Medio ambiente en la Cuenta Pública

El 1 de junio escuchamos la primera Cuenta Pública del gobierno. Llama la atención que la única mención sustantiva de los temas medioambientales sea en relación con cómo destrabar los proyectos que requieren regulación: "Vamos a seguir destrabando, proyecto por proyecto, permiso por permiso, hasta que invertir en Chile sea sinónimo de certeza y no de demora". Es un discurso peligroso, que instala la idea de que la preocupación por el medioambiente implica únicamente retrasar inversiones. Luego dice el presidente que un país serio invierte y cuida el medio ambiente al mismo tiempo. Eso sería lo ideal, pero la realidad del país dice otra cosa.

Sería ideal si Chile no hubiera sobrepasado el umbral de sobregiro ecológico el 7 de mayo, con el mayor índice de sobreutilización de recursos en Sudamérica. Esto quiere decir que, si todo el planeta viviera como nosotros, necesitaríamos 2,9 planetas para sustentar nuestro estilo de vida. Sería ideal si no se estuviera construyendo sobre humedales y dunas causando destrozos innecesarios, si no tuviéramos zonas de sacrificio en las que se observan aumentos de enfermedades causadas por agentes contaminantes, o si no tuviéramos un alto índice de agresiones a defensores ambientales.

La idea de contraponer la inversión con el cuidado del medio ambiente y hablar de "trabas" al referirse a la evaluación ambiental no solo es peligrosa, sino que además es falsa. Los recursos naturales no son infinitos. Si bien muchos son renovables, se requieren tiempos biológicos para permitir su subsistencia en el tiempo, y con ello la subsistencia de los seres humanos que los utilizan. Esto no es romanticismo, es biología básica, y estos procesos están estudiados y calculados. Si se construye sobre un humedal no solo se acaba con la vida silvestre del lugar, sino que se arriesga la estabilidad de las construcciones, poniendo en peligro a las personas. Si se sobreexplotan zonas marinas, el problema no es solo la biodiversidad en sí misma, sino también la sustentabilidad de la pesca para las comunidades que habitan esos lugares.

Los costos se difieren, pero no desaparecen. A largo plazo, esa biodiversidad que se destruyó en nombre de una inversión rentable es la que permitiría capturar los gases de efecto invernadero causantes del cambio climático, la que permitiría obtener agua limpia, la que contribuiría con compuestos para generar medicamentos en el futuro, o la que podríamos usar para construir de manera sustentable. Es decir, incluso desde una mirada antropocéntrica, conviene cuidar la naturaleza.

El punto de partida importa. Si nos pusiéramos primero de acuerdo en que proteger el medio ambiente no es un obstáculo para el desarrollo, sino un requisito, el crecimiento sería sustentable en el tiempo y beneficiaría a más personas.

Un país serio no arriesga su capital natural ni agrede a los defensores del medio ambiente. Un país serio entiende que el capital natural es finito y que los procesos biológicos no pueden apurarse. Un país serio entiende que la inversión y el cuidado no se contraponen, y que cualquier visión de largo plazo requiere proteger la única base sobre la que descansa cualquier economía.