"Expresamos nuestra incredulidad ante una decisión sin precedentes, incomprensible e injustificable". Así culminaba el parte de la UEFA ante la inédita situación vivida con el futbolista estadounidense Folarin Balogun en el Mundial 2026.
El caso ya es bien conocido, pero recordemos que el delantero del Mónaco -la gran figura de su equipo en este campeonato- fue expulsado por una agresión en el partido contra Bosnia y Herzegovina, debiendo cumplir su sanción en el siguiente encuentro, por octavos de final, frente a Bélgica. De acuerdo con lo reportado por Associated Press, el presidente Trump llamó a Gianni Infantino (timonel de la FIFA) para exigir la revisión del caso. A las pocas horas se decide "suspender" la tarjeta roja de Balogun -lo que implica que el jugador solo cumplirá su castigo si reincide en un plazo de un año-, con ambas autoridades reconociendo la conversación.
Este caso despierta múltiples reflexiones. Para quienes somos amantes del fútbol, quizás lo primero se relaciona con cómo se ha terminado por distorsionar el "deporte rey". En un contexto en donde pesa más el espectáculo y las ganancias, llega a ser aceptable dejar a un lado el capital más relevante de una competencia: la deportividad. Esto ya lo habíamos advertido en otras ocasiones, quizás la más evidente fue el intento de crear una "súper liga" entre "los mejores" equipos del mundo, autodesignados y sin posibilidad de descenso. Y es cierto, todos queremos ver un Real Madrid versus Manchester United, pero no a cualquier costo.
Precisamente un encuentro como ese tiene sentido por el proceso previo, por la competencia y la (supuesta) igualdad de trato entre los equipos participantes. Pero hay más detalles que muestran cómo el foco se ha ido desplazando con fuerza en los últimos años. Las actuales pausas de hidratación -muy convenientes en términos comerciales- se están transformando en minicharlas técnicas en términos deportivos. Podemos estar a favor o en contra, pero no desconozcamos la desnaturalización de una de las estructuras históricas del fútbol. Ya no existen dos tiempos.
Lo segundo -y a mi juicio lo más relevante- tiene que ver con el silencio de quienes están llamados a defender ciertas instituciones, las cuales año a año han sido afectadas por nuevas formas de ejercer la diplomacia. Personajes como Rio Ferdinand o el mismo Mauricio Pochetinno, que algo saben de fútbol, terminaron validando el absurdo. Todo mientras el presidente de EE.UU., sin mucha vergüenza, reconocía el llamado a Infantino, ridiculizando las reglas de un deporte que él mismo declaraba no entender ("me explicaron lo que era una tarjeta roja").
Eso es lo interesante, pues poco importa que se comprenda el sentido de las reglas del fútbol, ya que eso implicaría trasladar la discusión diplomática a posiciones en torno a bienes abstractos que no son fácilmente asibles por la demagogia y el populismo. Y como cuesta defender el orden institucional (o el Estado de Derecho, en otros casos), la declaración de la UEFA es particularmente valiosa. Cuando la certeza de las reglas deja de estar garantizada por quienes deben custodiarla, queda en riesgo la integridad del juego y se debilita la credibilidad de la competencia, señaló el organismo europeo.
Para los futboleros, la situación deportiva quedó un tanto solucionada por la siempre deseable "justicia divina", pues Bélgica terminó goleando a un Estados Unidos con todas sus estrellas en cancha. Sin embargo, la arista política sigue igual de latente. La situación no puede quedar sin reproche y, allí, las autoridades locales debiesen seguir con fuerza alzando la voz. Frente a todos los capitales que están en juego, los más deseables suelen ser los más fáciles de sacrificar. Tratemos de añadir más costo a esas decisiones.