El debate educativo actual se centra a menudo en la inteligencia artificial y la automatización. Sin embargo, más allá de la velocidad o la eficiencia, el verdadero aporte de la tecnología reside en su capacidad para conectar realidades que antes permanecían aisladas.
La semana pasada, la Universidad de Chile dio la bienvenida a cerca de 400 estudiantes internacionales. Es una noticia que merece celebrarse, pero que también plantea un cuestionamiento institucional: ¿Qué ocurre con quienes no pueden acceder a una movilidad física? La internacionalización no puede seguir siendo un privilegio reservado para quienes cuentan con los recursos para estudiar en otro país. El verdadero desafío es democratizar ese acceso y acercar la experiencia internacional a todos los estudiantes.
Este mes, 46 estudiantes de primer año de mi curso Fundamentos de Costos están "viajando" sin salir de Santiago. Al integrar el Aprendizaje y Servicio (A+S), donde los estudiantes trabajan resolviendo desafíos reales de un emprendimiento local, con el Aprendizaje Colaborativo Internacional en Línea (COIL), estamos acercando la internacionalización a quienes, de otra forma, difícilmente podrían vivirla. Mientras el A+S aporta pertinencia territorial e impacto social, el COIL incorpora una dimensión global: estudiantes de distintos países colaboran virtualmente para resolver problemas comunes, enfrentándose a perspectivas diversas y aprendiendo a construir acuerdos en un entorno donde las fronteras son digitales y no geográficas.
Coordinar husos horarios y armonizar programas académicos para que estudiantes de primer año trabajen con pares al otro lado de la cordillera no ha sido trivial, pero ha sido un esfuerzo que vale la pena. Y es precisamente en esa coordinación donde ocurre el aprendizaje más valioso. Cuando una estudiante en Santiago y otro en Argentina discuten cómo clasificar los costos de un emprendimiento bajo presión, no solo aplican contenidos disciplinares. También desarrollan competencias interculturales, aprenden a negociar ideas, a comprender otras formas de pensar y a construir soluciones en conjunto. Esa experiencia difícilmente puede replicarse en un aula tradicional o encontrarse en un manual.
La evidencia respalda esta intuición pedagógica. Una revisión de 56 estudios científicos sobre COIL, publicada en el Journal of Studies in International Education, encontró que en el 61,8% de los casos la metodología generó resultados positivos en el aprendizaje intercultural de los estudiantes (Fukkink et al., 2024). No es una fórmula infalible -también se observan resultados neutros o mixtos-, pero la tendencia confirma que estas experiencias, bien diseñadas, dejan huella más allá de lo anecdótico.
Más allá de la herramienta tecnológica, lo verdaderamente transformador es el propósito pedagógico. Como docente, he comprobado durante años que el A+S cambia la manera en que los estudiantes entienden su rol profesional. Hoy, al incorporar una dimensión internacional, damos un paso más hacia una formación capaz de responder a un mundo cada vez más interconectado.
La universidad tiene la responsabilidad de preparar profesionales para esa realidad. Cuando vea a mis estudiantes trabajando juntos -viajando sin moverse de sus asientos- sabré que estamos avanzando en la dirección correcta. En este caso, las fronteras dejan de ser un límite cuando ponemos la tecnología al servicio de la colaboración humana. Nada de esto sería posible sin el trabajo conjunto de la Oficina Internacional, liderada por María Jiménez, y Oficina de Responsabilidad Social universitaria, liderada por Camila Fara, ambas de la FEN U. de Chile, que hacen posible esta articulación entre equipos y países.