Leo los resultados del último estudio de Activa Research para WIN y me resisto a caer en el lugar común del diagnóstico fácil. Los medios tradicionales titubearán con frases como "preocupante desencanto juvenil" o "falta de esperanza". Pero permítanme ser claro: la juventud chilena no está deprimida, está despierta. Cuando el 68% de los jóvenes entre 18 y 24 años declara que se iría del país si pudiera, está emitiendo un veredicto político y económico sobre el fracaso de un sistema que les ha vendido un futuro en cuotas que jamás podrán pagar.
No se trata de capricho generacional ni de una crisis existencial. Se trata de cálculo material. Los datos son tozudos: apenas el 44% de estos jóvenes cree tener más oportunidades que sus padres, un desplome de 15 puntos respecto a lo que piensa el adulto promedio chileno. Esa brecha generacional, la más alta de América Latina, es la grieta por donde se escapa la legitimidad del llamado "progreso" nacional. Mientras la generación de los padres todavía se aferra a la memoria de un Chile que prometía movilidad social ascendente, esa ilusión neoliberal de los años '90, los hijos ya han hecho las cuentas y saben que la clase media no se hereda, se precariza.
El caso de la vivienda es el más grotesco. El 56% de los jóvenes del mundo cree que podrá comprar una casa propia. En Chile, ese sueño se estrella contra el 35%. Pero ojo, no es que sean pesimistas; es que son realistas. ¿Cómo va a creer en la propiedad privada quien ve que el salario mínimo no alcanza ni para el arriendo de una caja de fósforos en la periferia de Santiago? El informe señala que el 44% de ellos cree que nunca podrá pagar una vivienda. Frente a esta evidencia, la esperanza no es una virtud, es un autoengaño. El capitalismo inmobiliario chileno, ese que convirtió el suelo en un activo financiero especulativo, ha expulsado simbólicamente a toda una generación de su derecho a habitar el territorio que construyeron sus ancestros.
¿Y qué decir de la esperanza en el futuro del país? Los adultos dicen sentirse esperanzados en 60%. Los jóvenes, solo 57%. A primera vista la diferencia parece menor, pero el contexto mundial la vuelve monstruosa: mientras el promedio global juvenil llega al 63%, aquí los jóvenes son más escépticos que sus mayores. En la mayoría de las naciones, la juventud es la depositaria del optimismo. En Chile, son los adultos los que viven de rentas del pasado, mientras los jóvenes pagan el costo de un modelo agotado. ¿La consecuencia lógica? La fuga de cerebros y brazos. El 68% de ellos quiere emigrar. No son "ganas de viajar", es la búsqueda desesperada de países donde el trabajo dignifique y no explote; donde el Estado regule y no solo administre la pobreza.
Me niego a leer estas cifras como un problema de "autoestima nacional" o de "falta de liderazgos". Eso es psicologizar la miseria material. La juventud chilena está respondiendo con total lucidez a las contradicciones de un capitalismo periférico que necesita mano de obra barata pero no ofrece vivienda, que celebra el emprendimiento pero precariza el empleo, y que abre las fronteras para el capital financiero pero cierra las puertas a los sueños de sus propios hijos.
El sistema político y el empresariado deberían sentir escalofríos al leer estos datos. No porque "se nos va la juventud", sino porque la juventud ya dictó sentencia sobre el modelo. El pesimismo juvenil es el radar de una sociedad que camina hacia el abismo. Mientras sigamos celebrando el "crecimiento" del PIB sin preguntarnos quién se queda con la riqueza, mientras el acceso a la vivienda siga siendo un privilegio y no un derecho, el éxodo no será una amenaza, será una profecía autocumplida.
Los jóvenes no necesitan talleres de "mindfulness" para ser más felices; necesitan políticas de redistribución, salarios dignos y un Estado que garantice el derecho a la ciudad y al futuro. Si no escuchamos el mensaje que encierran estas cifras, dentro de unos años estaremos escribiendo columnas sobre el vacío demográfico, preguntándonos por qué los mejores talentos se fueron, cuando la respuesta la teníamos hoy, escrita con tinta de datos y sangre de esperanza frustrada.