Cuando el papeleo le gana a la educación

Pregúntele a cualquier director de escuela, jardín infantil o sala cuna en qué se le fue la semana. Le van a hablar de plataformas, informes, formularios y correos urgentes. Es difícil que le digan: "Estuve en las aulas, viendo clases".

Eso no es una impresión suelta. Un experimento con 354 directores y directoras de colegios chilenos, encabezado por el investigador Javier Fuenzalida y publicado en la revista Review of Public Personnel Administration, lo midió. A cada uno se le planteó un escenario en que sus exigencias administrativas subían, bajaban o quedaban igual.

Cuando subían, aumentaba el riesgo de agotamiento: más cansancio, más distancia con las personas y menos sensación de que su trabajo sirviera para algo. El experimento se hizo entre 2018 y 2019, antes de la pandemia; sin embargo, nada de lo que hemos visto desde entonces sugiere que la carga haya bajado.

Así lo hemos constatado en Impulso Docente, a través de una encuesta a los directores Premio LED. Aquí algunos casos concretos que se extraen de ese trabajo.

En el Instituto Politécnico María Auxiliadora, por ejemplo, los protocolos estaban repartidos entre varios profesionales. Un mismo estudiante era entrevistado varias veces sobre el mismo hecho: "Un exceso de intervención que afectaba su bienestar", dice su director, Manuel Urrutia. La solución no fue una nueva plataforma ni un nuevo protocolo. En su caso, fue una reunión semanal fija y una ficha única, compartida por los siete profesionales que antes anotaban por separado. Hoy ese estudiante cuenta su historia una sola vez.

En la escuela rural El Melí, el problema era otro. Cada compra exigía redactar un certificado en Word, uno por cada artículo a adquirir. Las solicitudes viajaban en papel a una oficina de otra comuna, donde -cuenta su directora, Mónica Navarro- "terminaban en extravíos frecuentes de documentación". Mientras el trámite daba vueltas, los materiales no llegaban y "los propios docentes debían financiar la compra de materiales de su bolsillo". La escuela lo resolvió con un registro digital único.

Y en el Liceo Bicentenario Minero S.S. Juan Pablo II, de Alto Hospicio, la dificultad estaba en la duplicación de trámites. Tres instituciones le pedían la misma información y el liceo debía mantener al día 18 respaldos que cambiaban cada mes. Su directora, Goighet Andrade, terminó liberando media jornada de un inspector que había estudiado ingeniería solo para ordenar datos. El liceo paga, con su propio personal, lo que el sistema le exige.

Estos tres casos tienen algo en común: las escuelas no se quedaron esperando. Encontraron maneras de simplificar procesos que el sistema había vuelto innecesariamente complejos.

Pero también muestran un límite. No podemos esperar que cada escuela tenga que resolver por su cuenta las dificultades que genera el sistema. Si para evitar una duplicación de información un liceo debe destinar media jornada de un funcionario, estamos trasladando a los establecimientos el costo de corregir problemas que deberían resolverse en otro nivel.

El Ministerio de Educación tiene el desafío de avanzar hacia un sistema de rendición de cuentas más simple y coordinado, que elimine duplicaciones y, sobre todo, que convierta la información que solicita en un insumo útil para la toma de decisiones.

Esa será precisamente una de las conversaciones que tendremos el próximo 3 de septiembre, en el Campus Oriente de la Universidad Católica, durante el 2° Encuentro Anual de la RED de Líderes LED, "¿Para qué queremos menos burocracia? Cómo liberar tiempo para aprender". Será una instancia para mirar de frente este problema, compartir las prácticas que los propios directores y directoras han desarrollado para recuperar tiempo y buscar soluciones que puedan ir más allá de cada establecimiento.

Porque las escuelas tienen mucho que enseñar sobre cómo hacer más simples estos procesos. Pero también necesitamos escucharlas para identificar qué debe cambiar en la política pública y en el diseño del sistema para que esas soluciones puedan escalar. Al final, la pregunta no es solo para qué queremos menos burocracia, sino para qué queremos liberar ese tiempo.