Siempre estoy conversando con personas que están conectadas con el mundo rural de América Latina: agricultores, dirigentes campesinos e indígenas, funcionarios de municipios rurales, organizaciones de la sociedad civil, profesionales de distintas disciplinas, investigadores, personas retiradas y curiosos observadores.
En esas conversaciones aparece, cada vez con más fuerza, algo que atraviesa el debate contemporáneo sobre pobreza y desarrollo rural. Por un lado, la aceleración de la sociedad y la irrupción de la inteligencia artificial en la vida cotidiana y productiva. Por otro, la retracción de la inversión pública, de la cooperación internacional y de buena parte de los fondos disponibles para proyectos en la nueva ruralidad.
Los ejemplos no sorprenden a nadie. El uso intensivo del celular entre las nuevas generaciones, la consulta constante a distintas plataformas sobre todo y sobre nada, la conexión de la ruralidad con un mundo global que hasta hace poco parecía lejano. Hoy, contar una historia suele venir acompañada de un video, un fragmento de TikTok que despeja cualquier duda sobre su veracidad.
Por otra parte, el año 2025 se visualiza como un momento bisagra, con la salida de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) del escenario latinoamericano. Sumado a los cambios en los liderazgos políticos de la región, se reconfiguró toda la arquitectura del financiamiento, tanto pública como privada.
Frente a este escenario, las conversaciones suelen decantar en un estado de ánimo más bien pesado, en el que se visualiza como salida una rápida adaptación a los tiempos. Si la ruralidad muta y el financiamiento cambia, hay que acomodarse a los nuevos vientos. Esto significa apropiarse del lenguaje y la orientación de los proyectos: hablar de innovación, de digitalización, usar palabras como "lab", "hub" y "traccionar". Es un lenguaje que no carece de razón: hay dinámicas emergentes que exigen herramientas nuevas.
Ahora bien, hay voces que le hacen contrapeso a esta primera entrada a la conversación. Estas voces advierten que se está poniendo un énfasis excesivo en el presente, dejando de lado la historia; si los procesos no se encuadran en un relato más largo, es fácil perderse. No niegan lo nuevo, pero advierten sobre el riesgo de leer cada cambio como si fuera inédito y limitarse a reaccionar, moverse al ritmo de los tiempos sin un cuestionamiento crítico.
Por supuesto, ambas posiciones son una exageración para escenificar la oscilación de un debate en curso. Me imagino que muchos hemos estado en una u otra posición, tal vez en la misma reunión. No se trata, entonces, de afirmar que la segunda posición sea la correcta, porque adaptarse a los procesos en curso es necesario. La idea es otra: hay procesos que parecen estar cambiando la historia, pero no han cambiado las demandas históricas de la ruralidad. Y esto es lo que no hay que perder de vista.
Las demandas de la ruralidad a comienzos del siglo XX se sintetizaban en un marco que atravesó distintos movimientos bajo un eslogan que se apoyaba en tres conceptos: pan, paz y tierra. Algo que hoy podríamos traducir como seguridad alimentaria; paz frente a los conflictos y la violencia que atraviesan la región; y acceso a los activos productivos -empezando por la tierra y el agua- que permitan asegurar una vida en el campo.
Ya avanzado el siglo XXI, ha pasado mucha agua bajo el puente. Cambia la tecnología, existen nuevas plataformas, se acelera la sociedad. Dicho eso, hay problemas que siguen marcando las demandas de la población rural. A pesar de todos los cambios que experimentamos, demandas como las mencionadas, las que representan otra cara de la pobreza y la desigualdad siguen estando presentes en nuestra región. Como dijo un profesor con algunos años, tal vez, después de todo, la verdadera estrategia de la ruralidad no sea inventar una causa nueva, sino repetir, con paciencia, lo esencial, con nuevos aliados y nuevas herramientas, hasta que alguna vez se escuche el mensaje.