Hay algo especial en los viajes largos cuando hay niñas y niños en el asiento de atrás. Y quizás, después de una jornada en que volvimos a hablar de infancia, juegos y regalos, vale la pena detenerse en algo mucho más cotidiano y, al mismo tiempo, extraordinario: la manera en que niñas y niños miran el mundo y no dejan de preguntarnos por él.
Mientras los kilómetros pasan lentamente, el paisaje cambia detrás de la ventana. Una montaña da paso a otra. Aparece un río, luego el mar, después un bosque. Afuera todo parece avanzar en silencio. Adentro, en cambio, comienza otro viaje
Al principio aparecen las preguntas de siempre: "¿Cuánto falta? ¿Ya llegamos?"
Pero llega un momento en que el viaje deja de medirse en kilómetros y comienza a medirse en preguntas: "¿Por qué las montañas tienen esa forma? ¿Por qué el mar siempre vuelve a la orilla? ¿Por qué los pájaros pueden volar y nosotros no?"
Y, de pronto, sin ninguna advertencia, llega una pregunta que obliga incluso a los adultos a guardar silencio.
— Papá... ¿por qué yo soy yo?
En nuestra familia esos viajes son frecuentes. Mi hija mayor suele viajar con un libro entre las manos o con música en los audífonos. Mi hijo del medio llena cuadernos dibujando personajes nacidos de su imaginación. El menor recorre el paisaje con la mirada, convencido de que en cualquier momento puede aparecer un fósil de dinosaurio que nadie había encontrado antes. Cada uno viaja a su manera. Pero hay algo que siempre los une: tarde o temprano aparece un "¿por qué?" capaz de transformar un viaje cualquiera en una expedición hacia lo desconocido.
Los adultos respondemos como podemos. A veces acertamos. Otras, simplemente improvisamos. Y no son pocas las ocasiones en que descubrimos que tampoco sabemos la respuesta.
Quizá ese sea uno de los mayores regalos que nos hacen las niñas y los niños. No solo nos hacen preguntas. Nos obligan a mirar de nuevo un mundo que creíamos conocer. Allí donde nosotros vemos costumbre, ellos siguen viendo misterio.
Con los años acumulamos conocimientos, experiencia y certezas. Pero, casi sin darnos cuenta, dejamos de sorprendernos. Nos acostumbramos a que el cielo sea azul, a que una semilla se convierta en un árbol, a que un imán se pegue en el refrigerador o a que una araña pueda caminar por el techo. Lo extraordinario deja de parecernos extraordinario.
Hay otra diferencia aún más profunda. Los niños no solo preguntan mucho. Preguntan sin miedo. Todavía no conocen esa sensación, tan propia de los adultos, de pensar que una duda puede parecer ingenua o revelar ignorancia. Para ellos no existen preguntas demasiado simples. Y quizá por eso son capaces de formular las más difíciles.
Después de muchos años recorriendo colegios y participando en actividades de divulgación, sigo esperando el momento en que una niña o un niño se anima a preguntar. Casi siempre sé que lo que viene a continuación me obligará a pensar. No porque vaya a escuchar una pregunta complicada, sino exactamente por lo contrario. Porque preguntará algo tan sencillo que descubriré, una vez más, que responder con honestidad es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Quizá la infancia no sea la etapa de la vida en que menos sabemos. Quizá sea la etapa en que mejor sabemos preguntar.
Mucho antes de los laboratorios, de las ecuaciones, de los microscopios o de los telescopios, todo comienza cuando alguien se resiste a aceptar que "porque sí" o "porque siempre ha sido así" es una explicación suficiente y decide volver a preguntar por qué. Así han comenzado, una y otra vez, los grandes descubrimientos de la humanidad.
Y esa capacidad de preguntar nunca había sido tan importante como hoy.
Vivimos en una época en que nunca fue tan fácil obtener respuestas. Quizá por eso se ha vuelto todavía más importante aprender a formular buenas preguntas. Porque las respuestas cambian con el tiempo, pero son las grandes preguntas las que han empujado a la humanidad hacia adelante.
Una respuesta puede cerrar una conversación. Una buena pregunta puede abrir siglos de descubrimientos.
El fin de semana celebramos el Día de la Niñez. Hubo juegos, regalos y abrazos. Todo eso merece celebrarse. Pero sospecho que muchos de los recuerdos que realmente permanecerán no serán los juguetes. Serán esos viajes compartidos, el paisaje pasando lentamente por la ventana y una voz desde el asiento de atrás interrumpiendo el silencio con una pregunta imposible.
Dentro de algunos años, esos viajes serán distintos. Llegará un día en que el asiento de atrás viajará en silencio, ya sin preguntas sobre las montañas, el mar o las estrellas, signo inevitable de que los hijos han crecido.
Ojalá, para entonces, no seamos nosotros quienes hayamos dejado de preguntarnos por el mundo. Una sociedad no envejece cuando aumentan los años de sus habitantes. Envejece cuando deja de hacerse preguntas con la libertad de los niños.