Este es un gobierno en que el partido eje, republicanos, tiene que convivir con socios de la derecha que siente lejanos, mientras tiene fuera del gobierno a libertarios con los que se siente ideológica y políticamente más cercano.
De estos últimos, Arturo Squella dice que son sus aliados "naturales" y el jefe de la bancada de diputados republicanos, Benjamín Moreno, no parece muy amigo de las indirectas cuando dice: "Saquémonos la careta política, ideológicamente a quien somos más cercanos es al Partido Nacional Libertario".
Por lo demás, ambos partidos toman decisiones conjuntas de la que sus socios en el gobierno sólo se enteran cuando sienten el golpe.
A los más duros en la derecha no les faltan los buenos modales, pero eso no hay que confundirlo con las buenas intenciones. Los socios cercanos reciben el trato de subordinados y no otra cosa. Kast busca ser un componedor dentro de una relación radicalmente desequilibrada. Es la que quiere tener y la que le acomoda. Hace soportable la desigualdad de poder entre los partidos que lo apoyan. Es el papel que conscientemente está jugando.
Los sometidos no tienen la fuerza para rebelarse y lo que les queda es trabajar para que la Presidencia cambie de manos en el futuro y tengan el placer de tratar a sus socios de la misma forma como son tratados ahora. Todos los involucrados saben perfectamente de qué se trata y nadie tiene la fuerza ni el deseo de iniciar un gobierno con una fractura. Los electores no perdonarán al que se salga de la línea, así que se conservan las formas en el trato.
Cuando los están mirando desde fuera, parecen Versalles; cuando los dejan de mirar se parecen más a la típica rencilla en una cantina de puerto, claro que nadie los ha acusado jamás de ser excesivamente sinceros en su trato recíproco.
En RN una descripción descarnada de esta realidad ya es un lugar común en sus equipos directivo y la partida de sus análisis. Otros se dejan guiar más por las buenas maneras que ocultan malas intenciones. El presidente de la UDI, Guillermo Ramírez, salió de la reunión de los partidos con Kast diciendo: "Yo, al menos, salir de la reunión muy, muy contento", lo que lo describe a él "muy, muy bien".
Amistades peligrosas
Este modo de proceder deja las cosas como están, en una disputa cerrada entre segmentos de la derecha, con los participantes que ya conocemos, sin poder ampliarse hacia el centro ni agregar nuevos actores.
Para quienes sienten la tentación desde los sectores moderados de migrar, lo más seguro es que se encuentren atrapados de un modo fatal. Hasta ahora, ninguno de los que ha llegado ha podido sobrevivir y se consumen a una velocidad asombrosa.
No puede ser para menos porque entrar por la puerta que abren los dialogantes significa quedar cazados en una trampa y sometidos a los más intransigentes. A juzgar por los resultados, no debiera extrañarnos que en el comité de recepción se encuentre un jíbaro, de otro modo no se explica que a todos les corten la cabeza, se achiquen y los pongan en exhibición.
Los que entran como líderes, al principio no quedan sin cargos, pero sacrifican su influencia casi de inmediato y sus figuras se ponen mustias primero y se apagan sin remedio después a la sombra de los intransigentes.
En el pasado ocurrió con el PRI, que pocos recuerdan, y antes con Chile Primero de Fernando Flores, que a estas alturas algunos han pasado a creer que es una ocurrencia literaria del realismo mágico.
Amarillos se puso premonitoriamente ese nombre por las hojas de otoño que se ponen de ese color antes de caer. Y a Demócratas no le podía ir distinto usando una denominación que es tampoco trayente para republicanos y libertarios. Para los partidos de centro la compañía de la extrema derecha es como Atila: por donde pasa su caballería no vuelve a crecer el pasto.
Vamos a Puerto Montt, pero algunos se bajan en Chillán
La lucha por el poder en la derecha quedó zanjada en la campaña presidencial, pero la necesidad de asegurar la sobrevivencia no perdona a nadie. Aquí existe la convicción que el futuro les pertenece, pero no está claro que el partido dominante esté pensando en mantener los mismos socios luego de un tiempo.
Las entusiastas visiones de un porvenir compartido tienen que ser analizadas con cuidado. Kast quiere hacer soportable el presente a los partidos de derecha con la promesa de que, juntos, puedan tener dos o tres gobiernos. Eso les hace sentido.
Si el mañana estuviera pensado para socios con fuerzas equilibradas, el oficialismo ya habría conformado una coalición. Pero esta última no pasa de ser una mención de la que nadie se hace cargo. En política, lo que no tiene metas, bajadas y cronograma, no tiene existencia. Corresponde más bien a un calmante, a una declaración de intenciones. Como en la película "Matrix", siempre queda la opción de tomarse la píldora azul que adormece para seguir sometidos.
El futuro de la centroderecha importa a los otros sectores porque implica la preservación de una cierta autonomía de los actores políticos de esta área del espectro que no están subordinados a los actores económicos. Aportan un filtro.
La discusión de la megarreforma encabezada por el ministro Quiroz muestra una cruda defensa de intereses que hace del diálogo una sombra de lo que debe ser. En la derecha se había respetado la política como una actividad que no se puede subordinar pura y simplemente a los intereses económicos y que tiene su esfera propia. Quienes predominan en el gobierno ocupan una lógica "extractivista": se están llevando todo lo que pueden transportar a su lugar de residencia permanente. Vienen del mundo privado y volverán a él apenas cumplan con su cometido.
Puede que el ciudadano común no esté contento, pero los ciudadanos poco comunes, antiguos y futuros jefes de las actuales autoridades, se ven muy complacidos con lo que está pasando y eso, al final, es lo que más les importa.
No es la forma habitual de comportarse en política porque sus actores se quedan a pagar las cuentas por sus errores, ese es un motivo que disuade de excederse en las medidas tomadas. En cambio, ahora los costos acumulados por decisiones impopulares se asumen con un estoicismo nunca visto y las resoluciones están siendo encaradas con una fría indiferencia, como si no importara y algo de eso hay. Se necesita un socio para los acuerdos en la centroderecha. Los dialogantes son insustituibles para cambiar la actual lógica del apostador por el comportamiento del que se hace responsable de las consecuencias de lo que decide.