El valor agregado debe sustentarse financieramente

"Enami procesará en su propia planta el stock de concentrado con contenido de oro acumulado para obtener una mayor rentabilidad del metal". Con ese anuncio, el ministro de Economía y Minería, Daniel Mas, informó que la empresa estatal habilitará una línea piloto en Vallenar para recuperar el oro contenido en cerca de 450.000 toneladas de concentrado acumuladas en sus instalaciones.

La decisión parece confirmar una idea profundamente instalada en el debate sobre el desarrollo productivo del país: que mientras mayor sea el procesamiento de un recurso natural, mayor será el valor que genera. Sin embargo, ¿es realmente así?

Desde un punto de vista financiero, la respuesta depende de una pregunta obvia: ¿El procesamiento adicional genera suficiente valor para compensar los recursos adicionales que requiere?

Esta interrogante es el aspecto clave de cualquier decisión de inversión. Que un producto con mayor grado de elaboración alcance un precio superior no significa, por sí solo, que genere una mayor rentabilidad. Procesar también implica consumir energía, utilizar reactivos, invertir en infraestructura y equipos, financiar capital de trabajo, utilizar capacidad instalada y asumir riesgos operacionales. Todos esos recursos tienen un costo y deben generar un retorno.

Por ello, cuando una empresa ya dispone de un producto que puede comercializar, la decisión no debería basarse en el costo total incurrido para obtenerlo. Lo relevante es comparar únicamente los beneficios y costos asociados a la etapa adicional de procesamiento. Este criterio, conocido como análisis incremental, constituye una herramienta fundamental en la evaluación financiera de inversiones.

Bajo esa lógica, lo más interesante del anuncio no es que Enami procese el concentrado con contenido de oro. Lo relevante es que haya decidido evaluar si esa alternativa crea más valor que comercializar el material en su estado actual. El mérito no está en procesar o vender, sino en que la decisión se sustente en evidencia financiera y no en intuiciones.

Este anuncio también deja otra reflexión. Durante años, cerca de 450.000 toneladas de concentrado permanecieron acumuladas. Ese volumen no solo plantea la conveniencia de procesarlas o venderlas; también invita a preguntarse por el costo de mantener recursos inmovilizados y por la importancia de gestionar eficientemente los activos y el capital de trabajo.

Esta discusión trasciende ampliamente a Enami. Chile lleva décadas debatiendo cómo capturar un mayor valor agregado de sus recursos naturales. Con frecuencia, el debate se plantea como una elección entre exportar materias primas o industrializarlas. Sin embargo, la verdadera pregunta es otra: ¿En qué etapas de la cadena de valor somos realmente capaces de generar riqueza de manera competitiva?

El mismo análisis es aplicable al cobre, al litio, a la industria forestal o al hidrógeno verde. En todos esos casos, el desafío no consiste simplemente en incorporar nuevas etapas de procesamiento. Consiste en demostrar que esas etapas generan una rentabilidad superior al costo de los recursos que demandan.

Valor agregado y procesamiento no son sinónimos. Un país puede incorporar más etapas productivas y, aun así, destruir valor si esas actividades no generan retornos suficientes. Del mismo modo, vender un producto en una etapa anterior puede ser la decisión financieramente correcta si permite utilizar mejor el capital y los recursos disponibles.

La decisión anunciada por Enami deja, entonces, una enseñanza que va mucho más allá del oro. El desarrollo productivo no debería medirse por la cantidad de procesos que incorpora una economía, sino por la riqueza que esos procesos son capaces de generar. Porque el valor agregado no se presume ni se decreta. El valor agregado debe sustentarse financieramente.