SAE: los lentes con los que miramos

En las últimas semanas el Sistema de Admisión Escolar (SAE) ha vuelto a ocupar un lugar central en la discusión pública. Se debate si debe mantenerse, modificarse o avanzar hacia un sistema mixto. Los argumentos se multiplican y las posiciones parecen irreconciliables. Sin embargo, en medio de esa discusión emerge una pregunta menos evidente: ¿Estamos realmente observando el mismo fenómeno? Quizá, antes de discutir cualquier política pública, convenga detenernos en algo más profundo: la manera en que construimos aquello que creemos estar observando. No basta con mirar un fenómeno: también es necesario observar el acto mismo de observar. Aquella realidad siempre aparece atravesada por nuestra historia, observamos desde quienes somos.

Desde esa perspectiva, el SAE deja de ser un objeto idéntico para todos. Lo que cambia no es el sistema, sino el observador. Hay quienes ven un mecanismo que busca disminuir desigualdades, otros observan una limitación a la capacidad de elección de las familias. Algunos destacan su transparencia, mientras otros enfatizan la incertidumbre que genera. Todos hablan del mismo sistema, pero no necesariamente están observando el mismo fenómeno. Y esa diferencia, aparentemente sutil, modifica por completo la naturaleza del debate, porque ya no discutimos únicamente un sistema de admisión escolar, discutimos las interpretaciones que construimos sobre él.

Existe, además, un elemento profundamente humano que suele quedar fuera de la conversación: ninguna familia enfrenta el proceso de admisión únicamente con información, también lo hace con expectativas, temores, ilusiones y proyectos de vida. Las emociones no aparecen después de interpretar el sistema, participan desde el comienzo. Así, observar nunca ha sido un acto exclusivamente racional, también es un acto emocional.

Tal vez ahí aparece uno de los aspectos más interesantes del debate contemporáneo. No solo observamos el SAE, observamos cómo otros lo observan. Poco a poco dejamos de discutir el fenómeno para debatir las interpretaciones del fenómeno y, más tarde, las interpretaciones de esas interpretaciones. Sin advertirlo, el observador termina formando parte del propio fenómeno que intenta explicar. Esa es, precisamente, la fuerza de la recursividad. No consiste únicamente en pensar sobre lo que pensamos, sino en reconocer que cada nueva observación también transforma al observador. Cuando somos capaces de advertir ese movimiento, nuestras certezas dejan de parecer verdades absolutas para convertirse en comprensiones siempre abiertas a nuevas miradas.

Quizá el mayor desafío que hoy nos plantea el debate sobre el SAE no consista únicamente en perfeccionar un sistema de admisión escolar. Tal vez el desafío sea desarrollar la capacidad de observar cómo observamos. Porque solo cuando dirigimos la mirada hacia nuestra propia forma de comprender, el diálogo deja de ser una confrontación de certezas para convertirse en una oportunidad genuina de comprensión.

Y quizás esa sea una de las contribuciones más valiosas que puede ofrecernos este debate: recordarnos que, antes de transformar los sistemas con los que organizamos nuestra convivencia, también vale la pena detenernos a observar los lentes con los que miramos el mundo, en mi opinión, enfoque tan necesario a la hora de revisar un sistema de admisión en la educación.