Hace pocos días se ingresó al Congreso un proyecto de ley que reforma el Sistema de Admisión Escolar (SAE), bajo la consigna de "restituir el mérito" en la admisión y devolver a las familias la posibilidad de elegir. El esfuerzo importa y el mérito vale, se ha repetido desde el Ejecutivo, vinculando el desempeño académico temprano con la movilidad social.
La propuesta crea una vía de "Elección Mutua" para colegios con sobredemanda, que podrán considerar rendimiento académico desde séptimo básico, entrevistas a los apoderados y adhesión al proyecto educativo, conservando el mecanismo de asignación algorítmica solo para el resto de los casos. El relato es sencillo y apela a algo que suena de sentido común: que el esfuerzo sea reconocido y no quede sepultado por un mecanismo aleatorio.
Pero ya nos hemos preguntado antes, en otras columnas, qué hay detrás de esa palabra. ¿Es posible que un niño o una niña de seis años, que cursa su primer año de Enseñanza Básica, tenga "más mérito" que otro con las mismas características, y que por eso acceda a un "mejor colegio"? La pregunta sigue siendo válida, y se vuelve más urgente cuando el criterio se extiende a séptimo básico y se suman entrevistas a los padres. Algunas investigaciones en el área han mostrado con insistencia que lo que llamamos mérito, en un sistema con desigualdad de origen, rara vez mide esfuerzo individual puro: mide la acumulación de capital cultural, económico y social transmitido en la familia, capital que el sistema escolar traduce en talento personal, premiando a quienes ya partían en ventaja. Bajo el manto de la neutralidad, la escuela termina marcando como ganadores a los que ya lo eran antes de empezar a jugar.
Lo curioso es que tampoco el relato contrario -el que sostenía que bastaba con eliminar la selección y centralizar la asignación para desegregar el sistema- logró sostenerse frente a la evidencia. Distintos estudios sobre el funcionamiento del SAE en estos años muestran un patrón consistente: el algoritmo cumple su tarea técnica, empareja oferta y demanda con altos niveles de eficiencia, pero no logra revertir la fuga sostenida de familias hacia colegios particulares subvencionados con baja presencia de estudiantes prioritarios, mientras la matrícula municipal sigue perdiendo atractivo año a año. El mecanismo de asignación, por sí solo, no estaba tocando la raíz del problema: las familias seguían eligiendo en función del prestigio social y el temor a la mezcla, no porque el mecanismo de asignación se los impidiera o permitiera.
Esto debería obligarnos a un poco más de honestidad en el debate. La propia Mesa Técnica del SAE, convocada en 2025 con representación de distintos centros de estudios y pensamiento de diversas orientaciones políticas, revisó la evidencia disponible y no recomendó nada parecido a lo que hoy se discute en el Congreso. Propuso ajustes acotados, circunscritos a los Liceos de Alta Exigencia, y fue explícita en señalar que ningún estudio respaldaba la reposición de entrevistas como mecanismo de selección, justamente porque abre la puerta a que sea el colegio quien elija a la familia, y no al revés.
Académicos que integraron esa mesa lo han dicho sin rodeos: ahí donde se le entrega al sostenedor la decisión final, la experiencia comparada muestra que los más perjudicados son los estudiantes en condición de mayor desventaja.
Hay además un costo que rara vez se menciona en este debate, y que algunas investigaciones sobre la creencia meritocrática han documentado con cierta crudeza: una sociedad que se piensa a sí misma como meritocrática no solo termina culpando a quien pierde por no haberse esforzado lo suficiente, sino que vuelve más soberbios a quienes ganan, convencidos de que su posición se explica enteramente por talento propio. Esa ilusión -la de que el mérito es transparente y autosuficiente- es la misma que ya cuestionábamos cuando hablábamos del niño de seis años: ningún algoritmo, ni el del "sorteo" ni el del mérito, puede borrar el hecho de que la línea de partida nunca fue la misma para todos.
Quizás la pregunta que debiéramos estar haciéndonos no es si el ingreso a un colegio debe decidirse por mérito o por "azar", sino por qué seguimos construyendo un sistema en el que existen colegios estructuralmente deseados y colegios estructuralmente evitados. Mérito y asignación algorítmica centralizada son, en el fondo, dos maneras distintas de administrar una misma escasez: la escasez de educación pública de calidad, deseable y cercana. Mientras esa escasez no se resuelva, cualquier mecanismo de admisión, por sofisticado que sea su algoritmo, por noble que suene su apelación al esfuerzo, seguirá repartiendo un bien insuficiente entre quienes ya partieron con ventaja y quienes no.