaban pensados para la muchedumbre de afuera (en la Plaza de la Constitución y en la televisión), no para sus interlocutores. Significantes vacíos, parafraseando a Laclau.
Y luego, el speech lacónico y aburrido. Como dice Carlos Peña, Kast parece siempre "amigo de las simplezas".
¿Qué tan seductor será el Estado liderado por Kast? Probablemente poco. Pero podría serlo si los asesores comunicacionales recuerdan que, al igual que en la comunicación corporativa, el discurso (o relato, como les gusta decir) hay que construirlo a partir de lo que hay, no de lo que quieres que sea.
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