A quienes nos gusta leer, además de la ciencia, no nos resulta tan fácil dejarnos engañar. La literatura nos ha enseñado que las palabras tienen peso, que los discursos construyen realidades y que las promesas suelen decir tanto por lo que anuncian como por lo que omiten.
Promesas son promesas. Pero, ¿qué promesas se cumplen? "Si llegamos al gobierno, mejoraremos la calidad de vida de todas y todos". "Nadie se quedará atrás". Nuestra historia política, laboral y nacional, está llena de declaraciones que terminan chocando con la realidad. Las alianzas políticas exhibidas y las ocultas, los intereses personales y las prioridades institucionales suelen imponerse sobre las necesidades de las personas. Los humanos de a pie.
Ser ingenuos es creer que toda promesa será cumplida. Chile no se caía a pedazos, pero ahora hay partes importantes que se están cayendo. Y cuando una familia enfrenta dificultades económicas, por ejemplo debido a las alzas de combustibles, esa familia entiende que cada recorte que se aproxima tendrá consecuencias. Lo mismo ocurre con un país. El problema es que los recortes serán invisibles para la aristocracia criolla hasta que el daño ya esté hecho para el pueblo.
Reducir recursos destinados a la ciencia puede tener efectos profundos. Significa investigadores altamente capacitados trabajando en condiciones precarias o abandonando el país. La llamada fuga de cerebros por falta de recursos para el progreso científico de la nación es un destino real. La investigación de punta no va destinada a un librito. Menos inversión significa menos innovación, menos desarrollo tecnológico y menos capacidad para enfrentar problemas complejos del mundo actual y futuro. Somos científicos quienes investigamos tratamientos para enfermedades, desarrollamos nuevas tecnologías, estudiamos el cambio climático o mejorar procesos productivos tan diversos como la agricultura, la minería, la industria alimentaria o la producción de vinos. Y también estudiamos cómo se hace posible una mejor educación para las infancias y juventudes. Cuando se recorta la ciencia, no se afecta solamente a los investigadores, se limita el futuro del país y de sus ciudadanos, los de la base, y a de aquellos que están en las alturas.
Algo similar pero más terrible ocurre con la salud pública. Ver a los trabajadores y trabajadoras de la salud manifestarse durante las discusiones sobre los recortes no es una señal de conflicto gremial. Es una advertencia solidaria como expresión de quienes conocen desde dentro las consecuencias de un sistema sobrecargado, de hospitales que trabajan con mínimos y con máximas filas de enfermos. Las listas de espera que se extienden, los recursos que escasean y la atención que se deteriora. Cuando quienes sostienen el sistema levantan la voz, conviene escucharles antes de que el costo lo paguen quienes esperan una atención oportuna.
También preocupa la forma en la que se aborda la vulnerabilidad social infantil y juvenil. Existen niños y niñas que pasan gran parte del día en la escuela, donde comen un plato caliente y que, al regresar a sus hogares, encuentran escasa compañía y pocas oportunidades. Padres que trabajan lejos para "parar la olla". Penalizar o estigmatizar a quienes han recibido menos apoyo no resuelve el problema, lo profundiza enormemente. La exclusión de una persona o de muchas personas nunca ha sido una política efectiva de desarrollo. Los niños no son responsables de las condiciones en las que nacieron ni de las desigualdades que enfrentan. El que es pobre, no es pobre porque quiere.
Pensando en las manifestaciones nacionales, es preciso señalar que manifestarse tampoco es sinónimo de vandalismo. Vándalo es quien destruye. Y destruir puede adoptar muchas formas. Por ejemplo, destruir oportunidades, destruir proyectos colectivos, destruir las capacidades instaladas durante décadas o venir destruir la confianza de una ciudadanía que espera soluciones en lugar de represión y puro castigo.
Los recursos literarios léxico-semánticos nos ayudan a comprender estas contradicciones. Recordemos de nuestra etapa escolar que la hipérbole exagera para llamar la atención sobre una idea y que la metáfora permite nombrar una realidad desde otra perspectiva. Desde el 11 de marzo hemos escuchado discursos que parecen moverse constantemente entre ambas figuras.
"Somos el mejor país de Chile" no es un recurso literario tradicional. Es una frase que se transformó en meme cultural precisamente porque condensa una contradicción. Se presenta como una afirmación grandilocuente que al mismo tiempo revela una cierta incapacidad para observar críticamente nuestras propias limitaciones. Lo que es tan común. Porque somos limitados bajo las condiciones en las que estamos. Teniendo en muchos casos que evaluar muy bien si vamos en auto o vamos a pie, si empezamos a comprar al por mayor o seguimos comprando en el mismo supermercado, o ya en lo más extremo mirando qué recortar o quién se aprieta el cinturón.
Quizás la verdadera hipérbole no sea si somos el mejor país de Chile. Quizás la pregunta relevante sea qué tipo de país queremos ser y qué estamos dispuestos a cuidar para lograrlo. Porque los recursos literarios pueden provocar una sonrisa y los recortes presupuestarios pueden hacernos llorar y lamentarnos.