Encuesta CEP: el espejismo del orden y la sociología del despojo

La reciente entrega de la Encuesta CEP N°96 no hace más que confirmar lo que veníamos advirtiendo: Chile ha entrado de lleno en la fase más aguda de la restauración conservadora y neoliberal. El desembarco de José Antonio Kast en La Moneda, lejos de constituir un quiebre con el modelo agonizante, representa la radicalización defensiva de una élite que ha decidido blindar los privilegios del gran capital mediante el despliegue del miedo, el punitivismo y la xenofobia como políticas de Estado.

Sin embargo, ante este tipo de instrumentos, el primer deber de la izquierda transformadora es el desmontaje metodológico. Abordar la CEP únicamente desde sus resultados cuantitativos es caer en la primera trampa del dispositivo. Las encuestas de los centros de estudios de la burguesía no fotografían la realidad: la construyen, la delimitan y la configuran a la medida de las necesidades de la clase dominante. No estamos ante un termómetro social, sino ante una tecnología de producción de subjetividad diseñada para fijar los márgenes de lo "posible" y lo "discutible".

Basta mirar el diseño de las preguntas para descubrir el sesgo ideológico y de clase que las vertebra. Cuando la encuesta indaga en las causas de la delincuencia y ofrece un menú cerrado donde figuran "la inmigración" o "las bajas penas", opera una rigurosa operación de ocultamiento. El instrumento excluye deliberadamente las causas estructurales: no existe la opción de marcar "la desigualdad extrema", "la falta de oportunidades" o "la violencia del modelo económico". Al obligar al encuestado a elegir dentro del catálogo transaccional de la derecha, la encuesta induce una respuesta punitiva, legitimando el discurso criminalizador y desviando la rabia social hacia el eslabón más desvalido de la clase trabajadora: el hermano migrante. La xenofobia, que hoy registra 67% de adhesión en el vínculo migración-delincuencia, opera como el perfecto amortiguador del conflicto de clases. Se empuja a los sectores populares a identificar al enemigo en el extranjero precario y no en los que pagan sueldos de miseria, tampoco en los dueños de las AFP o de las isapre, tampoco en el rentista o el especulador. Es la consumación de lo que Frantz Fanon describía como la colonización de la subjetividad: el dominado pensando con los ojos del dominador.

El módulo económico es, por su parte, un manual de ortodoxia neoliberal y chantaje fiscal. Al preguntar si la situación de la "deuda pública" es grave y ofrecer de inmediato como solución principal "reducir el gasto en la administración del Estado", el viejo cliché de la "grasa estatal", se implanta un sentido común oligárquico. Se asume como verdad incuestionable que el Estado debe achicarse, mientras se silencia de raíz cualquier alternativa de transformación estructural, como una reforma tributaria a los superricos o la recuperación efectiva de nuestros recursos naturales. La encuesta instala la necesidad del ajuste. No obstante, la misma muestra devela la contradicción vital del pueblo: un masivo rechazo a que dicho recorte toque sus prestaciones básicas. Hay una memoria material de los derechos que la ideología dominante aún no logra borrar del todo.

El 34% de aprobación con el que arranca esta administración derechista, frente a un contundente 52% de desaprobación a solo 90 días de asumir, desmitifica la supuesta hegemonía cultural de la reacción. Lo que vemos no es un apoyo mayoritario a un proyecto de sociedad, sino el resultado de un diseño mediático que ha inoculado con éxito el terror en el cuerpo social para justificar el repliegue autoritario. Por eso, el sesgo de la encuesta se vuelve obsceno al evaluar la protesta social, empaquetando la toma de colegios o la evasión del transporte público como simples "incivilidades" condenables, desprovistas de su matriz de injusticia originaria, mientras se romantiza ese "consenso de los acuerdos" (62%) que no es otra cosa que la vieja cocina política transaccional a espaldas de la gente.

La gran lección de estos datos trucados de la encuesta de los grandes empresarios de Chile, es para las fuerzas transformadoras. La derrota cultural que pavimentó el camino a este gobierno se arrastra desde el repliegue institucional de los últimos años, donde la militancia de base y territorial fue reemplazada por la lógica del funcionario. Si los aparatos represivos lideran la confianza ciudadana mientras los partidos políticos tocan fondo, es porque el Estado ha dimitido de su rol protector y comunitario.

A la ultraderecha y a sus aparatos de propaganda sociológica no se les derrota moderando el discurso, validando sus herramientas de medición sesgadas o disputándole la agenda de la seguridad desde el mismo marco punitivo. Se le derrota rompiendo el cerco epistemológico, reconstruyendo el tejido social, disputando el sentido común en cada barrio y demostrando, en la práctica concreta de los gobiernos locales y la organización popular, que el único orden real y sostenible es aquel que emana de la justicia social, la dignidad y la solidaridad colectiva.